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Los Cistercienses

Arte

El sorprendente progreso cultural del mundo occidental del siglo XI manifiesta claramente el advenimiento de una nueva civilización. Sus raíces se pueden remontar a la antigüedad clásica o aun a las fuentes orientales, pero surgía la personalidad del hombre medieval, que amalgamaba en forma peculiar los modelos que tomaba prestados. La habilidad de autoexpresarse alcanzó pronto tal perfección y espontánea naturalidad, que el arte de la época se desarrolló superando el período de imitación infantil y se convirtió en el primer gran estilo medieval: el románico.

Cluny, con su extensa red de casas afiliadas, donde una solemne Liturgia, desarrollada con toda magnificencia, ocupaba el centro de la vida monástica, se convirtió en la promotora más ferviente del nuevo estilo de arquitectura para iglesias cuyo objetivo era la creación de un medio ambiente digno para oficios de tanta importancia y casi continuos. Otro factor poderoso en el desarrollo del nuevo estilo fue la creciente popularidad de las peregrinaciones. Los monasterios que poseían reliquias valiosas de santos muy venerados, atraían año tras año a miles de peregrinos devotos; las iglesias primitivas, construidas para satisfacer las necesidades de comunidades pequeñas, fueron forzosamente remodeladas o reemplazadas por estructuras más espaciosas, con capacidad para acomodar a las multitudes que acudían en ocasión de las festividades. Dado que el número de donaciones y fundaciones piadosas crecía proporcionalmente a la cantidad de visitantes, muchos monasterios no escatimaron esfuerzos para decorar lujosamente santuarios e iglesias, con la intención obvia de atraer y deleitar a los peregrinos.

El espíritu competitivo se expandió por todos los monasterios franceses y, desde mediados del siglo XI, modestas capillas se transformaron en santuarios espléndidos, guardianes de reliquias de un fabuloso valor material. Al mismo tiempo, en el inmenso ámbito de la iglesia se aprovechaban todos los espacios (paredes, portales, columnas, capiteles, y aun los suelos), para la decoración simbólica, adornándolos ricamente con las figuras más elaboradas, cinceladas o pintadas.

Los monumentos del exuberante espíritu decorativo del románico francés, como las iglesias monásticas de Vézelay, Moissac, Charlieu o Saint Gilles, que despiertan la admiración y el elogio de los estudiosos actuales, eran poco apreciadas por los cistercienses de la primera época. El inflexible espíritu de pobreza, simplicidad y aislamiento que se atrevía a rechazar la pompa litúrgica de Cluny, no podía aceptar esa misma inspiración manifestada en oro, plata y pedrería. En verdad, nada estuvo más alejado de la mente de los fundadores de Cister, hombres que amaban más la soledad eremítica y el silencio, que las grandes multitudes de peregrinos. Rechazaban instintivamente la lucrativa motivación escondida tras el despliegue ostentoso de esplendor y cautivadora belleza. Aun cuando los cistercienses hubieran sentido la tentación de imitar a sus opulentos vecinos benedictinos, la extrema pobreza y la dura vida de las dos primeras décadas deben haberles enseñado, con toda seguridad, a quedar satisfechos con lo más indispensable para vivir.

Nada ha quedado de las construcciones más primitivas de Cister. Sin embargo, no hay duda de que tanto la iglesia como el monasterio fueron edificados con el mismo espíritu de austera simplicidad que, de acuerdo con el Exordium Parvum, regulaba la calidad de los ornamentos litúrgicos, el moblaje y los accesorios. Durante la administración de Esteban Harding, esas reglamentaciones fueron sólo una consecuencia práctica del ideal cisterciense de pobreza, y más allá de la esfera material, como en el canto gregoriano o la selección de himnos litúrgicos, el genio del gran Abad demostraba una profunda apreciación por la belleza y el buen gusto. Las páginas de los primeros manuscritos cistercienses demuestran, en forma terminante, cuán lejos de la mentalidad de Alberico y Esteban estaba el menospreciar el arte, ya que, aun en esa época eran extraordinariamente ricas en miniaturas e iniciales delicadas y trabajadas. Los cuatro volúmenes de la Biblia de san Esteban, completados en 1109, constituyen uno de los tesoros más valiosos de las miniaturas francesas de la época. La copia de los Moralia in Job, terminada en el mismo scriptorium en 1111, tiene un valor artístico cercano al de la Biblia. Las figuras, algo caricaturescas, dibujadas con destreza, muestran a monjes trabajando en diversas circunscias, talando un árbol, cosechando grano, vendimiando y tejiendo, sumados a grupos de juglares y caballeros. Otros manuscritos completados en Cister, hasta alrededor de 1125, estaban decorados en forma similar.

Como hizo notar el sabio paleógrafo Carlos Oursel, el estilo y la técnica de esas miniaturas difieren enormemente de otros códices franceses de la época, y se asemejan más a las iluminaciones inglesas. Hasta surgió la posibilidad de una relación entre el famoso tapiz de Bayeux y los primitivos manuscritos cistercienses. ¿Pudo haber sido el propio Esteban Harding el artista? Cualquiera que sea la respuesta, los expertos opinan que esas miniaturas cistercienses constituyen «algunos de los tesoros artísticos primordiales de Europa».

Fue decisivo en las tendencias artísticas cistercienses, el concepto que san Bernardo tenía del arte monástico, como en todas las esferas.

El cambio se inició en uno de los primeros tratados de Bernardo, la Apología (Apologia ad Guillelmum Abbatem), una brillante diatriba, aunque no sin prejuicios, contra Cluny, escrita en 1125. El argumento del ensayo sobrepasa con mucho la importancia de una discusión familiar y sigue siendo uno de los documentos con más frecuencia citado sobre la estética medieval, y también tergiversado con la misma frecuencia. Después de censurar a los cluniacenses por sus excesos en el comer y el vestir, Bernardo critica acerbamente el lujo de sus edificios, «la altura excesiva, la longitud desmesurada y la anchura superflua de las iglesias… los ornamentos suntuosos y las pinturas demasiado curiosas, que atraen la atención de los que van a rezar y secan su devoción».Pone gran cuidado, no obstante, en limitar su crítica a las iglesias de los monasterios, a la par que acepta el significado del arte en otros lugares destinados a la gente común: «los obispos ejercen sus funciones entre gente sabia y ruda. Tienen que hacer uso de los ornamentos materiales para elevar la devoción en la gente carnal, incapaz de cosas espirituales. Pero nosotros ya no pertenecemos a ese tipo de gente». Para los monjes, cuya devoción debía estar formada a través de la contemplación, todo estímulo exterior, de acuerdo con el Santo, resultaba más una distracción que un motivo de inspiración.

La opinión muy difundida de que san Bernardo era simplemente ciego al mundo con toda su belleza y despreciaba el Arte, puede refutarse con los párrafos posteriores de su Apología. Después de una descripción ingeniosa, aunque sarcástica, del conjunto decorativo que ofrecía Cluny, concluye: «mirando alrededor, hay una variedad tan asombrosa de formas que uno podría con toda facilidad tomar el material de lectura de las paredes y no de un libro. Se podría pasar el día entero mirando fascinado todas esas cosas, una por una, en lugar de meditar la ley del Señor». El que escribió estas líneas sintió realmente el encanto del arte, pero al mismo tiempo tuvo el coraje de repudiarlo en beneficio de la divina contemplación.

Otto von Simson en su estudio sobre La Catedral Gótica opina que san Bernardo estuvo muy lejos de ser un enemigo del Arte. Por el contrario, contribuyó substancialmente a la fundamentación espiritual de un estilo nuevo. Afirma que las verdades características de la arquitectura gótica, no se asientan sobre la ornamentación esculpida o pintada, sino en el uso de la luz y la armonía de elementos estructurales basados en una «medida auténtica» expresada por ecuaciones geométricas. Gran parte de esta teoría llegó al siglo XII, por medio del tratado de san Agustín Sobre la Música, que a su vez se hacía eco de la mística pitagórica y neo-platónica de los números. Conjuntamente con los miembros de la escuela catedralicia de Chartres, Bernardo actuó como persuasivo vocero de las doctrinas agustinianas.

Desde este punto de vista, la posición que expresó en su Apología no puede estar motivada por un supuesto puritanismo, sino por su convicción de que la casa de Dios y el claustro (paradisus claustralis) deben estar construidos a semejanza de la Jerusalén Celestial, y ofrecer un sabor anticipado de su armonía luminosa. Siguiendo a von Simson, los cistercienses no fueron los únicos que perseguían una «proporción perfecta» en la geometría. Cuando el Abad Suger proyectó el famoso prototipo de arquitectura gótica, la iglesia de Saint-Denis, aplicó la misma teoría, influido por su amigo íntimo, san Bernardo. Lo mismo parece ser válido, continúa von Simson, para otros dos monumentos de avanzada del gótico, la catedral de Sens y la incomparable fachada occidental de la catedral de Chartres. En ambos casos, los arquitectos, el arzobispo Enrique de Sens y el obispo Gofredo de Chartres, eran fieles discípulos del Abad de Claraval. Por consiguiente, se puede sostener, con razón, que «las primeras manifestaciones del gótico fueron hijas de san Bernardo».

Debido a su creciente influencia, los principios de la Apología se convirtieron en normas de la actividad artística cisterciense, y después de la muerte del Abad Esteban, el Capítulo General las aceptó sin reservas, prohibiendo cualquier transgresión a la regla de rígida simplicidad. Por consiguiente, después de reafirmar las exigencias del Exordium Parvum referentes a la simplicidad de los ornamentos y moblajes usados en la liturgia, el Capítulo prohibía las iniciales iluminadas y el uso de colores en los manuscritos, desterró la encuadernación esmerada o la decoración costosa de códices y prohibió las vidrieras en color, las figuras esculpidas y pintadas, tanto en iglesias como en monasterios. No se permitían portadas cinceladas, y el Capítulo de 1157 prohibió cualquier pintura, aún en los simples portales o puertas de iglesia. El mismo Capítulo condenó-los campanarios de piedra, y sólo se permitía una torre modesta de madera, que podría dar cabida hasta dos campanas de tamaño pequeño. En 1218, se prohibieron los suelos decorados, y el Capítulo de 1240 ordenó sacar todas las figuras agregadas a los altares. Todas éstas, y un cierto número de otras prohibiciones de naturaleza similar limitaron a los albañiles cistercienses, de tal forma que sus construcciones entre los siglos XII y XIII mostraron en todas partes la misma simplicidad ascética, siendo ésta la característica más sobresaliente del arte cisterciense. De este modo los cistercienses, que no ambicionaron el desarrollo de un estilo propio, lo crearon, esencialmente en la Arquitectura, por medio de la aplicación estricta de sus ideales espirituales al Arte. Ninguna otra orden logró la formación de una escuela artística que se le igualara, con rasgos tan notables y uniformes.

Todas las construcciones cistercienses primeras fueron de madera; sin embargo, tan pronto como lo permitieron los fondos fueron reconstruidas en piedra. La primera estructura de madera había sido erigida por los fundadores o los mismos monjes, pero los edificios definitivos fueron obra de hábiles albañiles ayudados por hermanos legos. En ambas circunstancias, sin embargo, los monjes tenían un completo control sobre el tamaño y el plano básico de sus abadías. Los constructores de Cister y sus primeras casas filiales tomaron simplemente los elementos más sencillos del estilo borgoñón corriente, que aunque todavía era básicamente románico presentaba alguna de las características del gráfico primitivo, tales como arcos ojivales, bóvedas de aristas o moldura saliente. En consecuencia, el estilo adoptado y propagado por los cistercienses fue denominado por muchos historiadores del arte como «de transición» o «proto-gótico».

Para las iglesias, se conservó el plan benedictino tradicional cruciforme y el ábside cuadrangular, aunque no fue adoptado universalmente por todas las casas y se ignora su origen. Había una nave principal y dos naves laterales, generalmente en dirección este-oeste, introducidas por un atrio e interceptadas por el crucero; a cada lado de éste había capillas cuadradas y rectangulares, usadas para las misas privadas. El coro de los monjes comenzaba en el crucero, y se extendía hacia el oeste a lo largo de la nave principal. Más al oeste había sitiales de coro para los enfermos e impedidos, y el resto estaba ocupado por los hermanos conversos. Como las iglesias cistercienses no eran accesibles al público, no había espacio reservado para éste. En el santuario, estaba únicamente el altar mayor y los pocos muebles necesarios para las misas solemnes. El espacio posterior del santuario tradicionalmente tenía capillas radiadas rodeando al santuario – disposición común en las iglesias románicas y góticas –, pero en muchas iglesias cistercienses el ábside cuadrangular estaba rodeado de capillas cuadradas. Las paredes interiores y exteriores quedaban desnudas y constituyó una rareza la aplicación de arbotantes, elementos potencialmente decorativos. En la mayoría de los casos, la roseta de las ventanas (oculus) rompía la monotonía de las paredes lisas de la fachada, ábside y crucero, aunque todas eran por lo común pequeñas y de diseño muy simple. Dado que no se admitían esculturas, el único elemento decorativo explícito del interior radicaba en las columnas, terminadas en ménsulas o en forma de capiteles con un simple diseño de hoja.

El efecto de los rasgos puramente arquitectónicos de las iglesias cistercienses, que como deliberada protesta contra el esplendor de Cluny, carecían casi por completo de elementos ornamentales, era, por esta razón más impresionante. Las líneas estilizadas de sus amplios arcos góticos, la serena armonía de sus bóvedas de crucería, acentuada por sus aristas, la elegancia de los pilares y la belleza de la proporción en cada uno de los detalles de su estructura, caracterizan a la primitiva arquitectura cisterciense. Las iglesias cluniacenses, decoradas con mayor esplendor, no presentan rasgos de tal pureza.

El claustro se situaba por lo general entre la pared sur de la iglesia y el crucero, este último prolongado por la sacristía, la sala capitular y la de comunidad. Doblando en dirección oeste, se encontraba un pequeño calefactorio, un amplio refectorio, y la cocina. El refectorio, colocado en forma perpendicular a la galería del claustro es otra característica cisterciense, ya que, de ese modo, la misma cocina podía servir también al refectorio de los conversos. La porción que resta para terminar el cuadrado con la pared sur de la iglesia incluía el comedor de los hermanos legos y varios almacenes. En el segundo piso, sobre la sala capitular, comunicando directamente con la iglesia por medio de una escalera, se situaba el dormitorio de los monjes. El de los conversos estaba sobre los almacenes y su propio comedor. Frente a la puerta del refectorio, se encontraba generalmente la fuente de lavabo que era una pica grande, ancha y plana con muchas aberturas tubulares. La enfermería, el noviciado y la casa de huéspedes, lo mismo que los talleres, molino y otros edificios para trabajos de jardinería y granja estaban construidos algo apartados del monasterio. En las primitivas casas cistercienses no había biblioteca en el sentido estricto de la palabra. Dada la escasez de libros, los pocos ejemplares absolutamente indispensables para los servicios litúrgicos y Lectio Divina se guardaban en un nicho practicado en la pared de la sacristía, o en una cámara pequeña adyacente, llamada armarium.

La sala capitular y el refectorio fueron siempre los ámbitos más espaciosos y hermosos de los monasterios de la Orden. Aunque las rígidas reglas de simplicidad se aplicaba estrictamente en sus interiores, la sabia distribución de los grupos de columnas en una o dos hileras, y las magníficas bóvedas de variado diseño les daban una dignidad que no podía suplir ninguna ornamentación. La pared interior del refectorio tenía un púlpito con balaustrada en un nicho, con una escalera contigua, para comodidad del monje que leía durante las refecciones.

El propio claustro era otra característica de los monasterios. Aunque mucho más simple que los benedictinos, la galería dispuesta en forma cuadrangular, con arcadas abiertas, siempre constituyó un desafío a los arquitectos. En realidad, el claustro fue siempre la arteria vertebral de la vida monástica, comunicando entre sí las partes vitales del edificio. Allí realizaban los monjes sus tareas domésticas, su Lectio Divina o Meditatio, donde pasaban sus ratos libres y donde a veces se les permitía conversar, en una palabra, era el cuarto de estar monástico, lleno de aire, luz y sol. Por lo común, los arcos estaban soportados por columnas dobles, alternando con pilares macizos. Los capiteles estaban esculpidos sobriamente, siguiendo el espíritu del gótico que se iba imponiendo, aunque con frecuencia el diseño original se transformó posteriormente en una ornamentación más elaborada.

Los detalles básicos de la arquitectura cisterciense, sobria simplicidad combinada con buen gusto y excelente ejecución, se pueden observar aun en las construcciones más humildes como herrerías, molinos, lagares y en especial granjas, donde las estilizadas bóvedas son tan comunes como en los monasterios.

Pocas de las abadías cistercienses primitivas sobrevivieron a las vicisitudes de los siglos y todavía menos han conservado sus características originales. De los cinco establecimientos primitivos, sólo queda en pie la iglesia de Pontigny, aunque la elaborada disposición poligonal del coro fue construida a fines del siglo XII. El monumento más puro de la arquitectura cisterciense que subsiste es Fontenay, la segunda hija de Claraval, fundada en 1119 pero trasladada a su emplazamiento final en 1130. Presumiblemente, allí se erigió la abadía que aún se conserva, bajo las instrucciones del propio san Bernardo. En todo caso, la «relación perfecta» de Agustín, de cuadrados y cubos, es una característica notable del diseño; la superficie del piso comprendida entre dos arcos de las naves laterales forma un cuadrado, que se convierte en un cubo por el hecho que la altura de la bóveda es la misma que el ancho de la nave.

Le Thoronet, en Provenza, siguió el plan de Fontenay y ha sido reconocida como un ejemplo clásico de la forma en que los elementos más simples de la arquitectura pueden dar por resultado, a través de un diseño cuidadoso, una armonía de luces y sombras pocas veces lograda y una acústica perfecta. Sénanque, Silvacane, Aiguebelle y Flaran, todas al sur de Francia, son otras tantas abadías del siglo XII que han conservado notables rasgos primitivos.

A pesar de la tenaz resistencia del Capítulo General, la severidad cisterciense de la época de san Bernardo quedó muy mitigada durante el período gótico. Sin embargo, como prueba que el instinto decorador de los monjes no se podía suprimir por completo, ya en vida del Santo merece mencionarse una técnica peculiar de vidrieras coloreadas. Este estilo dominó por casi una centuria y consistía en usar, en vez de colores, tonos plateados para diseños geométricos o flores estilizadas (grisallas).

Tan pronto como comenzó el siglo XIII, las nuevas construcciones mostraron muy evidentes desviaciones de la simplicidad inicial. La iglesia de Châlis (Olise), consagrada en 1219 fue edificada con un refinado interior, imitando a las catedrales de Noyon y Soissons. Royaumont (Seine-et-Oise), fundada merced a la generosidad del rey san Luis en 1228, fue tan espléndida como cualquier otra iglesia secular contemporánea. Allí el rey erigió tumbas magníficas para miembros de su familia, y otros templos cistercienses estaban adornados con monumentos similares de obispos o laicos eminentes. Por ese entonces, el culto popular a las reliquias desempeñaba un papel cada vez más importante en las iglesias de la Orden, y los relicarios y santuarios estaban siempre ricamente decorados. En Obazine (Corrèze), la tumba del fundador, san Esteban, mostraba un conjunto de abades, monjes, hermanos y monjas cistercienses esculpidos hábilmente en alto relieve, arrodillados o de pie, frente a la Virgen, y en el lado opuesto, figuras similares en la misma agrupación resucitando de sus tumbas. Las iglesias de Vaucelles y Ourscamp eran tan grandes como la de Royaumont; la de Vaucelles, con sus 132 m. de largo fue la más grande que jamás hayan construido los cistercienses.

Durante el siglo XIV, se fueron dejando de lado las estrictas normas, y el Renacimiento las ignoró casi por completo. No sólo las nuevas fundaciones siguieron el estilo del gótico tardío con sus ornamentos delicados, sino que los establecimientos antiguos fueron también remodelados de acuerdo con las nuevas exigencias; como un signo más de los nuevos tiempos, se agregaba por lo general una magnífica biblioteca. Pero mejoras tan costosas no podían ser afrontadas por el creciente número de monasterios que estaban bajo el dominio de abades comendatarios, donde las comunidades debían contentarse con la conservación del antiguo edificio.

Los primeros monumentos de arquitectura cisterciense fuera de Francia presentaron características similares a las de la madre patria, aunque pronto adoptaron y continuaron desarrollando auténticas tradiciones nacionales. La verdadera importancia de la Orden en este aspecto radica en el hecho de que, en casi todas partes de Europa, fue la pionera de la muy avanzada arquitectura de Francia, favoreciendo de manera especial el desarrollo del gótico.

No hay otro lugar del continente donde los cistercienses hayan dejado una contribución tan monumental para la historia de la arquitectura medieval como en Inglaterra. Las primeras fundaciones combinaban sabiamente el estilo de transición con los elementos locales normandos y, durante el siglo XII, los monjes ingleses abandonaron generalmente sus severas y renombradas características ascéticas y produjeron las más valiosas obras de arte de la arquitectura «inglesa primitiva».

Yorkshire es la parte del país más rica en edificios cistercienses relativamente bien conservados; Byland, Jervaulx, Kirkstall, Roche y Sawley son nobles testigos aún en su ruinoso estado de la laboriosidad, buen gusto y talento de los monjes blancos. Fountains y Rievaulx, ambas fundadas en 1132, constituyen sin duda alguna los monumentos de mayor tamaño y significación. El exterior de la iglesia de Fountains es el ejemplo más expresivo del estilo de transición en el auténtico espíritu cisterciense de digna severidad. Su elemento más sobresaliente, una soberbia torre de magníficos rasgos, erigida en franca contravención de la regla de simplicidad, fue emplazada solamente en vísperas de la Disolución. En la actualidad se pueden distinguir todavía grandes porciones del monasterio. La nave de la iglesia de Rievaulx denota la forma sencilla de transición, pero el coro y el crucero, construidos en 1230, le dan una incomparable elegancia. Los capiteles están moldeados con exquisitez y el triforio y la crestería son especialmente delicados, aunque todos estos elementos decorativos fueron construidos en abierto desafío de las tradiciones primitivas. Por el contrario, otra ruina poco común, la de Tintern, en Monmouthshire, edificada unas tres décadas más tarde, representa el gótico cisterciense más puro, en el espíritu del llamado estilo «geométrico», desprovisto de cualquier decoración superflua. Pero también en este caso, los enormes ventanales de las paredes oriental y occidental de la iglesia, con su elaborado diseño, hubieran sido aprobadas con dificultad por san Bernardo.

Melrose, en Escocia, presenta la etapa final del gradual abandono de los principios establecidos por el gran Abad de Claraval. Fue fundada en 1136 por Rievaulx, y el ejército inglés la destruyó por completo como venganza por la derrota de Bannockburn en 1314. Gracias a la generosa donación de Robert the Bruce, pudo comenzar pronto su reconstrucción, y las tareas continuaron hasta el siglo XVI. La abadía, reconstruída en el estilo «decorado» y «perpendicular» – última evolución del gótico inglés –, retuvo únicamente los cimientos del plano primitivo; en todos los aspectos restantes se transformó en uno de los monumentos más espléndidos de la arquitectura monástica de Gran Bretaña. Aunque la iglesia no alcanzó las majestuosas proporciones de Rievaulx o Fountains, los picapedreros emplearon todo su talento en decorar pilares, arcos, ventanales de crestería y bóvedas. Aun en la actualidad, después de las vicisitudes de cuatro siglos, se yergue todavía como despliegue inigualable de la más delicada escultura decorativa. Un crucifijo milagroso en el coro de los conversos fue realizado por un escultor anónimo, que recibió dicho encargo del abad Hugo de Leven (1339-1349). De acuerdo con el cronista de Melrose, el piadoso artista trabajaba sólo los viernes, cuando ayunaba a pan y agua. Sus rasgos, que parecían tener vida, tomados de un modelo humano desnudo, atrajeron la admiración pública. Tan grande fue la fama de este crucifijo, que tuvieron que cambiarlo de lugar para que las mujeres pudieran verlo.

La disolución de las órdenes religiosas decretada por Enrique VIII significó la destrucción de incontables construcciones monásticas de inestimable valor artístico. Ninguna de las iglesias o monasterios cistercienses sobrevivió a esa época de destrucción sin sufrir un daño considerable; en su mayor parte fueron totalmente demolidos. Sin embargo, las ruinas que aún perduran, son conservadas con cuidado por propietarios particulares o por el Departamento de Obras Públicas.

La primera casa cisterciense irlandesa, Mellifont, fundada en 1142, fue el resultado de la íntima amistad entre san Bernardo y san Malaquías, arzobispo de Armagh. Hacia fines de siglo, el número de monasterios irlandeses alcanzó a veinticinco, todos fundaciones nacionales. Con la fusión de la Congregación de Savigny y algunas fundaciones inglesas tardías, el número total de abadías irlandesas fue aún mayor. Una precoz tendencia nacionalista, particularmente arraigada, hizo bien pronto que resultara bastante cuestionables el control de Claraval sobre sus filiales en ese país. Sin embargo, los monumentos de arquitectura que subsisten, unas dieciséis ruinas de iglesias más o menos bien conservadas, acusan influencia francesa. No pueden compararse en tamaño o belleza artística con las grandes abadías inglesas, pero la decoración, de superficie lisa, les da un carácter local irlandés. Durante el siglo XV se remodelaron parcialmente cierto número de abadías, recibiendo la influencia inglesa, con mayor decoración y bóvedas elaboradas, a las que se agregaba una torre central. Los restos más expresivos que se conservan son los de la Abadía de Holy Cross, y otras ruinas notables pertenecen a Mellifont, Bective, Baltinglass, Boyle, Jerpoint y Corcomroe.

En ningún otro lugar fue más decisiva la influencia de la arquitectura cisterciense que en España, donde, con mucha frecuencia, el románico local se vio enriquecido con elementos góticos, en especial las bóvedas ojivales, que aparecieron por primera vez en la Península gracias al esfuerzo de los arquitectos cistercienses franceses. Éstos no llegaron como apóstoles de un nuevo estilo arquitectónico, sino que aceptaron y siguieron voluntariamente las tradiciones artísticas locales. Aunque una docena de las fundaciones iniciales fueron apadrinadas directamente por Claraval, ninguna de esas iglesias siguió estrictamente el plan «bernardino», que apareció con el correr del tiempo en la Espina y Santes Creus, que no se terminaron hasta la primera mitad del siglo XIII. Por ese entonces, algunas casas cistercienses, tales como La Oliva, Piedra y Rueda, presentaban los rasgos del primer gótico puro en España. El plano de la iglesia de Huerta fue bosquejado imitando al de La Oliva, pero la primera debe su fama artística a su refectorio, una de las salas góticas más elegantes de fuera de Francia.

El monumento más importante de la arquitectura cisterciense en España es el real monasterio de Poblet, en Cataluña, el «Escorial de la Corona de Aragón», sepulcro de sus protectores más generosos, los reyes de dicha Corona. Su austera iglesia mide 85 m. de largo, y la bóveda de la nave alcanza los 28 m. de altura. El amplio establecimiento está rodeado completamente por muros fortificados y bastiones, mientras los propios edificios interiores, en continuo proceso de reconstrucción y remodelado hasta fines del siglo XVII, pueden servir como ilustración en la historia de la arquitectura de la transformación del primitivo estilo de transición al barroco. Aunque en este país la Orden fue suprimida en 1835, el monasterio sobrevivió en su estructura, pero al ser reanudada la vida monástica en 1940, se inició un acelerado proceso de restauración para hacerlo habitable. Casi la mitad de las fundaciones cistercienses españolas están en condiciones relativamente buenas; entre ellas, Moreruela, en Castilla; Veruela, en Aragón; las Huelgas, en Burgos, y Santes Creus, en Cataluña. Sin duda alguna es España la nación más rica en monumentos arquitectónicos de la Orden bien conservados en su estilo genuino. La influencia de la arquitectura cisterciense siguió dominando hasta mediados del siglo XIII, y se extendió a casas premonstratenses, algunas colegiatas y varias catedrales, en particular las de Tarragona, Lérida (Seu Vella), Osma, Sigüenza y Burgos.

A unos 96 kilómetros al norte de Lisboa se encuentra Alcobaça, que sin duda alguna ejerció gran influencia en todos los aspectos de la evolución de los numerosos establecimientos de la Orden en Portugal. Su construcción se inició en 1158, pero no se completó hasta 1252. La iglesia, de un valor artístico inigualable, es la mayor del país (111 m. de longitud). Su plano es fundamentalmente una réplica exacta de Claraval, pero, dado que sus naves laterales están abovedadas prácticamente al mismo nivel que la nave central, representa una rareza entre las iglesias cistercienses. Las tumbas de la realeza portuguesa contribuyeron a enriquecer la decoración interna. Durante el transcurso de los siglos Alcobaça fue remodelada también constantemente hasta la disolución de 1834, cuando el monasterio fue convertido en cuartel.

También en Italia, los cistercienses introdujeron el gótico, pero allí se lo consideró siempre como un estilo extranjero. En realidad, las primeras iglesias cistercienses en la Península copiaron finalmente los modelos de escuela borgoñona primitiva, con una estructura pesada, simple, paredes gruesas y ventanas pequeñas. Entre los primeros monumentos cistercienses, el mejor preservado es Fossanova, erigido hacia 1190 a semejanza de Fontenay, con interesantes galerías bordeando el claustro. Casamari, construida entre 1203 y 1221 muestra características similares. Otros ejemplos del gótico cisterciense, son Arabona en los Abruzzos, Castagnola cerca de Ancona, San Galgano cerca de Siena, San Martino al Cimino cerca de Viterbo, y Colomba en la diócesis de Piacenza. Es digno de recordar que, hacia fines del siglo XII, algunos hermanos legos de San Galgano participaron en la construcción del duomo de Siena.

Aunque la austeridad cisterciense influyó en forma notable en la arquitectura franciscana, el estilo nunca llegó a ser popular en Italia. Hubo obstáculos en su desarrollo, y los últimos edificios monásticos de la Orden eran mucho más italianos que cistercienses. Chiaravalle, cerca de Milán, fundada en 1135 constituye un ejemplo interesante de cómo una iglesia cisterciense, originalmente simple, se fue transformando sucesivamente de acuerdo con el gusto italiano del Renacimiento. El monasterio fue destruido, pero la iglesia, que aún subsiste, exhibe una fachada renacentista y una torre de campanario impresionante de forma octogonal, mientras que la decoración interior, del mismo estilo, incluye los famosos sitiales de coro de 1645, cada asiento con un relieve magnífico, que representa una escena de la vida de san Bernardo. La mayoría de las abadías del país fueron víctimas del sistema comendatario durante el siglo XV, y se empobrecieron de tal manera, que prácticamente no pudieron contribuir al desarrollo posterior del arte cisterciense propio. Las posesiones actuales de las Congregaciones italianas no fueron en su mayoría fundaciones originariamente cistercienses.

En Alemania, los primeros monumentos de la arquitectura cisterciense, tales como Eberbach, Tennenbach y Bronnbach influyeron muy poco en el románico germánico, altamente desarrollado, aunque durante el período floreciente de la actividad constructora cisterciense en esa nación, desde 1200 a 1250, las iglesias de la Orden representan el primer estilo gótico puro. El primer estadio del desarrollo hacia el gótico puro (1210-1220) fue alcanzado por Arnsberg (Hesse), Otterberg (Palatinado), Walkenried (Harz), Riddagshausen (Brunswick), por el famoso atrio y monasterio de Maulbronn (Württemberg), que se ha conservado casi en su forma primitiva, lo mismo que Ebrach, todos siguiendo el modelo de Pontigny. Las ruinas de Heisterbach (consagrada en 1237) indican ya un paso más adelante, mientras el apogeo del gótico se logra en Marienstatt (Westerwald), comenzaba en 1243, y Altenberg, cerca de Colonia, cuyos cimientos se levantaron en 1255. El estilo de las mismas marca el fin de la firme tradición borgoñona en favor del gótico más avanzado de la Ille-de-France, y también el abandono del rígido ascetismo cisterciense. Sus ábsides con capillas radiales y ambulatorios, enormes ventanales (la mayoría con grisallas) y ligeros arbotantes fueron novedades tanto dentro de la Orden como en la misma Alemania. Sin embargo, faltaban todavía las torres; y la cálida austeridad de sus interiores daba prueba todavía de la fuerza activa de los ideales originales.

Las grandes catedrales alemanas de las centurias posteriores sobrepasaron los logros alcanzados por el gótico cisterciense. Sin embargo, a fines de la primera mitad del siglo XIII, la construcción de la catedral de Bamberg y el plano de la iglesia de San Sebald en Nuremberg muestran la influencia decisiva de los monjes de Ebrach. El mayor orgullo de la Orden en la región oriental del país, donde la piedra era escasa, fue la creación de una estructura gótica de ladrillo que no tuvo rival. Las ruinas de Lehnin (Brandenburgo) y Kolbatz (Pomerania) son ejemplos claros de una técnica poco común, aunque la influencia de Chorin (Brandenburgo), casi intacta, con su belleza delicada, sobrevive como uno de los monumentos más sobresalientes de la arquitectura cisterciense.

En el nordeste de Alemania, los cistercienses se vieron ante la necesidad de fortificar sus monasterios, dando origen a cierto número de abadías fortificadas a todo lo largo de las peligrosas fronteras de las provincias bálticas. El ejemplo más notable lo constituyó Dünamünde, en la desembocadura del Duna, cerca de Riga. El edificio del monasterio estaba completamente rodeado por el agua y por una fortificación rectangular. Había bastiones en cada ángulo, y la única entrada conducía a través de un puente levadizo. Las gruesas paredes de la abadía propiamente dicha constituían una segunda línea de defensa, que remataban dos torres redondas en el lado norte. Pero obstáculos tan formidables no amedrentaron a los fieros nativos paganos, que lograron penetrar y saquear la abadía en 1228 y 1263.

Felkenau, cerca de Dorpat, fue otra avanzada fortificada en forma similar, mientras Neuenkamp, Bukow, Pelplin, Hiddensee en la isla de Rügen, y Stolpe contaban con defensas más o menos desarrolladas.

Los establecimientos de la Orden fueron pioneros del gótico en Austria, donde gozaron de mayor libertad en la aplicación de elementos puramente decorativos que en cualquier otra parte de Alemania. La primera manifestación de gótico puro llegó al país con Neuberg, en Estiria (1327). Características similares aparecen en el coro de Heiligenkreuz y de Lilienfeld, pero ninguna de ellas pudo combinar la riqueza artística y la influencia de Zwettl, un tesoro de arte de casi todos los estilos, desde el siglo XII en adelante.

En Bélgica, las ruinas de la otrora célebre Orval pertenecen a los monumentos más preciosos de la arquitectura de la región. Sin embargo, la iglesia original, consagrada en 1124 no tenía relación con la Orden, ya que el monasterio no fue ocupado realmente por los cistercienses hasta 1132. Posteriormente, la abadía fue constantemente agrandada hasta su destrucción en 1637, víctima de la Guerra de los Treinta Años. En el siglo siguiente, la rica abadía fue reconstruida con toda la magnificencia del barroco, pero fue destruida de nuevo por las tropas revolucionarias francesas. Los trapenses la restauraron hace poco tiempo. Aulne y Villers en Brabante, aún en ruinas, quedan como uno de los monumentos más delicados del gótico belga. Nada ha sobrevivido de la construcción medieval de Les Dunes. Ter Doest en Flandes corrió igual suerte. Una granja de esta última abadía, perteneciente al siglo XIII, y que aún se conserva, ha sido calificada uno de los «milagros» de la arquitectura medieval. En realidad, es un enorme establo cercano a Lisseweg, una de las antiguas granjas de Ter Doest. Su forma y dimensiones justifican la admiración de la posteridad. La estructura de ladrillos, formando finas fachadas, data más o menos de 1250, y mide 60 m de largo por 24 m de ancho; pero, mientras las paredes laterales tienen sólo 9 m de altura, los remates triangulares se remontan en ambos extremos a los 20 m y están cubiertos por un enorme tejado a dos aguas de marcada pendiente. El interior está dividido por dos hileras de pesados pilares de roble que soportan la superestructura de madera. Seis grandes ventanas góticas tapiadas que decoran los remates triangulares dan una apariencia delicada a esta construcción puramente utilitaria.

El edificio cisterciense mejor conservado de Suiza, que todavía conserva las características del gótico temprano, es el de Kappel, actualmente convertido en parroquia zwingliana. La iglesia de Hauterive presenta características semejantes, aunque el monasterio actual sea de estructura barroca. Wettingen fue también remodelada en un estilo similar, mientras el monasterio de Saint Urban, con su famosa sillería de coro, es reconocido generalmente como uno de los monumentos más grandes e impresionantes de la arquitectura barroca en dicho país.

La mayoría de las abadías húngaras fueron fundadas directamente desde Francia, y representan una forma avanzada del estilo de transición. El único edificio que ha sobrevivido en perfecto estado es la iglesia de Bélapátfalva, copia fiel de los simples modelos borgoñones, aunque su interesante fachada policromada muestra influencia italiana y el sistema de bóvedas influencia alemana. Sólo Kerc conserva la inconfundible forma francesa de transición, entre las numerosas ruinas cistercienses. Situado en Transilvania, este monasterio puede ser considerado como el testigo de la cultura cisterciense más lejano en la Europa sudoriental.

También en Polonia, los cistercienses fueron promotores del estilo gótico. Dado que en ese país no había tradiciones arquitectónicas arraigadas, la uniformidad y pureza de los rasgos cistercienses fueron más pronunciados que en el oeste, y la influencia de los monjes blancos en las catedrales construidas posteriormente (Cracovia, Breslau) fue de suma importancia. Un cierto número de iglesias cistercienses han conservado sus características medievales en buenas condiciones. Mogila, cerca de Cracovia, es la más grande, y su plano es un ejemplo clásico de la simplicidad cisterciense, mientras que la iglesia de Oliwa, en las inmediaciones de Danzig, muestra formas evolucionadas del gótico. La interesante variante dentro de su sistema de bóvedas, data del siglo XV. Después de la disolución, esta iglesia sirvió como catedral de la diócesis de Danzig. Logumkloster, del siglo XIII, recientemente restaurado en Dinamarca, es uno de los más bellos ejemplos del gótico de ladrillos. También son dignos de mención los restos de la que una vez fuera la rica abadía de Soro; la iglesia es una estructura románica simple, de ladrillo; el monasterio sobrevivió como colegio hasta 1813, cuando fue destruido por el fuego. Los cistercienses ingleses introdujeron el gótico en Noruega, pero es poco lo que ha quedado de dichos establecimientos. Los monasterios más antiguos de Suecia fueron fundaciones francesas. Alvastra, el mayor y más rico de todos ellos, fue fundado por Claraval en 1183 y su plano muestra cierta similitud con Fontenay. Una parte del crucero de Nydala (otra filial de Claraval, construida en el estilo borgoñón más simple), se usa actualmente como iglesia parroquial. De Gudvala, filiación de Claraval, sólo se conserva la nave, pero la iglesia de Varnhem, fundación de Alvastra, mantiene intacta su forma del siglo XIII y es, por consiguiente, uno de los monasterios más significativos de la arquitectura sueca de transición. Su interior muestra inspiración germana, pero los simples pilares macizos de forma cuadrangular, que sostienen los arcos de medio punto de la nave, muestran sin duda alguna influencia borgoñona y el ábside del santuario, también circular, acusa la influencia del Claraval del siglo XIII.

La influencia de la Orden en la construcción de edificios seculares, a través de los arquitectos que había formado, fue sólo esporádica a partir de 1157, cuando el Capítulo General prohibió a los conversos y artesanos cistercienses ayudar a levantar dichas construcciones. Pero, en aquellos países donde los cistercienses representaban el único estilo de avanzada, su influencia indirecta, como modelos y constante fuente de inspiración artística, fue considerable durante siglos. Aun en Francia, la influencia cisterciense prevaleció hasta la era de las grandes catedrales, en especial entre las órdenes religiosas recién fundadas o reformadas. Los premonstratenses, la orden de Grandmont y los canónigos agustinos copiaron exactamente el austero modelo cisterciense, tanto en su legislación como en sus edificios. Por medio de los Caballeros del Temple. organizados bajo los auspicios de san Bernardo, el programa artístico cisterciense invadió incluso Tierra Santa. Más aún, cuando los propios cistercienses estaban a punto de abandonar su simplicidad original, los mendicantes, renunciando a toda ambición para crear un estilo propio, imitaron los modelos más simples de los cistercienses que tenían a su disposición, y continuaron construyendo sus iglesias en forma similar hasta el Renacimieno.

La crisis económica de los siglos XIV y XV disminuyó forzosamente la actividad constructora de la Orden, y la catástrofe de la Reforma y las guerras religiosas que le sucedieron, no sólo condujo a la destrucción de cientos de iglesias y monasterios, sino que evitó también que las abadías sobrevivientes pudieran agregar algún elemento realmente importante a su edificación primitiva, siguiendo el nuevo estilo renacentista. Hay algunos agregados de este tipo de gran belleza, en iglesias y edificios monásticos de Italia y España, tales como fachadas, portales, altares y otras piezas de decoración interna; sin embargo, la pobreza general de esas casas bajo abades comendatarios hizo que fueran absolutamente imposibles construcciones de gran envergadura.

Desde mediados del siglo XVII hasta el final del siglo XVIII, en un período de paz y prosperidad relativas, el espíritu victorioso del barroco se expandió por el Continente. Dentro de la Orden se inició otra era de febril actividad constructora, especialmente en Europa central. En su fecunda actividad, casi llegó a igualar a los gloriosos comienzos medievales. Por desgracia, el barroco, con su concepción diametralmente diferente, no comprendió ni respetó los monumentos del pasado y destruyó o remodeló sustancialmente edificios góticos o románicos de acuerdo con el cambio de exigencias del nuevo estilo. Puede servirnos como ejemplo característico el destino de la iglesia de Zirc del siglo XIII. Después de la liberación de Hungría del poder otomano, la rica abadía de Heinrichau, en Silesia, dio nueva vida a la desierta Zirc, en los primeros años del siglo XVIII. Lo que otrora fuera un ejemplo sobresaliente de la arquitectura gótica temprana, aunque dañado, sobrevivía en condiciones aceptables, de tal suerte que los primeros en establecerse pudieron celebrar allí sus primeros oficios. Pero, en lugar de seguir el camino fácil de reconstruir el edificio, como hubiera sido obvio, lo demolieron por completo y, con las mismas piedras, construyeron una nueva estructura barroca, que, a despecho de su grandeza, estaba muy lejos de igualar el valor artístico de la original.

La mayoría de las abadías cistercienses de toda la Europa católica, desde Portugal hasta Hungría y Polonia hicieron esfuerzos para reconstruir, remodelar o por lo menos volver a decorar sus viejos edificios de acuerdo al estilo nuevo, cada una según los medios económicos de que disponía para tales proyectos. muy onerosos y con frecuencia absolutamente innecesarios.

La actividad constructora en gran escala fue casi imposible en Francia, donde la gran mayoría de abadías cistercienses tenían que compartir sus ingresos con los abades comendatarios, aunque muchas veces éstos construyeron para su propia conveniencia residencias nuevas y elegantes, rodeadas de parques bien cuidados. En algunos casos, el deseo de construir no estaba respaldado por rentas apropiadas, lo que dio por resultado proyectos incompletos y a veces hasta la ruina financiera. Tal fue el caso de Châlis, donde en 1736 el ambicioso comendatario, el duque Luis de Borbón-Condé, decidió conservar la iglesia del siglo XIII, pero demolió el monasterio para dar lugar a una nueva abadía palaciega. Los planos fueron diseñados por lean Aubert, el gran arquitecto del Hôtel Biron y el palacio de Chantilly, pero hacia 1764 sólo se había alcanzado una tercera parte del proyecto, y a costa de grandes deudas. En 1770, la abadía se declaró en quiebra, cerró sus puertas y sus monjes fueron dispersados. Únicamente la parte terminada sobrevivió a la Revolución y en la actualidad aloja a un pequeño museo.

La única abadía cisterciense francesa reconstruida completamente en estilo barroco fue Valloires, en Ponthieu, que había sido destruida en su totalidad por un incendio en 1647. Los planos para la reconstrucción fueron diseñados por el arquitecto Raúl Coignart en 1738 y se ejecutaron entre 1741 y 1756, aunque la decoración interior fue en gran parte tarea de un artista austríaco.

Se proyectaron empresas similares a una escala realmente gigantesca para Cister, Claraval, La Ferté y Sept-Fons, pero ninguna se pudo completar antes de la Revolución. En Cister, la antigua iglesia debía conservarse intacta, pero el arquitecto Nicolás Lenoir imaginó una abadía totalmente reconstruida, de grandes dimensiones. Los trabajos comenzaron en 1760, pero sólo se completó un ala, que desde 1898 aloja a una comunidad trapense moderna. Casi llegó a materializarse entre 1740-1780 un proyecto similar para Claraval, un complejo monumental de edificios que todavía se conserva intacto, usados en la actualidad como penitenciaría. En la misma época se amplió considerablemente Sept-Fons, en gran parte gracias al trabajo físico de centenares de hermanos conversos. Las auténticas casas barrocas estuvieron en los estados católicos de Alemania y los dominios de los Habsburgo austríacos. Por esa época, las celdas de los monjes estaban muy deterioradas y los viejos sistemas de fontanería y servicio de agua corriente ya no podían repararse. En consecuencia, el propio monasterio necesitaba una reconstrucción total, para poder proveer a los monjes de celdas individuales y otras comodidades que exigía el nuevo estilo de vida. Por otro lado, si bien las iglesias todavía se mantenían en pie, piadosamente conservadas, con todo fueron decoradas de nuevo.

Las ricas abadías germanas demostraron tener más éxito para llevar a cabo su programa de reconstrucción, que dio por resultado monumentos únicos en la historia de la arquitectura barroca. En Himmerod, la antigua iglesia fue demolida y se erigió otra nueva en un barroco espléndido entre 1735 y 1751, aunque el monasterio había sido rehecho ya con anterioridad. A consecuencia del incendio de 1697, Salem fue reconstruida en el mismo estilo brillante por el arquitecto Franz Beer. Una de las figuras cumbres del barroco germano, Balthasar Neumann, construyó un nuevo monasterio para Ebrach en 1716, sin rival entre los más ricos monumentos cistercienses barrocos por la suntuosidad de su belleza, en extraña antítesis de la desnuda simplicidad de la antigua casa. El mismo arquitecto terminó en 1728 la iglesia de Schönthal en la diócesis de Würzburg y, un poco más tarde, la iglesia de Vierzehnheiligen, santuario favorito de los peregrinos germanos en el valle del Main, construido bajo los auspicios de la abadía de Langheim. Birnau fue una iglesia erigida por Salem con propósitos similares en la ribera norte del lago de Constanza, una verdadera joya del barroco tardío, diseñada por Peter Thumb y completada entre 1746 y 1750. Fürstenfeld, cerca de Munich, la enorme Waldsassen, Heinrichau y Grüssau en Silesia, Königsaal y Sedletz en Bohemia, Oliwa cerca de Danzig, entre muchas otras abadías cistercienses de menor importancia, son todas representantes sobresalientes del arte barroco. Después de restaurada, Leubus, en Silesia, fue famosa por sus dimensiones colosales. Su vieja iglesia, que contenía veinticuatro altares laterales, fue restaurada en estilo barroco, mientras los edificios conventuales fueron reconstruidos por completo bajo el abad Ludwig Bauch (1696-1729). Cuando finalizaron las obras, la abadía disfrutó la fama de ser la más grande de la Europa central: la fachada norte-sur medía 225 metros.

Todos los establecimientos cistercienses en Austria fueron remodelados de forma más o menos substancial, o reconstruidos por completo durante los siglos XVII y XVIIi, representando todo el desarrollo arquitectónico desde los estadios iniciales del barroco hasta el clásico tardío. En este sentido, la abadía de Zwettl representa el mayor tesoro artístico, y en especial su torre y su altar mayor son obras maestras admirables. Heiligenkreuz conservó muchas de sus características medievales, pero los monjes se embarcaron siempre en nuevos proyectos decorativos requiriendo los servicios de famosos artistas contemporáneos, como Giovanni Giuliani, de Venecia, el escultor de los bellos sitiales de coro terminados en 1707. Por ese mismo tiempo, el joven Rafael Donner, uno de los más grandes escultores del barroco austríaco, pasó sus años de aprendizaje en los talleres del monasterio. En Hungría, San Gotardo, un monumento de noble diseño y artesanía magistral, representa lo mejor del barroco cisterciense. Zirc, reconstruida por Heinrichau, presenta una decoración interior notable con una estructura grande, pero relativamente simple.

Es innecesario recordar que el espíritu del arte barroco, adoptado tan ansiosamente por la Orden eliminaba por completo la austera simplicidad característica de los primeros cistercienses, y sólo la situación financiera de cada abadía puso límite a la suntuosidad de su despliegue arquitectónico y decorativo. Vestíbulos, escaleras, refectorios, y en especial bibliotecas y departamentos abaciales, no iban a la zaga de los palacios reales en riqueza y deslumbrante ornamentación; fueron diseñados por los mismos arquitectos que empleaba la más alta aristocracia. Los hermanos conversos realizaron una gran obra en la decoración interior y amoblamiento; en Himmerod y Heinrichau, sus humildes talleres se convirtieron en verdaderas escuelas de arte bajo una dirección experta.

Al estallido de la Revolución Francesa (1789), siguió una ola de destrucción desenfrenada, que excedía en insensibilidad a los desastres del siglo XVI. En ciertas ocasiones, los nuevos propietarios de las abadías secularizadas encontraron buenas razones para conservar edificios de alguna utilidad práctica, pero las iglesias fueron demolidas como si constituyeran elementos desagradables que perturbaban la explotación adecuada de la propiedad.

Nada quedó de las grandes basílicas de Cister, La Ferté, Claraval y Morimundo.

En 1791, el Marqués de Travannel, financiero y banquero particular de María Antonieta, adquirió Royaumont. Como era un aristócrata, y por ende sospechoso para el nuevo régimen, quiso demostrar sus sentimientos republicanos ordenando la inmediata demolición de la iglesia. Defendiéndose contra las acusaciones ante el Comité de Seguridad Pública en 1793, declaró con todo orgullo que: «después que compré la propiedad llamada tiempo atrás Royaumont, destruí la famosa iglesia, que había sido erigida por uno de nuestros antiguos tiranos, a quien la superstición llamó san Luis, cuyos hijos fueron allí enterrados». Es evidente, que este hecho le salvó la cabeza.

Radix de Saint-Foy, que compró la gran Ourscamp, resultó ser un entusiasta admirador de los jardines ingleses. Ya tenía un hermoso jardín, pero, ¿cómo podría decorarlo con una correspondiente ruina? En 1807 halló una solución feliz, cuando ordenó destruir la iglesia hasta convertirla en lo que pretendía.

El nuevo propietario de Vaux-de-Cernay, General Juan Francisco Christophe, halló que, por alguna razón, la iglesia era un obstáculo para uno de sus proyectos. En 1816, minó las paredes de tan noble testigo de seis siglos de oración y trabajos cistercienses; y el derrumbe fue presenciado por cierta cantidad de huéspedes invitados a un hecho poco común, quienes aparentemente observaron con gran satisfacción cómo el magnífico monumento artístico se convertía en pocos segundos en un informe montón de ruinas.

El siglo XIX no proporcionó nuevas glorias arquitectónicas a los cistercienses, pero los monjes de ambas observancias son dignos de encomio por haber dado vida nuevamente y conservado una cierta cantidad de abadías anteriormente deshabitadas. El aumento constante del aprecio del público por el gótico dio por resultado una nueva conciencia de los valores de los monumentos medievales, y cuando la mayoría de los gobiernos occidentales emprendieron la tarea de preservar esos tesoros, se aseguró su supervivencia efectiva, con frecuencia sólo en la forma de ruinas.

En algunos casos excepcionales, las ruinas monásticas se restauraron total o parcialmente, por los esfuerzos de expertos en arquitectura financiados con fondos públicos o privados. Tales tareas han sido altamente satisfactorias en Noirlac en Berry, que restaurada sirve como un centro internacional de estudios monásticos. Intenciones similares favorecieron a la abadía de Clairmont en Maine y a la encantadora iglesia antigua de Boquen en Bretaña. También las ruinas de Himmerod han sido restauradas totalmente por la diligencia de los propios monjes.

La admiración de los americanos por los tesoros artísticos de Europa dio por resultado el transplante al Nuevo Mundo de edificios enteros, trasladándose piedra por piedra y reconstruyéndose en la nueva ubicación. De esta forma, el famoso museo de arquitecura medieval de Nueva York, «The Cloisters», exhibe la sala capitular de Pontaut y los claustros de Cuixá (benedictina) y Bonnefont. Después de muchas adversidades, Sacramenia de Castilla, adquirida por el magnate de la prensa William Randolh Hearst y embarcada para América, ha sido reedificada cerca de Miami, Florida. El mismo gran coleccionista compró otra abadía cisterciense española, Santa María de Ovila. Las diez mil trescientas piedras de este artístico monasterio románico esperan su destino final o su total desintegración en el Golden Gate Park de San Francisco.

 

Bibliografía

(…)

L.J. Lekai, Los Cistercienses Ideales y realidad, Abadia de Poblet Tarragona , 1987.

© Abadia de Poblet

 

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