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Los Cistercienses
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Arte
El sorprendente progreso cultural del mundo occidental
del siglo XI manifiesta claramente el advenimiento de una nueva
civilización. Sus raíces se pueden remontar a la antigüedad clásica o aun a
las fuentes orientales, pero surgía la personalidad del hombre medieval,
que amalgamaba en forma peculiar los modelos que tomaba prestados. La
habilidad de autoexpresarse alcanzó pronto tal perfección y espontánea
naturalidad, que el arte de la época se desarrolló superando el período de
imitación infantil y se convirtió en el primer gran estilo medieval: el
románico.
Cluny, con su extensa red de casas afiliadas, donde una
solemne Liturgia, desarrollada con toda magnificencia, ocupaba el centro de
la vida monástica, se convirtió en la promotora más ferviente del nuevo
estilo de arquitectura para iglesias cuyo objetivo era la creación de un
medio ambiente digno para oficios de tanta importancia y casi continuos.
Otro factor poderoso en el desarrollo del nuevo estilo fue la creciente
popularidad de las peregrinaciones. Los monasterios que poseían reliquias
valiosas de santos muy venerados, atraían año tras año a miles de
peregrinos devotos; las iglesias primitivas, construidas para satisfacer
las necesidades de comunidades pequeñas, fueron forzosamente remodeladas o
reemplazadas por estructuras más espaciosas, con capacidad para acomodar a
las multitudes que acudían en ocasión de las festividades. Dado que el
número de donaciones y fundaciones piadosas crecía proporcionalmente a la
cantidad de visitantes, muchos monasterios no escatimaron esfuerzos para
decorar lujosamente santuarios e iglesias, con la intención obvia de atraer
y deleitar a los peregrinos.
El espíritu competitivo se expandió por todos los
monasterios franceses y, desde mediados del siglo XI, modestas capillas se
transformaron en santuarios espléndidos, guardianes de reliquias de un
fabuloso valor material. Al mismo tiempo, en el inmenso ámbito de la
iglesia se aprovechaban todos los espacios (paredes, portales, columnas,
capiteles, y aun los suelos), para la decoración simbólica, adornándolos
ricamente con las figuras más elaboradas, cinceladas o pintadas.
Los monumentos del exuberante espíritu decorativo del
románico francés, como las iglesias monásticas de Vézelay, Moissac,
Charlieu o Saint Gilles, que despiertan la admiración y el elogio de los
estudiosos actuales, eran poco apreciadas por los cistercienses de la
primera época. El inflexible espíritu de pobreza, simplicidad y aislamiento
que se atrevía a rechazar la pompa litúrgica de Cluny, no podía aceptar esa
misma inspiración manifestada en oro, plata y pedrería. En verdad, nada
estuvo más alejado de la mente de los fundadores de Cister, hombres que
amaban más la soledad eremítica y el silencio, que las grandes multitudes
de peregrinos. Rechazaban instintivamente la lucrativa motivación escondida
tras el despliegue ostentoso de esplendor y cautivadora belleza. Aun cuando
los cistercienses hubieran sentido la tentación de imitar a sus opulentos
vecinos benedictinos, la extrema pobreza y la dura vida de las dos primeras
décadas deben haberles enseñado, con toda seguridad, a quedar satisfechos
con lo más indispensable para vivir.
Nada ha quedado de las construcciones más primitivas de
Cister. Sin embargo, no hay duda de que tanto la iglesia como el monasterio
fueron edificados con el mismo espíritu de austera simplicidad que, de
acuerdo con el Exordium Parvum, regulaba la calidad de los
ornamentos litúrgicos, el moblaje y los accesorios. Durante la
administración de Esteban Harding, esas reglamentaciones fueron sólo una
consecuencia práctica del ideal cisterciense de pobreza, y más allá de la
esfera material, como en el canto gregoriano o la selección de himnos
litúrgicos, el genio del gran Abad demostraba una profunda apreciación por
la belleza y el buen gusto. Las páginas de los primeros manuscritos
cistercienses demuestran, en forma terminante, cuán lejos de la mentalidad
de Alberico y Esteban estaba el menospreciar el arte, ya que, aun en esa
época eran extraordinariamente ricas en miniaturas e iniciales delicadas y
trabajadas. Los cuatro volúmenes de la Biblia de san Esteban, completados
en 1109, constituyen uno de los tesoros más valiosos de las miniaturas
francesas de la época. La copia de los Moralia in Job, terminada en
el mismo scriptorium en 1111, tiene un valor artístico cercano al de
la Biblia. Las figuras, algo caricaturescas, dibujadas con destreza,
muestran a monjes trabajando en diversas circunscias, talando un árbol,
cosechando grano, vendimiando y tejiendo, sumados a grupos de juglares y
caballeros. Otros manuscritos completados en Cister, hasta alrededor de
1125, estaban decorados en forma similar.
Como hizo notar el sabio paleógrafo Carlos Oursel, el
estilo y la técnica de esas miniaturas difieren enormemente de otros
códices franceses de la época, y se asemejan más a las iluminaciones
inglesas. Hasta surgió la posibilidad de una relación entre el famoso tapiz
de Bayeux y los primitivos manuscritos cistercienses. ¿Pudo haber sido el
propio Esteban Harding el artista? Cualquiera que sea la respuesta, los
expertos opinan que esas miniaturas cistercienses constituyen «algunos de
los tesoros artísticos primordiales de Europa».
Fue decisivo en las tendencias artísticas cistercienses,
el concepto que san Bernardo tenía del arte monástico, como en todas las
esferas.
El cambio se inició en uno de los primeros tratados de
Bernardo, la Apología (Apologia ad Guillelmum Abbatem), una
brillante diatriba, aunque no sin prejuicios, contra Cluny, escrita en
1125. El argumento del ensayo sobrepasa con mucho la importancia de una
discusión familiar y sigue siendo uno de los documentos con más frecuencia
citado sobre la estética medieval, y también tergiversado con la misma
frecuencia. Después de censurar a los cluniacenses por sus excesos en el
comer y el vestir, Bernardo critica acerbamente el lujo de sus edificios,
«la altura excesiva, la longitud desmesurada y la anchura superflua de las
iglesias… los ornamentos suntuosos y las pinturas demasiado curiosas, que
atraen la atención de los que van a rezar y secan su devoción».Pone gran
cuidado, no obstante, en limitar su crítica a las iglesias de los
monasterios, a la par que acepta el significado del arte en otros lugares
destinados a la gente común: «los obispos ejercen sus funciones entre gente
sabia y ruda. Tienen que hacer uso de los ornamentos materiales para elevar
la devoción en la gente carnal, incapaz de cosas espirituales. Pero
nosotros ya no pertenecemos a ese tipo de gente». Para los monjes, cuya
devoción debía estar formada a través de la contemplación, todo estímulo
exterior, de acuerdo con el Santo, resultaba más una distracción que un
motivo de inspiración.
La opinión muy difundida de que san Bernardo era
simplemente ciego al mundo con toda su belleza y despreciaba el Arte, puede
refutarse con los párrafos posteriores de su Apología. Después de
una descripción ingeniosa, aunque sarcástica, del conjunto decorativo que
ofrecía Cluny, concluye: «mirando alrededor, hay una variedad tan asombrosa
de formas que uno podría con toda facilidad tomar el material de lectura de
las paredes y no de un libro. Se podría pasar el día entero mirando
fascinado todas esas cosas, una por una, en lugar de meditar la ley del
Señor». El que escribió estas líneas sintió realmente el encanto del arte,
pero al mismo tiempo tuvo el coraje de repudiarlo en beneficio de la divina
contemplación.
Otto von Simson en su estudio sobre
La Catedral Gótica opina que san Bernardo estuvo muy lejos de ser un
enemigo del Arte. Por el contrario, contribuyó substancialmente a la
fundamentación espiritual de un estilo nuevo. Afirma que las verdades
características de la arquitectura gótica, no se asientan sobre la
ornamentación esculpida o pintada, sino en el uso de la luz y la armonía de
elementos estructurales basados en una «medida auténtica» expresada por
ecuaciones geométricas. Gran parte de esta teoría llegó al siglo XII, por
medio del tratado de san Agustín Sobre la Música, que a su vez se
hacía eco de la mística pitagórica y neo-platónica de los números.
Conjuntamente con los miembros de la escuela catedralicia de Chartres,
Bernardo actuó como persuasivo vocero de las doctrinas agustinianas.
Desde este punto de vista, la posición que expresó en su
Apología no puede estar motivada por un supuesto puritanismo, sino
por su convicción de que la casa de Dios y el claustro (paradisus
claustralis) deben estar construidos a semejanza de la Jerusalén
Celestial, y ofrecer un sabor anticipado de su armonía luminosa. Siguiendo
a von Simson, los cistercienses no fueron los únicos que
perseguían una «proporción perfecta» en la geometría. Cuando el Abad Suger
proyectó el famoso prototipo de arquitectura gótica, la iglesia de
Saint-Denis, aplicó la misma teoría, influido por su amigo íntimo, san
Bernardo. Lo mismo parece ser válido, continúa von Simson,
para otros dos monumentos de avanzada del gótico, la catedral de Sens y la
incomparable fachada occidental de la catedral de Chartres. En ambos casos,
los arquitectos, el arzobispo Enrique de Sens y el obispo Gofredo de
Chartres, eran fieles discípulos del Abad de Claraval. Por consiguiente, se
puede sostener, con razón, que «las primeras manifestaciones del gótico
fueron hijas de san Bernardo».
Debido a su creciente influencia, los principios de la
Apología se convirtieron en normas de la actividad artística
cisterciense, y después de la muerte del Abad Esteban, el Capítulo General
las aceptó sin reservas, prohibiendo cualquier transgresión a la regla de
rígida simplicidad. Por consiguiente, después de reafirmar las exigencias
del Exordium Parvum referentes a la simplicidad de los ornamentos y
moblajes usados en la liturgia, el Capítulo prohibía las iniciales
iluminadas y el uso de colores en los manuscritos, desterró la
encuadernación esmerada o la decoración costosa de códices y prohibió las
vidrieras en color, las figuras esculpidas y pintadas, tanto en iglesias
como en monasterios. No se permitían portadas cinceladas, y el Capítulo de
1157 prohibió cualquier pintura, aún en los simples portales o puertas de
iglesia. El mismo Capítulo condenó-los campanarios de piedra, y sólo se
permitía una torre modesta de madera, que podría dar cabida hasta dos
campanas de tamaño pequeño. En 1218, se prohibieron los suelos decorados, y
el Capítulo de 1240 ordenó sacar todas las figuras agregadas a los altares.
Todas éstas, y un cierto número de otras prohibiciones de naturaleza
similar limitaron a los albañiles cistercienses, de tal forma que sus
construcciones entre los siglos XII y XIII mostraron en todas partes la
misma simplicidad ascética, siendo ésta la característica más sobresaliente
del arte cisterciense. De este modo los cistercienses, que no ambicionaron
el desarrollo de un estilo propio, lo crearon, esencialmente en la
Arquitectura, por medio de la aplicación estricta de sus ideales
espirituales al Arte. Ninguna otra orden logró la formación de una escuela
artística que se le igualara, con rasgos tan notables y uniformes.
Todas las construcciones cistercienses primeras fueron
de madera; sin embargo, tan pronto como lo permitieron los fondos fueron
reconstruidas en piedra. La primera estructura de madera había sido erigida
por los fundadores o los mismos monjes, pero los edificios definitivos
fueron obra de hábiles albañiles ayudados por hermanos legos. En ambas
circunstancias, sin embargo, los monjes tenían un completo control sobre el
tamaño y el plano básico de sus abadías. Los constructores de Cister y sus
primeras casas filiales tomaron simplemente los elementos más sencillos del
estilo borgoñón corriente, que aunque todavía era básicamente románico
presentaba alguna de las características del gráfico primitivo, tales como
arcos ojivales, bóvedas de aristas o moldura saliente. En consecuencia, el
estilo adoptado y propagado por los cistercienses fue denominado por muchos
historiadores del arte como «de transición» o «proto-gótico».
Para las iglesias, se conservó el plan benedictino
tradicional cruciforme y el ábside cuadrangular, aunque no fue adoptado
universalmente por todas las casas y se ignora su origen. Había una nave
principal y dos naves laterales, generalmente en dirección este-oeste,
introducidas por un atrio e interceptadas por el crucero; a cada lado de
éste había capillas cuadradas y rectangulares, usadas para las misas
privadas. El coro de los monjes comenzaba en el crucero, y se extendía
hacia el oeste a lo largo de la nave principal. Más al oeste había sitiales
de coro para los enfermos e impedidos, y el resto estaba ocupado por los
hermanos conversos. Como las iglesias cistercienses no eran accesibles al
público, no había espacio reservado para éste. En el santuario, estaba
únicamente el altar mayor y los pocos muebles necesarios para las misas
solemnes. El espacio posterior del santuario tradicionalmente tenía
capillas radiadas rodeando al santuario – disposición común en las iglesias
románicas y góticas –, pero en muchas iglesias cistercienses el ábside
cuadrangular estaba rodeado de capillas cuadradas. Las paredes interiores y
exteriores quedaban desnudas y constituyó una rareza la aplicación de
arbotantes, elementos potencialmente decorativos. En la mayoría de los
casos, la roseta de las ventanas (oculus) rompía la monotonía de las
paredes lisas de la fachada, ábside y crucero, aunque todas eran por lo
común pequeñas y de diseño muy simple. Dado que no se admitían esculturas,
el único elemento decorativo explícito del interior radicaba en las
columnas, terminadas en ménsulas o en forma de capiteles con un simple
diseño de hoja.
El efecto de los rasgos puramente arquitectónicos de las
iglesias cistercienses, que como deliberada protesta contra el esplendor de
Cluny, carecían casi por completo de elementos ornamentales, era, por esta
razón más impresionante. Las líneas estilizadas de sus amplios arcos
góticos, la serena armonía de sus bóvedas de crucería, acentuada por sus
aristas, la elegancia de los pilares y la belleza de la proporción en cada
uno de los detalles de su estructura, caracterizan a la primitiva
arquitectura cisterciense. Las iglesias cluniacenses, decoradas con mayor
esplendor, no presentan rasgos de tal pureza.
El claustro se situaba por lo general entre la pared sur
de la iglesia y el crucero, este último prolongado por la sacristía, la
sala capitular y la de comunidad. Doblando en dirección oeste, se
encontraba un pequeño calefactorio, un amplio refectorio, y la cocina. El
refectorio, colocado en forma perpendicular a la galería del claustro es
otra característica cisterciense, ya que, de ese modo, la misma cocina
podía servir también al refectorio de los conversos. La porción que resta
para terminar el cuadrado con la pared sur de la iglesia incluía el comedor
de los hermanos legos y varios almacenes. En el segundo piso, sobre la sala
capitular, comunicando directamente con la iglesia por medio de una
escalera, se situaba el dormitorio de los monjes. El de los conversos
estaba sobre los almacenes y su propio comedor. Frente a la puerta del
refectorio, se encontraba generalmente la fuente de lavabo que era una pica
grande, ancha y plana con muchas aberturas tubulares. La enfermería, el
noviciado y la casa de huéspedes, lo mismo que los talleres, molino y otros
edificios para trabajos de jardinería y granja estaban construidos algo
apartados del monasterio. En las primitivas casas cistercienses no había
biblioteca en el sentido estricto de la palabra. Dada la escasez de libros,
los pocos ejemplares absolutamente indispensables para los servicios
litúrgicos y Lectio Divina se guardaban en un nicho practicado en la
pared de la sacristía, o en una cámara pequeña adyacente, llamada
armarium.
La sala capitular y el refectorio fueron siempre los
ámbitos más espaciosos y hermosos de los monasterios de la Orden. Aunque
las rígidas reglas de simplicidad se aplicaba estrictamente en sus
interiores, la sabia distribución de los grupos de columnas en una o dos
hileras, y las magníficas bóvedas de variado diseño les daban una dignidad
que no podía suplir ninguna ornamentación. La pared interior del refectorio
tenía un púlpito con balaustrada en un nicho, con una escalera contigua,
para comodidad del monje que leía durante las refecciones.
El propio claustro era otra característica de los
monasterios. Aunque mucho más simple que los benedictinos, la galería
dispuesta en forma cuadrangular, con arcadas abiertas, siempre constituyó
un desafío a los arquitectos. En realidad, el claustro fue siempre la
arteria vertebral de la vida monástica, comunicando entre sí las partes
vitales del edificio. Allí realizaban los monjes sus tareas domésticas, su
Lectio Divina o Meditatio, donde pasaban sus ratos libres y
donde a veces se les permitía conversar, en una palabra, era el cuarto de
estar monástico, lleno de aire, luz y sol. Por lo común, los arcos estaban
soportados por columnas dobles, alternando con pilares macizos. Los
capiteles estaban esculpidos sobriamente, siguiendo el espíritu del gótico
que se iba imponiendo, aunque con frecuencia el diseño original se
transformó posteriormente en una ornamentación más elaborada.
Los detalles básicos de la arquitectura cisterciense,
sobria simplicidad combinada con buen gusto y excelente ejecución, se
pueden observar aun en las construcciones más humildes como herrerías,
molinos, lagares y en especial granjas, donde las estilizadas bóvedas son
tan comunes como en los monasterios.
Pocas de las abadías cistercienses primitivas
sobrevivieron a las vicisitudes de los siglos y todavía menos han
conservado sus características originales. De los cinco establecimientos
primitivos, sólo queda en pie la iglesia de Pontigny, aunque la elaborada
disposición poligonal del coro fue construida a fines del siglo XII. El
monumento más puro de la arquitectura cisterciense que subsiste es
Fontenay, la segunda hija de Claraval, fundada en 1119 pero trasladada a su
emplazamiento final en 1130. Presumiblemente, allí se erigió la abadía que
aún se conserva, bajo las instrucciones del propio san Bernardo. En todo
caso, la «relación perfecta» de Agustín, de cuadrados y cubos, es una
característica notable del diseño; la superficie del piso comprendida entre
dos arcos de las naves laterales forma un cuadrado, que se convierte en un
cubo por el hecho que la altura de la bóveda es la misma que el ancho de la
nave.
Le Thoronet, en Provenza, siguió el plan de Fontenay y
ha sido reconocida como un ejemplo clásico de la forma en que los elementos
más simples de la arquitectura pueden dar por resultado, a través de un
diseño cuidadoso, una armonía de luces y sombras pocas veces lograda y una
acústica perfecta. Sénanque, Silvacane, Aiguebelle y Flaran, todas al sur
de Francia, son otras tantas abadías del siglo XII que han conservado
notables rasgos primitivos.
A pesar de la tenaz resistencia del Capítulo General, la
severidad cisterciense de la época de san Bernardo quedó muy mitigada
durante el período gótico. Sin embargo, como prueba que el instinto
decorador de los monjes no se podía suprimir por completo, ya en vida del
Santo merece mencionarse una técnica peculiar de vidrieras coloreadas. Este
estilo dominó por casi una centuria y consistía en usar, en vez de colores,
tonos plateados para diseños geométricos o flores estilizadas (grisallas).
Tan pronto como comenzó el siglo XIII, las nuevas
construcciones mostraron muy evidentes desviaciones de la simplicidad
inicial. La iglesia de Châlis (Olise), consagrada en 1219 fue edificada con
un refinado interior, imitando a las catedrales de Noyon y Soissons.
Royaumont (Seine-et-Oise), fundada merced a la generosidad del rey san Luis
en 1228, fue tan espléndida como cualquier otra iglesia secular
contemporánea. Allí el rey erigió tumbas magníficas para miembros de su
familia, y otros templos cistercienses estaban adornados con monumentos
similares de obispos o laicos eminentes. Por ese entonces, el culto popular
a las reliquias desempeñaba un papel cada vez más importante en las
iglesias de la Orden, y los relicarios y santuarios estaban siempre
ricamente decorados. En Obazine (Corrèze), la tumba del fundador, san
Esteban, mostraba un conjunto de abades, monjes, hermanos y monjas
cistercienses esculpidos hábilmente en alto relieve, arrodillados o de pie,
frente a la Virgen, y en el lado opuesto, figuras similares en la misma
agrupación resucitando de sus tumbas. Las iglesias de Vaucelles y Ourscamp
eran tan grandes como la de Royaumont; la de Vaucelles, con sus 132 m. de
largo fue la más grande que jamás hayan construido los cistercienses.
Durante el siglo XIV, se fueron dejando de lado las
estrictas normas, y el Renacimiento las ignoró casi por completo. No sólo
las nuevas fundaciones siguieron el estilo del gótico tardío con sus
ornamentos delicados, sino que los establecimientos antiguos fueron también
remodelados de acuerdo con las nuevas exigencias; como un signo más de los
nuevos tiempos, se agregaba por lo general una magnífica biblioteca. Pero
mejoras tan costosas no podían ser afrontadas por el creciente número de
monasterios que estaban bajo el dominio de abades comendatarios, donde las
comunidades debían contentarse con la conservación del antiguo edificio.
Los primeros monumentos de arquitectura cisterciense
fuera de Francia presentaron características similares a las de la madre
patria, aunque pronto adoptaron y continuaron desarrollando auténticas
tradiciones nacionales. La verdadera importancia de la Orden en este
aspecto radica en el hecho de que, en casi todas partes de Europa, fue la
pionera de la muy avanzada arquitectura de Francia, favoreciendo de manera
especial el desarrollo del gótico.
No hay otro lugar del continente donde los cistercienses
hayan dejado una contribución tan monumental para la historia de la
arquitectura medieval como en Inglaterra. Las primeras fundaciones
combinaban sabiamente el estilo de transición con los elementos locales
normandos y, durante el siglo XII, los monjes ingleses abandonaron
generalmente sus severas y renombradas características ascéticas y
produjeron las más valiosas obras de arte de la arquitectura «inglesa
primitiva».
Yorkshire es la parte del país más rica en edificios
cistercienses relativamente bien conservados; Byland, Jervaulx, Kirkstall,
Roche y Sawley son nobles testigos aún en su ruinoso estado de la
laboriosidad, buen gusto y talento de los monjes blancos. Fountains y
Rievaulx, ambas fundadas en 1132, constituyen sin duda alguna los
monumentos de mayor tamaño y significación. El exterior de la iglesia de
Fountains es el ejemplo más expresivo del estilo de transición en el
auténtico espíritu cisterciense de digna severidad. Su elemento más
sobresaliente, una soberbia torre de magníficos rasgos, erigida en franca
contravención de la regla de simplicidad, fue emplazada solamente en
vísperas de la Disolución. En la actualidad se pueden distinguir todavía
grandes porciones del monasterio. La nave de la iglesia de Rievaulx denota
la forma sencilla de transición, pero el coro y el crucero, construidos en
1230, le dan una incomparable elegancia. Los capiteles están moldeados con
exquisitez y el triforio y la crestería son especialmente delicados,
aunque todos estos elementos decorativos fueron construidos en abierto
desafío de las tradiciones primitivas. Por el contrario, otra ruina poco
común, la de Tintern, en Monmouthshire, edificada unas tres décadas más
tarde, representa el gótico cisterciense más puro, en el espíritu del
llamado estilo «geométrico», desprovisto de cualquier decoración superflua.
Pero también en este caso, los enormes ventanales de las paredes oriental y
occidental de la iglesia, con su elaborado diseño, hubieran sido aprobadas
con dificultad por san Bernardo.
Melrose, en Escocia, presenta la etapa final del gradual
abandono de los principios establecidos por el gran Abad de Claraval. Fue
fundada en 1136 por Rievaulx, y el ejército inglés la destruyó por completo
como venganza por la derrota de Bannockburn en 1314. Gracias a la generosa
donación de Robert the Bruce, pudo comenzar pronto su reconstrucción, y las
tareas continuaron hasta el siglo XVI. La abadía, reconstruída en el estilo
«decorado» y «perpendicular» – última evolución del gótico inglés –, retuvo
únicamente los cimientos del plano primitivo; en todos los aspectos
restantes se transformó en uno de los monumentos más espléndidos de la
arquitectura monástica de Gran Bretaña. Aunque la iglesia no alcanzó las
majestuosas proporciones de Rievaulx o Fountains, los picapedreros
emplearon todo su talento en decorar pilares, arcos, ventanales de
crestería y bóvedas. Aun en la actualidad, después de las vicisitudes de
cuatro siglos, se yergue todavía como despliegue inigualable de la más
delicada escultura decorativa. Un crucifijo milagroso en el coro de los
conversos fue realizado por un escultor anónimo, que recibió dicho encargo
del abad Hugo de Leven (1339-1349). De acuerdo con el cronista de Melrose,
el piadoso artista trabajaba sólo los viernes, cuando ayunaba a pan y agua.
Sus rasgos, que parecían tener vida, tomados de un modelo humano desnudo,
atrajeron la admiración pública. Tan grande fue la fama de este crucifijo,
que tuvieron que cambiarlo de lugar para que las mujeres pudieran verlo.
La disolución de las órdenes religiosas decretada por
Enrique VIII significó la destrucción de incontables construcciones
monásticas de inestimable valor artístico. Ninguna de las iglesias o
monasterios cistercienses sobrevivió a esa época de destrucción sin sufrir
un daño considerable; en su mayor parte fueron totalmente demolidos. Sin
embargo, las ruinas que aún perduran, son conservadas con cuidado por
propietarios particulares o por el Departamento de Obras Públicas.
La primera casa cisterciense irlandesa, Mellifont,
fundada en 1142, fue el resultado de la íntima amistad entre san Bernardo y
san Malaquías, arzobispo de Armagh. Hacia fines de siglo, el número de
monasterios irlandeses alcanzó a veinticinco, todos fundaciones nacionales.
Con la fusión de la Congregación de Savigny y algunas fundaciones inglesas
tardías, el número total de abadías irlandesas fue aún mayor. Una precoz
tendencia nacionalista, particularmente arraigada, hizo bien pronto que
resultara bastante cuestionables el control de Claraval sobre sus filiales
en ese país. Sin embargo, los monumentos de arquitectura que subsisten,
unas dieciséis ruinas de iglesias más o menos bien conservadas, acusan
influencia francesa. No pueden compararse en tamaño o belleza artística con
las grandes abadías inglesas, pero la decoración, de superficie lisa, les
da un carácter local irlandés. Durante el siglo XV se remodelaron
parcialmente cierto número de abadías, recibiendo la influencia inglesa,
con mayor decoración y bóvedas elaboradas, a las que se agregaba una torre
central. Los restos más expresivos que se conservan son los de la Abadía de
Holy Cross, y otras ruinas notables pertenecen a Mellifont, Bective,
Baltinglass, Boyle, Jerpoint y Corcomroe.
En ningún otro lugar fue más decisiva la influencia de
la arquitectura cisterciense que en España, donde, con mucha frecuencia, el
románico local se vio enriquecido con elementos góticos, en especial las
bóvedas ojivales, que aparecieron por primera vez en la Península gracias
al esfuerzo de los arquitectos cistercienses franceses. Éstos no llegaron
como apóstoles de un nuevo estilo arquitectónico, sino que aceptaron y
siguieron voluntariamente las tradiciones artísticas locales. Aunque una
docena de las fundaciones iniciales fueron apadrinadas directamente por
Claraval, ninguna de esas iglesias siguió estrictamente el plan «bernardino»,
que apareció con el correr del tiempo en la Espina y Santes Creus, que no
se terminaron hasta la primera mitad del siglo XIII. Por ese entonces,
algunas casas cistercienses, tales como La Oliva, Piedra y Rueda,
presentaban los rasgos del primer gótico puro en España. El plano de la
iglesia de Huerta fue bosquejado imitando al de La Oliva, pero la primera
debe su fama artística a su refectorio, una de las salas góticas más
elegantes de fuera de Francia.
El monumento más importante de la arquitectura
cisterciense en España es el real monasterio de Poblet, en Cataluña, el «Escorial
de la Corona de Aragón», sepulcro de sus protectores más generosos, los
reyes de dicha Corona. Su austera iglesia mide 85 m. de largo, y la bóveda
de la nave alcanza los 28 m. de altura. El amplio establecimiento está
rodeado completamente por muros fortificados y bastiones, mientras los
propios edificios interiores, en continuo proceso de reconstrucción y
remodelado hasta fines del siglo XVII, pueden servir como ilustración en la
historia de la arquitectura de la transformación del primitivo estilo de
transición al barroco. Aunque en este país la Orden fue suprimida en 1835,
el monasterio sobrevivió en su estructura, pero al ser reanudada la vida
monástica en 1940, se inició un acelerado proceso de restauración para
hacerlo habitable. Casi la mitad de las fundaciones cistercienses españolas
están en condiciones relativamente buenas; entre ellas, Moreruela, en
Castilla; Veruela, en Aragón; las Huelgas, en Burgos, y Santes Creus, en
Cataluña. Sin duda alguna es España la nación más rica en monumentos
arquitectónicos de la Orden bien conservados en su estilo genuino. La
influencia de la arquitectura cisterciense siguió dominando hasta mediados
del siglo XIII, y se extendió a casas premonstratenses, algunas colegiatas
y varias catedrales, en particular las de Tarragona, Lérida (Seu Vella),
Osma, Sigüenza y Burgos.
A unos 96 kilómetros al norte de Lisboa se encuentra
Alcobaça, que sin duda alguna ejerció gran influencia en todos los aspectos
de la evolución de los numerosos establecimientos de la Orden en Portugal.
Su construcción se inició en 1158, pero no se completó hasta 1252. La
iglesia, de un valor artístico inigualable, es la mayor del país (111 m. de
longitud). Su plano es fundamentalmente una réplica exacta de Claraval,
pero, dado que sus naves laterales están abovedadas prácticamente al mismo
nivel que la nave central, representa una rareza entre las iglesias
cistercienses. Las tumbas de la realeza portuguesa contribuyeron a
enriquecer la decoración interna. Durante el transcurso de los siglos
Alcobaça fue remodelada también constantemente hasta la disolución de 1834,
cuando el monasterio fue convertido en cuartel.
También en Italia, los cistercienses introdujeron el
gótico, pero allí se lo consideró siempre como un estilo extranjero. En
realidad, las primeras iglesias cistercienses en la Península copiaron
finalmente los modelos de escuela borgoñona primitiva, con una estructura
pesada, simple, paredes gruesas y ventanas pequeñas. Entre los primeros
monumentos cistercienses, el mejor preservado es Fossanova, erigido hacia
1190 a semejanza de Fontenay, con interesantes galerías bordeando el
claustro. Casamari, construida entre 1203 y 1221 muestra características
similares. Otros ejemplos del gótico cisterciense, son Arabona en los
Abruzzos, Castagnola cerca de Ancona, San Galgano cerca de Siena, San
Martino al Cimino cerca de Viterbo, y Colomba en la diócesis de Piacenza.
Es digno de recordar que, hacia fines del siglo XII, algunos hermanos legos
de San Galgano participaron en la construcción del duomo de Siena.
Aunque la austeridad cisterciense influyó en forma
notable en la arquitectura franciscana, el estilo nunca llegó a ser popular
en Italia. Hubo obstáculos en su desarrollo, y los últimos edificios
monásticos de la Orden eran mucho más italianos que cistercienses.
Chiaravalle, cerca de Milán, fundada en 1135 constituye un ejemplo
interesante de cómo una iglesia cisterciense, originalmente simple, se fue
transformando sucesivamente de acuerdo con el gusto italiano del
Renacimiento. El monasterio fue destruido, pero la iglesia, que aún
subsiste, exhibe una fachada renacentista y una torre de campanario
impresionante de forma octogonal, mientras que la decoración interior, del
mismo estilo, incluye los famosos sitiales de coro de 1645, cada asiento
con un relieve magnífico, que representa una escena de la vida de san
Bernardo. La mayoría de las abadías del país fueron víctimas del sistema
comendatario durante el siglo XV, y se empobrecieron de tal manera, que
prácticamente no pudieron contribuir al desarrollo posterior del arte
cisterciense propio. Las posesiones actuales de las Congregaciones
italianas no fueron en su mayoría fundaciones originariamente cistercienses.
En Alemania, los primeros monumentos de la arquitectura
cisterciense, tales como Eberbach, Tennenbach y Bronnbach influyeron muy
poco en el románico germánico, altamente desarrollado, aunque durante el
período floreciente de la actividad constructora cisterciense en esa
nación, desde 1200 a 1250, las iglesias de la Orden representan el primer
estilo gótico puro. El primer estadio del desarrollo hacia el gótico puro
(1210-1220) fue alcanzado por Arnsberg (Hesse), Otterberg (Palatinado),
Walkenried (Harz), Riddagshausen (Brunswick), por el famoso atrio y
monasterio de Maulbronn (Württemberg), que se ha conservado casi en su
forma primitiva, lo mismo que Ebrach, todos siguiendo el modelo de
Pontigny. Las ruinas de Heisterbach (consagrada en 1237) indican ya un paso
más adelante, mientras el apogeo del gótico se logra en Marienstatt (Westerwald),
comenzaba en 1243, y Altenberg, cerca de Colonia, cuyos cimientos se
levantaron en 1255. El estilo de las mismas marca el fin de la firme
tradición borgoñona en favor del gótico más avanzado de la Ille-de-France,
y también el abandono del rígido ascetismo cisterciense. Sus ábsides con
capillas radiales y ambulatorios, enormes ventanales (la mayoría con
grisallas) y ligeros arbotantes fueron novedades tanto dentro de la Orden
como en la misma Alemania. Sin embargo, faltaban todavía las torres; y la
cálida austeridad de sus interiores daba prueba todavía de la fuerza activa
de los ideales originales.
Las grandes catedrales alemanas de las centurias
posteriores sobrepasaron los logros alcanzados por el gótico cisterciense.
Sin embargo, a fines de la primera mitad del siglo XIII, la construcción de
la catedral de Bamberg y el plano de la iglesia de San Sebald en Nuremberg
muestran la influencia decisiva de los monjes de Ebrach. El mayor orgullo
de la Orden en la región oriental del país, donde la piedra era escasa, fue
la creación de una estructura gótica de ladrillo que no tuvo rival. Las
ruinas de Lehnin (Brandenburgo) y Kolbatz (Pomerania) son ejemplos claros
de una técnica poco común, aunque la influencia de Chorin (Brandenburgo),
casi intacta, con su belleza delicada, sobrevive como uno de los monumentos
más sobresalientes de la arquitectura cisterciense.
En el nordeste de Alemania, los cistercienses se vieron
ante la necesidad de fortificar sus monasterios, dando origen a cierto
número de abadías fortificadas a todo lo largo de las peligrosas fronteras
de las provincias bálticas. El ejemplo más notable lo constituyó Dünamünde,
en la desembocadura del Duna, cerca de Riga. El edificio del monasterio
estaba completamente rodeado por el agua y por una fortificación
rectangular. Había bastiones en cada ángulo, y la única entrada conducía a
través de un puente levadizo. Las gruesas paredes de la abadía propiamente
dicha constituían una segunda línea de defensa, que remataban dos torres
redondas en el lado norte. Pero obstáculos tan formidables no amedrentaron
a los fieros nativos paganos, que lograron penetrar y saquear la abadía en
1228 y 1263.
Felkenau, cerca de Dorpat, fue otra avanzada fortificada
en forma similar, mientras Neuenkamp, Bukow, Pelplin, Hiddensee en la isla
de Rügen, y Stolpe contaban con defensas más o menos desarrolladas.
Los establecimientos de la Orden fueron pioneros del
gótico en Austria, donde gozaron de mayor libertad en la aplicación de
elementos puramente decorativos que en cualquier otra parte de Alemania. La
primera manifestación de gótico puro llegó al país con Neuberg, en Estiria
(1327). Características similares aparecen en el coro de Heiligenkreuz y de
Lilienfeld, pero ninguna de ellas pudo combinar la riqueza artística y la
influencia de Zwettl, un tesoro de arte de casi todos los estilos, desde el
siglo XII en adelante.
En Bélgica, las ruinas de la otrora célebre Orval
pertenecen a los monumentos más preciosos de la arquitectura de la región.
Sin embargo, la iglesia original, consagrada en 1124 no tenía relación con
la Orden, ya que el monasterio no fue ocupado realmente por los
cistercienses hasta 1132. Posteriormente, la abadía fue constantemente
agrandada hasta su destrucción en 1637, víctima de la Guerra de los Treinta
Años. En el siglo siguiente, la rica abadía fue reconstruida con toda la
magnificencia del barroco, pero fue destruida de nuevo por las tropas
revolucionarias francesas. Los trapenses la restauraron hace poco tiempo.
Aulne y Villers en Brabante, aún en ruinas, quedan como uno de los
monumentos más delicados del gótico belga. Nada ha sobrevivido de la
construcción medieval de Les Dunes. Ter Doest en Flandes corrió igual
suerte. Una granja de esta última abadía, perteneciente al siglo XIII, y
que aún se conserva, ha sido calificada uno de los «milagros» de la
arquitectura medieval. En realidad, es un enorme establo cercano a Lisseweg,
una de las antiguas granjas de Ter Doest. Su forma y dimensiones justifican
la admiración de la posteridad. La estructura de ladrillos, formando finas
fachadas, data más o menos de 1250, y mide 60 m de largo por 24 m de ancho;
pero, mientras las paredes laterales tienen sólo 9 m de altura, los remates
triangulares se remontan en ambos extremos a los 20 m y están cubiertos por
un enorme tejado a dos aguas de marcada pendiente. El interior está
dividido por dos hileras de pesados pilares de roble que soportan la
superestructura de madera. Seis grandes ventanas góticas tapiadas que
decoran los remates triangulares dan una apariencia delicada a esta
construcción puramente utilitaria.
El edificio cisterciense mejor conservado de Suiza, que
todavía conserva las características del gótico temprano, es el de Kappel,
actualmente convertido en parroquia zwingliana. La iglesia de Hauterive
presenta características semejantes, aunque el monasterio actual sea de
estructura barroca. Wettingen fue también remodelada en un estilo similar,
mientras el monasterio de Saint Urban, con su famosa sillería de coro, es
reconocido generalmente como uno de los monumentos más grandes e
impresionantes de la arquitectura barroca en dicho país.
La mayoría de las abadías húngaras fueron fundadas
directamente desde Francia, y representan una forma avanzada del estilo de
transición. El único edificio que ha sobrevivido en perfecto estado es la
iglesia de Bélapátfalva, copia fiel de los simples modelos
borgoñones, aunque su interesante fachada policromada muestra influencia
italiana y el sistema de bóvedas influencia alemana. Sólo Kerc conserva la
inconfundible forma francesa de transición, entre las numerosas ruinas
cistercienses. Situado en Transilvania, este monasterio puede ser
considerado como el testigo de la cultura cisterciense más lejano en la
Europa sudoriental.
También en Polonia, los cistercienses fueron promotores
del estilo gótico. Dado que en ese país no había tradiciones
arquitectónicas arraigadas, la uniformidad y pureza de los rasgos
cistercienses fueron más pronunciados que en el oeste, y la influencia de
los monjes blancos en las catedrales construidas posteriormente (Cracovia,
Breslau) fue de suma importancia. Un cierto número de iglesias
cistercienses han conservado sus características medievales en buenas
condiciones. Mogila, cerca de Cracovia, es la más grande, y su plano es un
ejemplo clásico de la simplicidad cisterciense, mientras que la iglesia de
Oliwa, en las inmediaciones de Danzig, muestra formas evolucionadas del
gótico. La interesante variante dentro de su sistema de bóvedas, data del
siglo XV. Después de la disolución, esta iglesia sirvió como catedral de la
diócesis de Danzig. Logumkloster, del siglo XIII, recientemente restaurado
en Dinamarca, es uno de los más bellos ejemplos del gótico de ladrillos.
También son dignos de mención los restos de la que una vez fuera la rica
abadía de Soro; la iglesia es una estructura románica simple, de ladrillo;
el monasterio sobrevivió como colegio hasta 1813, cuando fue destruido por
el fuego. Los cistercienses ingleses introdujeron el gótico en Noruega,
pero es poco lo que ha quedado de dichos establecimientos. Los monasterios
más antiguos de Suecia fueron fundaciones francesas. Alvastra, el mayor y
más rico de todos ellos, fue fundado por Claraval en 1183 y su plano
muestra cierta similitud con Fontenay. Una parte del crucero de Nydala (otra
filial de Claraval, construida en el estilo borgoñón más simple), se usa
actualmente como iglesia parroquial. De Gudvala, filiación de Claraval,
sólo se conserva la nave, pero la iglesia de Varnhem, fundación de Alvastra,
mantiene intacta su forma del siglo XIII y es, por consiguiente, uno de los
monasterios más significativos de la arquitectura sueca de transición. Su
interior muestra inspiración germana, pero los simples pilares macizos de
forma cuadrangular, que sostienen los arcos de medio punto de la nave,
muestran sin duda alguna influencia borgoñona y el ábside del santuario,
también circular, acusa la influencia del Claraval del siglo XIII.
La influencia de la Orden en la construcción de
edificios seculares, a través de los arquitectos que había formado, fue
sólo esporádica a partir de 1157, cuando el Capítulo General prohibió a los
conversos y artesanos cistercienses ayudar a levantar dichas construcciones.
Pero, en aquellos países donde los cistercienses representaban el único
estilo de avanzada, su influencia indirecta, como modelos y constante
fuente de inspiración artística, fue considerable durante siglos. Aun en
Francia, la influencia cisterciense prevaleció hasta la era de las grandes
catedrales, en especial entre las órdenes religiosas recién fundadas o
reformadas. Los premonstratenses, la orden de Grandmont y los canónigos
agustinos copiaron exactamente el austero modelo cisterciense, tanto en su
legislación como en sus edificios. Por medio de los Caballeros del Temple.
organizados bajo los auspicios de san Bernardo, el programa artístico
cisterciense invadió incluso Tierra Santa. Más aún, cuando los propios
cistercienses estaban a punto de abandonar su simplicidad original, los
mendicantes, renunciando a toda ambición para crear un estilo propio,
imitaron los modelos más simples de los cistercienses que tenían a su
disposición, y continuaron construyendo sus iglesias en forma similar hasta
el Renacimieno.
La crisis económica de los siglos XIV y XV disminuyó
forzosamente la actividad constructora de la Orden, y la catástrofe de la
Reforma y las guerras religiosas que le sucedieron, no sólo condujo a la
destrucción de cientos de iglesias y monasterios, sino que evitó también
que las abadías sobrevivientes pudieran agregar algún elemento realmente
importante a su edificación primitiva, siguiendo el nuevo estilo
renacentista. Hay algunos agregados de este tipo de gran belleza, en
iglesias y edificios monásticos de Italia y España, tales como fachadas,
portales, altares y otras piezas de decoración interna; sin embargo, la
pobreza general de esas casas bajo abades comendatarios hizo que fueran
absolutamente imposibles construcciones de gran envergadura.
Desde mediados del siglo XVII hasta el final del siglo
XVIII, en un período de paz y prosperidad relativas, el espíritu victorioso
del barroco se expandió por el Continente. Dentro de la Orden se inició
otra era de febril actividad constructora, especialmente en Europa central.
En su fecunda actividad, casi llegó a igualar a los gloriosos comienzos
medievales. Por desgracia, el barroco, con su concepción diametralmente
diferente, no comprendió ni respetó los monumentos del pasado y destruyó o
remodeló sustancialmente edificios góticos o románicos de acuerdo con el
cambio de exigencias del nuevo estilo. Puede servirnos como ejemplo
característico el destino de la iglesia de Zirc del siglo
XIII. Después de la liberación de Hungría del poder otomano, la rica abadía
de Heinrichau, en Silesia, dio nueva vida a la desierta
Zirc, en los primeros años del siglo XVIII. Lo que otrora fuera un ejemplo
sobresaliente de la arquitectura gótica temprana, aunque dañado, sobrevivía
en condiciones aceptables, de tal suerte que los primeros en establecerse
pudieron celebrar allí sus primeros oficios. Pero, en lugar de seguir el
camino fácil de reconstruir el edificio, como hubiera sido obvio, lo
demolieron por completo y, con las mismas piedras, construyeron una nueva
estructura barroca, que, a despecho de su grandeza, estaba muy lejos de
igualar el valor artístico de la original.
La mayoría de las abadías cistercienses de toda la
Europa católica, desde Portugal hasta Hungría y Polonia hicieron esfuerzos
para reconstruir, remodelar o por lo menos volver a decorar sus viejos
edificios de acuerdo al estilo nuevo, cada una según los medios económicos
de que disponía para tales proyectos. muy onerosos y con frecuencia
absolutamente innecesarios.
La actividad constructora en gran escala fue casi
imposible en Francia, donde la gran mayoría de abadías cistercienses tenían
que compartir sus ingresos con los abades comendatarios, aunque muchas
veces éstos construyeron para su propia conveniencia residencias nuevas y
elegantes, rodeadas de parques bien cuidados. En algunos casos, el deseo de
construir no estaba respaldado por rentas apropiadas, lo que dio por
resultado proyectos incompletos y a veces hasta la ruina financiera. Tal
fue el caso de Châlis, donde en 1736 el ambicioso comendatario, el duque
Luis de Borbón-Condé, decidió conservar la iglesia del siglo XIII, pero
demolió el monasterio para dar lugar a una nueva abadía palaciega. Los
planos fueron diseñados por lean Aubert, el gran arquitecto del Hôtel Biron
y el palacio de Chantilly, pero hacia 1764 sólo se había alcanzado una
tercera parte del proyecto, y a costa de grandes deudas. En 1770, la abadía
se declaró en quiebra, cerró sus puertas y sus monjes fueron dispersados.
Únicamente la parte terminada sobrevivió a la Revolución y en la actualidad
aloja a un pequeño museo.
La única abadía cisterciense francesa reconstruida
completamente en estilo barroco fue Valloires, en Ponthieu, que había sido
destruida en su totalidad por un incendio en 1647. Los planos para la
reconstrucción fueron diseñados por el arquitecto Raúl Coignart en 1738 y
se ejecutaron entre 1741 y 1756, aunque la decoración interior fue en gran
parte tarea de un artista austríaco.
Se proyectaron empresas similares a una escala realmente
gigantesca para Cister, Claraval, La Ferté y Sept-Fons, pero ninguna se
pudo completar antes de la Revolución. En Cister, la antigua iglesia debía
conservarse intacta, pero el arquitecto Nicolás Lenoir imaginó una abadía
totalmente reconstruida, de grandes dimensiones. Los trabajos comenzaron en
1760, pero sólo se completó un ala, que desde 1898 aloja a una comunidad
trapense moderna. Casi llegó a materializarse entre 1740-1780 un proyecto
similar para Claraval, un complejo monumental de edificios que todavía se
conserva intacto, usados en la actualidad como penitenciaría. En la misma
época se amplió considerablemente Sept-Fons, en gran parte gracias al
trabajo físico de centenares de hermanos conversos. Las auténticas casas
barrocas estuvieron en los estados católicos de Alemania y los dominios de
los Habsburgo austríacos. Por esa época, las celdas de los monjes estaban
muy deterioradas y los viejos sistemas de fontanería y servicio de agua
corriente ya no podían repararse. En consecuencia, el propio monasterio
necesitaba una reconstrucción total, para poder proveer a los monjes de
celdas individuales y otras comodidades que exigía el nuevo estilo de vida.
Por otro lado, si bien las iglesias todavía se mantenían en pie,
piadosamente conservadas, con todo fueron decoradas de nuevo.
Las ricas abadías germanas demostraron tener más éxito
para llevar a cabo su programa de reconstrucción, que dio por resultado
monumentos únicos en la historia de la arquitectura barroca. En Himmerod,
la antigua iglesia fue demolida y se erigió otra nueva en un barroco
espléndido entre 1735 y 1751, aunque el monasterio había sido rehecho ya
con anterioridad. A consecuencia del incendio de 1697, Salem fue
reconstruida en el mismo estilo brillante por el arquitecto Franz Beer. Una
de las figuras cumbres del barroco germano, Balthasar Neumann, construyó un
nuevo monasterio para Ebrach en 1716, sin rival entre los más ricos
monumentos cistercienses barrocos por la suntuosidad de su belleza, en
extraña antítesis de la desnuda simplicidad de la antigua casa. El mismo
arquitecto terminó en 1728 la iglesia de Schönthal en la diócesis de
Würzburg y, un poco más tarde, la iglesia de Vierzehnheiligen, santuario
favorito de los peregrinos germanos en el valle del Main, construido bajo
los auspicios de la abadía de Langheim. Birnau fue una iglesia erigida por
Salem con propósitos similares en la ribera norte del lago de Constanza,
una verdadera joya del barroco tardío, diseñada por Peter Thumb y
completada entre 1746 y 1750. Fürstenfeld, cerca de Munich, la enorme
Waldsassen, Heinrichau y Grüssau en Silesia, Königsaal y Sedletz en Bohemia,
Oliwa cerca de Danzig, entre muchas otras abadías cistercienses de menor
importancia, son todas representantes sobresalientes del arte barroco.
Después de restaurada, Leubus, en Silesia, fue famosa por sus dimensiones
colosales. Su vieja iglesia, que contenía veinticuatro altares laterales,
fue restaurada en estilo barroco, mientras los edificios conventuales
fueron reconstruidos por completo bajo el abad Ludwig Bauch (1696-1729).
Cuando finalizaron las obras, la abadía disfrutó la fama de ser la más
grande de la Europa central: la fachada norte-sur medía 225 metros.
Todos los establecimientos cistercienses en Austria
fueron remodelados de forma más o menos substancial, o reconstruidos por
completo durante los siglos XVII y XVIIi, representando todo el desarrollo
arquitectónico desde los estadios iniciales del barroco hasta el clásico
tardío. En este sentido, la abadía de Zwettl representa el mayor tesoro
artístico, y en especial su torre y su altar mayor son obras maestras
admirables. Heiligenkreuz conservó muchas de sus características medievales,
pero los monjes se embarcaron siempre en nuevos proyectos decorativos
requiriendo los servicios de famosos artistas contemporáneos, como Giovanni
Giuliani, de Venecia, el escultor de los bellos sitiales de coro terminados
en 1707. Por ese mismo tiempo, el joven Rafael Donner, uno de los más
grandes escultores del barroco austríaco, pasó sus años de aprendizaje en
los talleres del monasterio. En Hungría, San Gotardo, un monumento de noble
diseño y artesanía magistral, representa lo mejor del barroco cisterciense.
Zirc, reconstruida por Heinrichau, presenta una decoración
interior notable con una estructura grande, pero relativamente simple.
Es innecesario recordar que el espíritu del arte barroco,
adoptado tan ansiosamente por la Orden eliminaba por completo la austera
simplicidad característica de los primeros cistercienses, y sólo la
situación financiera de cada abadía puso límite a la suntuosidad de su
despliegue arquitectónico y decorativo. Vestíbulos, escaleras, refectorios,
y en especial bibliotecas y departamentos abaciales, no iban a la zaga de
los palacios reales en riqueza y deslumbrante ornamentación; fueron
diseñados por los mismos arquitectos que empleaba la más alta aristocracia.
Los hermanos conversos realizaron una gran obra en la decoración interior y
amoblamiento; en Himmerod y Heinrichau, sus humildes talleres se
convirtieron en verdaderas escuelas de arte bajo una dirección experta.
Al estallido de la Revolución Francesa (1789), siguió
una ola de destrucción desenfrenada, que excedía en insensibilidad a los
desastres del siglo XVI. En ciertas ocasiones, los nuevos propietarios de
las abadías secularizadas encontraron buenas razones para conservar
edificios de alguna utilidad práctica, pero las iglesias fueron demolidas
como si constituyeran elementos desagradables que perturbaban la
explotación adecuada de la propiedad.
Nada quedó de las grandes basílicas de Cister, La Ferté,
Claraval y Morimundo.
En 1791, el Marqués de Travannel, financiero y banquero
particular de María Antonieta, adquirió Royaumont. Como era un aristócrata,
y por ende sospechoso para el nuevo régimen, quiso demostrar sus
sentimientos republicanos ordenando la inmediata demolición de la iglesia.
Defendiéndose contra las acusaciones ante el Comité de Seguridad Pública en
1793, declaró con todo orgullo que: «después que compré la propiedad
llamada tiempo atrás Royaumont, destruí la famosa iglesia, que había sido
erigida por uno de nuestros antiguos tiranos, a quien la superstición llamó
san Luis, cuyos hijos fueron allí enterrados». Es evidente, que este hecho
le salvó la cabeza.
Radix de Saint-Foy, que compró la gran Ourscamp, resultó
ser un entusiasta admirador de los jardines ingleses. Ya tenía un hermoso
jardín, pero, ¿cómo podría decorarlo con una correspondiente ruina? En 1807
halló una solución feliz, cuando ordenó destruir la iglesia hasta
convertirla en lo que pretendía.
El nuevo propietario de Vaux-de-Cernay, General Juan
Francisco Christophe, halló que, por alguna razón, la iglesia era un
obstáculo para uno de sus proyectos. En 1816, minó las paredes de tan noble
testigo de seis siglos de oración y trabajos cistercienses; y el derrumbe
fue presenciado por cierta cantidad de huéspedes invitados a un hecho poco
común, quienes aparentemente observaron con gran satisfacción cómo el
magnífico monumento artístico se convertía en pocos segundos en un informe
montón de ruinas.
El siglo XIX no proporcionó nuevas glorias
arquitectónicas a los cistercienses, pero los monjes de ambas observancias
son dignos de encomio por haber dado vida nuevamente y conservado una
cierta cantidad de abadías anteriormente deshabitadas. El aumento constante
del aprecio del público por el gótico dio por resultado una nueva
conciencia de los valores de los monumentos medievales, y cuando la mayoría
de los gobiernos occidentales emprendieron la tarea de preservar esos
tesoros, se aseguró su supervivencia efectiva, con frecuencia sólo en la
forma de ruinas.
En algunos casos excepcionales, las ruinas monásticas se
restauraron total o parcialmente, por los esfuerzos de expertos en
arquitectura financiados con fondos públicos o privados. Tales tareas han
sido altamente satisfactorias en Noirlac en Berry, que restaurada sirve
como un centro internacional de estudios monásticos. Intenciones similares
favorecieron a la abadía de Clairmont en Maine y a la encantadora iglesia
antigua de Boquen en Bretaña. También las ruinas de Himmerod han sido
restauradas totalmente por la diligencia de los propios monjes.
La admiración de los americanos por los tesoros
artísticos de Europa dio por resultado el transplante al Nuevo Mundo de
edificios enteros, trasladándose piedra por piedra y reconstruyéndose en la
nueva ubicación. De esta forma, el famoso museo de arquitecura medieval de
Nueva York, «The Cloisters», exhibe la sala capitular de Pontaut y los
claustros de Cuixá (benedictina) y Bonnefont. Después de muchas
adversidades, Sacramenia de Castilla, adquirida por el magnate de la prensa
William Randolh Hearst y embarcada para América, ha sido reedificada cerca
de Miami, Florida. El mismo gran coleccionista compró otra abadía
cisterciense española, Santa María de Ovila. Las diez mil trescientas
piedras de este artístico monasterio románico esperan su destino final o su
total desintegración en el Golden Gate Park de San Francisco.
Bibliografía
(…)
L.J. Lekai,
Los Cistercienses Ideales y realidad, Abadia de Poblet Tarragona ,
1987.
© Abadia de Poblet
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