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Los Cistercienses

Los hermanos conversos

Sin duda alguna, la institución de los hermanos conversos como un cuerpo religioso bajo estricta disciplina monástica, encargado de las cuestiones económicas de los establecimientos cistercienses fue, en su desarrollo integral, un rasgo distintivo de la Orden, aunque contara con antecedentes dignos de ser tomados en cuenta. En la época de san Benito, la mayoría de los monjes no eran clérigos. Los sacerdotes eran sólo ocasionalmente ordenados o admitidos, según lo exigían las necesidades espirituales o litúrgicas de la abadía. Todos los monjes tomaban parte por igual en el trabajo manual y, si en la época de la cosecha veían superadas sus fuerzas, contrataban trabajadores. Sin embargo, desde el siglo IX en adelante, la propiedad monástica creció enormemente, mientras los monjes, sacerdotes en su mayoría por esa época, y ocupados en distintas actividades pastorales y culturales, no podía cubrir las necesidades de mano de obra de sus fincas. Los monasterios de la Edad Media temprana, incluso Cluny, aceptaron como solución el sistema señorial, y asignaron el trabajo agrícola a la población rural, dejando libre de este modo el tiempo y la energía de los monjes para dedicarse exclusivamente a las actividades litúrgicas, pastorales, literarias o educativas, que aumentaban constantemente. Este sistema involucró profundamente a los monasterios en asuntos mundanos y puramente políticos. En consecuencia, los movimientos renovadores del siglo XI, en su anhelo de soledad y estricto ascetismo, aunque incapaces de cambiar los principios básicos de un sistema social y económico establecido, trataron de imponer por lo menos a sus ayudantes laicos alguna forma de disciplina monástica.

San Romualdo organizó servidores legos en Camaldoli después de 1012, seguido por san Pedro Damiano en Fonte Avellana hacia mediados del mismo siglo. San Juan Gualberto, el fundador de Vallombrosa llamó conversi a sus auxiliares seglares, nombre que también usarían los cistercienses para los hermanos legos. Independientemente de esos movimientos italianos, la congregación reformada de Hirsau, en Alemania, dio también a sus servidores laicos un estado religioso preciso, y popularizó la idea con tal éxito, que todas las demás órdenes o congregaciones reformadas, fundadas poco antes o poco después que los cistercienses, adoptaron la institución en una u otra forma.

La comunidad de legos cistercienses no significó entonces una innovación completamente revolucionaria, aunque ninguna otra orden empleó a los conversos en tan gran escala, y con tan gran eficacia.

Los primeros documentos de Cister no revelan nada sobre las circunstancias externas que puedan haber inducido a la adopción de dicha institución, ni puede determinarse con facilidad la fecha de su aparición. Partiendo del hecho de que, durante los primeros hermanos conversos fueron admitidos en la segunda década del siglo XII. El gran conocimiento de Vallombrosa que poseía el abad Esteban nos ofrece otra conjetura tentadora: la admisión de hermanos legos podría haberse inspirado en el éxito obtenido en esa abadía italiana empleando conversi.

También es cierto que, apenas Cister comenzó a prosperar, se hacía imperioso tomar alguna resolución de ese tipo. Para los fundadores del «Nuevo Monasterio», que rechazaban resueltamente la explotación señorial tradicional de las propiedades monásticas y anhelaban la soledad, el cultivo directo de sus tierras seguían siendo la única elección aceptable, que, según el tamaño de sus fincas, exigía una fuerza de trabajo adecuada. En realidad, el elemento inusitado en la economía agraria cisterciense no era en sí el empleo de hermanos conversos, porque esto era simplemente la consecuencia de una decisión mucho más revolucionaria: los monjes, siguiendo la Regla de san Benito, estaban obligados a vivir del fruto de su propio trabajo manual, realizado en sus campos.

Si vamos a dar crédito al relato de Orderico Vital relativo al debate entre las dos fracciones en Molesme, el trabajo manual constituía la más grave razón de desacuerdo. Los oponentes del abad Roberto sostenían que «su trabajo fervoroso en la adoración de Dios» era un digno sustitutivo del abandonado trabajo físico. Se apoyaban en una tradición firmemente arraigada en Francia, según la que «los labradores trabajaban la tierra, cosa normal, tal como los servidores realizaban tareas adecuadas para ellos. Sin embargo, los monjes, que habían renunciado voluntariamente a las vanidades de este mundo por el servicio del Rey de Reyes, vivían pacíficamente en sus claustros, como las hijas de los reyes, buscando por medio del estudio el significado oculto de la Escritura». Finalmente, esperaban rematar su razonamiento, exclamando: «¡prohiba el Señor que los labriegos, cuyo destino es el continuo trabajo, se vuelvan inútiles por la holgazanería…, o que los nobles caballeros, los filósofos capaces y los eruditos estudiosos se vean obligados a perder su tiempo en trabajos y ocupaciones serviles e impropias para poder ganar su pan, como sirvientes de baja cuna!».

A pesar de que los fundadores del Nuevo Monasterio no compartían las ideas de sus oponentes, después de algunos años de extraordinarias dificultades, se vieron forzados a admitir que había algo de verdad en el razonamiento de los monjes de Molesme. Como Cister se negaba todavía a buscar el auxilio de siervos o labradores, se hizo inevitable el reclutar hermanos conversos. Tal como nota el autor del Exordium Parvum:

«Determinaron tomar, con licencia de sus obispos, a legos barbados como conversi, y tratarlos en vida y muerte, como a sí mismos, excepto en los derechos reservados a los monjes de coro, pues no entendían como podrían guardar de otro modo los preceptos de la Regla, día y noche, sin la ayuda de aquéllos.»

El compromiso parecía salvar los principios de Cister, a la vez que aseguraba la mano de obra necesaria para la supervivencia de los monjes. Como indica claramente la redacción de la cita, la decisión fue una solución práctica para un problema práctico, sin referencia teórica alguna a la actividad que se consideraba apropiada para los monjes. Estos últimos no estaban exentos del trabajo manual, ni los conversi debían ser explotados tampoco simplemente como peones. Se los trataba como a religiosos, miembros de una comunidad monástica, diferentes de los monjes de coro sólo en los oficios litúrgicos y ciertos aspectos legales de su estado canónico, en las elecciones abaciales y para desempeñar cargos importantes.

El Capítulo General debía reglamentar la rutina diaria de trabajo y oración de los hermanos. Mas no se conservan las actas de sus primeras sesiones. El primer documento existente que se ocupa de los hermanos son los Capitula de 1119, luego algunos párrafos de los Instituta Generalis Capituli y, en forma más sistematizada, los Usus conversorum, una parte del «Libro de Usos», en el cual se recopilaron, hacia mediados del siglo XII, reglamentaciones de diferentes orígenes.

Al igual que los monjes de coro, los candidatos se aceptaban para hacer un año de noviciado. Durante este tiempo, se los preparaba para sus futuras obligaciones y en la disciplina monástica, memorizando unas pocas oraciones, como el Pater, el Credo y el Miserere, con algunos responsorios breves. En su formación se excluía el uso de libros u otros estudios. Después de un año de prueba, hacían los votos prometiendo al abad obediencia «hasta la muerte». De esta forma se convertían en religiosos cabales, aunque sin derechos activos o pasivos para elegir a los oficiales del monasterio, y tampoco podían convertirse nunca en monjes de coro o sacerdotes. Su hábito difería también del de los coristas; era de un material más oscuro, gris o marrón. A veces se les imponía el castigo de trabajar con trajes seglares.

La vida sencilla de los hermanos transcurría en los distintos talleres o realizando tareas domésticas en el monasterio; pero a la mayoría se les ponía a trabajar en las granjas, como agricultores y pastores. Los que permanecían en el monasterio, tenían sus propios recintos, que, aunque estaban separados, eran similares a los de los monjes, y tenían sus propios capítulos semanales, para guía espiritual e instrucción religiosa. A excepción de los domingos y festividades, no estaban presentes en el Oficio Divino; recitaban un cierto número de Pater noster bajo la dirección del más anciano, al mismo tiempo de las horas canónicas, cualquiera fuera el lugar donde estuvieran trabajando. Los que vivían en granjas distintas, volvían al monasterio sólo los domingos y fiestas mayores, para participar en los oficios solemnes. De lo contrario, durante la semana, quedaban solos, ya que por lo general no se permitía a los monjes de coro permanecer fuera del claustro. Primero tenían la obligación de comulgar siete veces al año y luego doce. Su superior inmediato era el cillerero (o mayordomo) o su subordinado, el grangiarius, casi siempre un hermano también. Mientras trabajaban, guardaban silencio, pero no ayunaban en forma tan severa y dormían más horas que los monjes.

El trabajo de construcción y reparación de edificios fue una de las tareas más importantes, además de la rutina diaria de sus habituales ocupaciones. Iban al mercado a vender los excedentes de la producción, y a hacer las compras necesarias; se los empleaba como mensajeros y acompañaban a los abades en las visitas oficiales. En algunos casos, conversos cistercienses estaban a cargo de organizaciones de caridad, en las cortes reales, como limosneros, como ocurrió en Inglaterra hacia fines del siglo XII. El cargo más alto obtenido por los hermanos fue el de bullator papal en Aviñón, que parece haber sido un privilegio de los cistercienses durante el siglo xiV. La Curia los empleaba suponiendo, que al ser analfabetos, eran incapaces de comprender el contenido de los documentos papales que copiaban o transportaban, conservando, de este modo, el secreto.

Por lo menos durante un siglo, la Orden ocupó una posición dirigente en la expansión agraria y facilitó la multiplicación sin paralelo de establecimientos monásticos en toda Europa, gracias al trabajo bien organizado de un número sin precedentes de conversi. Esto explica por sí mismo el significado histórico de los hermanos. Mientras muchas de las cifras, publicadas con frecuencia, pero seguramente aumentadas, deben ser consideradas con escepticismo, sigue en pie el hecho de que, durante los siglos XII y XIII, muchas abadías explotaban sus extensas posesiones con la ayuda de varios centenares de conversos. En muchos de esos casos, sobrepasaban a los monjes de coro en una proporción de dos a uno, o aun de tres a uno. Les Dunes, en Flandes, organizó probablemente uno de los grupos más grandes de hermanos legos, ya que, alrededor del 1300, había allí 350 conversos sumados a los ciento ochenta monjes de coro, una mano de obra que, con toda facilidad, sobrepasaba el potencial económico de cualquier propiedad que operaba bajo el sistema feudal tradicional, sea laico o eclesiástico. Por la misma época, Adwert, en Holanda, tenía unos 200 conversi; a comienzos del siglo XIII, Claraval y Himmerod mantenían unos doscientos hermanos cada una; en 1280, Walkenried, en Brunswick, tenía ciento ochenta conversos, y por el año 1323, Salem en Suabia, 160. En 1187, la población de Waverle en Inglaterra, incluía a 120 hermanos legos, mientras otras abadías prósperas cultivaban sus tierras con la ayuda de unos cien conversos. De acuerdo con los cálculos de Knowles y Hadcock, un establecimiento cisterciense inglés podría esperar albergar por término medio a poco de su fundación a unos treinta y seis monjes y cincuenta hermanos; las mismas autoridades estiman que el número total de conversos cistercienses en Inglaterra y Gales, a principios del siglo XIII, alcanzaba a unos tres mil doscientos.

¿Cómo puede explicarse el éxito en la recluta y mantenimiento de tales ejércitos de hermanos legos? Para dar una respuesta aproximada, debemos considerar, en primer término, las condiciones socioeconómicas de Europa occidental. Cuando se fundó Cister, ya había comenzado la desintegración del sistema señorial tradicional. Esas unidades agrarias, estáticas y anticuadas, ya no podían seguir absorbiendo una población rural en sostenido aumento. El desequilibrio puso en movimiento a una considerable parte del campesinado dependiente, ansioso de una vida mejor y de empleos más prometedores. Esas condiciones hicieron que millares de ellos engrosaran los ejércitos cruzados, y otros se dirigieran a las ciudades prósperas y florecientes y movilizaran las masas que emigraron hacia el este donde la tierra era todavía abundante y los impuestos más bajos. El descontento producido por las condiciones del campo podría explicar, tal vez, la predisposición de los campesinos insatisfechos a ingresar como hermanos legos en los establecimientos cistercienses por entonces en rápida multiplicación.

Independientemente de tales motivaciones, muchos autores señalan que los monjes, como terratenientes, eran, por lo general, más considerados y menos exigentes con la gente de campo que los señores feudales, lo que justificaría obviamente la atracción ejercida por las fincas cistercienses. En algunos casos, como en Escocia, la diferencia era tan notable, que por sí sola explicaría la gran cantidad de vocaciones de conversos.

Varios testigos sostienen que, en la mayoría de los casos, el deseo de escapar a la pobreza e inseguridad entrando en una grande y próspera abadía, fue un incentivo poderoso. El autor anónimo del Libellus de diversis ordinibus (Opúsculo sobre las diferentes órdenes), comentaba, hacia 1150, que «vemos a muchos hombres huir de amos crueles y buscar refugio bajo el señorío de las iglesias». El abad Conrado de Eberbach, en su Exordium Magnum, cita el reproche que san Bernardo dirigió, a un converso moribundo por creer presuntuosamente en su inevitable salvación. «¿Qué dices? ¿Cómo has podido atreverte a tanto? ¿No eres acaso el hombre pobre y miserable, que no teniendo nada o casi nada en este mundo, te dirigiste a nosotros, más por necesidad, quizá, que por temor de Dios, obteniendo después de muchas súplicas la admisión? Te recibimos por amor de Dios como un indigente y te igualamos en comida y ropa con todos los otros miembros de esta comunidad, hombres sabios y nobles que han estado con nosotros, y llegaste a ser uno de ellos.» Por supuesto, no es necesaria la historicidad del incidente para el valor demostrativo de la cita.

El dominico Humberto de Romans († 1277) predicó una vez un sermón a los conversos cistercienses, y citó el ejemplo de un hermano que, postrado delante del abad, solicitaba la admisión. Cuando el abad le hizo la pregunta de ritual: «¿Qué pides?», se suponía que el hermano debía contestar: «la misericordia de Dios y de la Orden». Pero el buen hombre – real o ficticiamente – olvidó su respuesta y, en su simpleza, dijo: «pan blanco y frecuente».

Muchos de los que solicitaron ser admitidos en las abadías francesas, especialmente en Gascuña, no lo hicieron, según parece, por necesidades económicas, sino buscando seguridad. De acuerdo con el cartulario de Gimont, durante la segunda mitad del siglo XII, la pequeña propiedad hizo un gran número de donaciones, bajo la condición de que el donante o sus hijos debían ser admitidos como conversos. Así, en 1175, un tal Raimundo de Piamont donó al abad Humberto «todos los derechos que poseía en la parroquia de Causac y, en razón de este donativo, dicho abad debía recibirlo como hermano cuando él quisiera, lo mismo que a sus dos hijos, tan pronto como tuvieran edad para ellos». En 1161, en Berdoues un tal Vital y su hermana Marta donaron a la abadía la parte que les correspondía en una propiedad, después de lo cual, se les aseguró que sus hijos serían recibidos como legos.

La admisión como converso no estaba limitada en modo alguno a la gente de clase humilde o analfabeta. Según las crónicas de Himmerod, durante los siglos XII y XIII, cincuenta nobles o caballeros fueron recibidos como hermanos. En estos casos, el motivo principal para unirse a la Orden debió haber sido estrictamente religioso. El Exordium Magnum que acabamos de mencionar abunda en descripciones de conversos de gran piedad, verdaderos modelos de humildad, obediencia, sencillez de corazón y entrega al duro trabajo.

Por una fuente más fidedigna, los Memoria of Fountains, podemos reconstruir el carácter de un hermano lego realmente admirable. Se llamaba Sunnulphus, y vivió en Fountains hacia la segunda mitad del siglo XII, como «hombre sencillo y analfabeto, pero instruido por el Señor. En lugar de libros se apoyaba en su conciencia; tenía por maestro al Espíritu Santo; leyendo en el libro de la experiencia, crecía diariamente en el conocimiento de las cosas santas y hasta poseía el espíritu de revelaciones». Sunnulphus logró la conversión del noble caballero, Rafael Haget, quien con el tiempo se convertiría en abad de Fountains (1190-1203), y narró al cronista la historia de su desarrollo espiritual bajo la guía del santo hermano, «solícito en las exhortaciones, eficaz en el consuelo, dulce en la conversación, aunque siempre alerta, no sea que su boca pronunciara alguna palabra vana».

La condición floreciente de los conversos dependía, por supuesto, de la concurrencia de un cierto número de factores: calidad y cantidad de tales vocaciones, atracción por ese género de vida, trato dispensado a los hermanos dentro de la comunidad, y la fuerza de la motivación religiosa. Los cambios efectuados en la sociedad, la economía o la sensibilidad religiosa debían ejercer, necesariamente, un efecto adverso en la institución, lo mismo que el cambio de actitud hacia los hermanos registrado dentro de la Orden.

A fines del siglo XII, eran muy evidentes los cambios en todos los niveles.

El primer signo fue el decreto del Capítulo General promulgado en 1188, ordenando que «laicos nobles, que vinieran a nuestros monasterios deberían ser monjes y no conversi». Es muy significativo el párrafo que precede a este trascendental decreto, para comprender la mentalidad de los padres capitulares. Fue el famoso pasaje desterrando de las bibliotecas monásticas los Decreta de Graciano. ¿Podemos considerar la promulgación de estos decretos como un indicio de que iba desapareciendo la sencillez de la primitiva vida cisterciense, para dar lugar a un concepto legalista del monacato? Si esto es lo que aconteció, la influencia de la escolástica reforzó bien pronto el impacto del derecho canónico, ya que ambos tendían a enfocar la vida bajo principios, definiciones y categorías. Imperando tal mentalidad, difícilmente podrían encajar dentro de una misma comunidad monástica labriegos analfabetos con nobles eruditos.

Los monjes descuidaban cada vez más las cosechas y el estado de sus tierras, dedicándose en cambio, con mucha devoción a los libros, los estudios, la predicación y las misiones. Por otro lado, los conversos vivían casi exclusivamente en las granjas, rara vez se mezclaban con los monjes y comenzaron a preguntarse si todos (monjes y conversos) seguían formando una única familia monástica, sirviendo bajo el mismo abad en beneficio de un interés común. Al mismo tiempo, críticos y teorizantes sociales de principios del siglo XIII tenían dificultades para atribuirles una categoría adecuada, ya que no eran ni laicos, ni clérigos, ni monjes. Gualterio de Coincy († 1236), gran prior de Saint-Medard, no les encontraba ningún sitio; sentía que aceptar a la plebe de campesinos como conversos no los mejoraba en absoluto. Hacía simplemente que se consideraran superiores al resto de los aldeanos.

De esta forma, la separación física entre conversos y monjes, acentuada por consideraciones teóricas y legales, reintrodujo entre los dos grupos la relación amo-servidor, que las primeras generaciones habían tratado precisamente de evitar. En este contexto, la reglamentación de 1188 fue absolutamente lógica, aunque tal vez innecesaria: un noble no podía convertirse en converso sin deshonrar a sus iguales.

Los cambios acelerados en la sociedad agraria occidental fueron otra de las razones para la disminución de vocaciones de hermanos legos. Hacia fines del siglo XIII, la condición de siervos había desaparecido prácticamente de Europa occidental. Los campesinos se habían convertido en arrendatarios libres, cuyas fincas mejoraban ostensiblemente por el intenso cultivo y la venta de los productos agrarios en las ciudades, que crecían a un ritmo sostenido. La pobreza o la incertidumbre por el futuro ya no servían como incentivos mayores para elegir la vocación de hermano lego. La atracción puramente religiosa era una fuerza con la que sentían su empuje se unieran a las nuevas órdenes mendicantes, de mayor arraigo popular, donde la vida de los hermanos era más fácil y su categoría social más alta.

A comienzos del siglo XIII, algunas abadías comenzaron a sentir el impacto de la disminución de vocaciones de conversos. Dado que la economía cisterciense dependía por completo de ellos, se intentaron pronto soluciones de compromiso, ya sea disminuyendo los requisitos de admisión, o bien ofreciendo beneficios materiales, lo que significó en un cierto plazo la secularización de su status. Sin embargo, tales remedios originaron nuevos y aun más serios problemas, que condujeron a una relajación completa de la disciplina y a la eventual desaparición de la propia institución.

Tanto los padres visitadores como las reuniones anuales del Capítulo General se vieron acosados por incidentes de insubordinación, cuando ni siquiera las medidas drásticas parecían ejercer efecto benéfico alguno.

En algunos casos, como el que registra el Capítulo de 1262, los abades, para evitar las continuas dificultades disciplinares con los hermanos, confiaron las granjas a la entera responsabilidad de los conversi, con la única obligación de pagar una renta regular. De esta forma, la granja se tornó una unidad exclusivamente agrícola, los hermanos se transformaron en arrendatarios sin carácter religioso. Para prevenir una decadencia mayor en la ya baja calidad de las vocaciones, el Capítulo de 1220 ordenó un período de prueba de seis meses (postulantado) a los hermanos, previo al noviciado. Se intentó desarrollar la institución de familiares antigua forma de un estado intermedio entre trabajadores contratados y hermanos legos como un paliativo de la escasez de mano de obra. A veces se los llamaba donati u oblati, y eran en la mayoría de los casos laicos piadosos, a quienes la abadía mantenía a cambio de su trabajo. Vestían ropas seculares, no hacían votos, simplemente prometían obediencia al abad y eran tratados como hermanos. Los Capítulos Generales del siglo XIII trataron sin mayor éxito de transformarlos en conversos; pero su número llegó a ser considerable.

Mientras tanto, aumentaban continuamente los casos de revueltas entre los conversi. Tomaron la forma de intimidación a los monjes en las elecciones abaciales, ocupaciones violentas de las propiedades monásticas y aun complots contra las vidas de los abades u otros superiores. Simultáneamente con esos actos de desenfreno, apareció como un fenómeno común la apostasía generalizada de los hermanos. Presionado por la necesidad, el Capítulo se avino ya en 1237 a que, los monasterios que no tuvieran más de ocho hermanos, pudieran contratar a servidores laicos para la cocina. Este permiso se extendió muy pronto a todos los campos del trabajo monástico, y trajo como resultado un cambio completo en la administración económica. Hacia comienzos del siglo XIV, la otrora admirable eficiencia de los cistercienses para el cultivo directo cedió paso a un nuevo sistema, en el que la propiedad monástica estaba a cargo de arrendatarios que pagaban regularmente renta, lo que significó la desaparición del carácter netamente distintivo de la economía agraria cisterciense.

Pero el problema vocacional de los hermanos legos no adquirió la misma gravedad en todo el continente. En Europa central y oriental, el número de conversi, dentro de la población monástica total, nunca fue abrumador, y la relación entre monjes y hermanos se mantuvo bastante estable hasta el siglo XV. La explicación de la diferencia entre este y oeste debe buscarse en el desarrollo económico-social, mucho más lento de los países orientales, donde la condición de siervos persistió hasta después de la Edad Media, las ciudades eran más pequeñas y en menor cantidad, y el comercio experimentó una lenta evolución. Por la misma razón, la influencia de los hermanos en la vida económica de las abadías orientales nunca resultó tan decisiva como en occidente. En consecuencia, la disminución final del número de conversi no creó una crisis de tanta gravedad como la originada en Inglaterra, Francia, Renania y los Países Bajos.

Aun en Europa occidental, la disminución de hermanos no acusó una caída abrupta, y en cierto número de casos la crisis alcanzó proporciones sólo después de la gran peste de 1347-1350. Ante la falta de estadísticas precisas, se citarán únicamente algunos autores y casos individuales, que parecen ser significativos por sí mismos. Como abad de Savigny, Esteban Lexington se preocupó mucho de la condición económica de sus casas filiales. Cuando escribió muchas de las dificultades a la inadecuada administración de las granjas, motivada por la disminución de hermanos legos, encontró granjas explotadas solamente por uno o dos conversi. El Abad dio órdenes precisas a los cillereros de dichos monasterios, para que permitieran beber vino a esos hermanos solitarios, en un esfuerzo por aligerar su carga. Sin embargo, prohibía la readmisión de legos que hubieran sido despedidos a causa de su indisciplina, y se opuso enérgicamente a que se arrendaran las granjas a los conversos.

Hacia mediados del siglo XIII, la disciplina de los conversos en toda la filiación de Pontigny había empeorado de tal modo, que el formulario usado por el abad para redactar las cartas de visitación contenía un párrafo «contra los hermanos legos rebeldes». Sugería que el visitador escribiera «encontramos los conversi de esta casa más contumaces e insensatos que en otras partes, insolentes, y notorios por sus peleas y maldiciones constantes». El formulario advertía entonces que el visitador, como castigo, les debía quitar el hábito religioso y reducirlos al rango de familiares.

El abad de Pontigny no era el único en condenar indiscriminadamente a los hermanos. La literatura satírica del siglo XIII los hacía blanco de sus ataques, recordando que conversi rima con perversi. El Speculum stultorum de Nigel Wireker († hacia 1207), obra que no fue conocida hasta el siglo XIII, describía personas y anécdotas que no sabemos qué relación guardaban con la realidad.

En todo caso parece una crítica acerba a la institución cisterciense y a los conversos.

Rara vez se puede seguir el aumento y disminución de la población de cada abadía por medio de una serie de cifras fidedignas. Un estudio del personal monástico de Ebrach, en la diócesis de Würzburg, parecería indicar que la abadía mantuvo un número constante de conversos, cerca de la mitad de la población total, hasta 1350. Durante la administración del abad Federico (1306-1327), de los ciento setenta y cuatro nombres tomados de distintos documentos, setenta y dos eran legos. Bajo el abad Otto (1349-1385), el total disminuyó a sesenta y siete, e incluía a veintiún conversi. A partir de este momento, el número de hermanos comienza a decaer, y hacia fines del siglo XV, habían desaparecido prácticamente de la escena.

La población de Les Dunes sufrió un destino similar. Hasta mediados del siglo XIV, el número de conversos siguió siendo importante, pero después de 1354, los registros existentes no mencionan ningún converso. La mayoría de las grandes abadías alemanas retuvo a los hermanos durante todo el siglo XIII y únicamente en la segunda mitad del siglo XIV mostró una drástica disminución de sus miembros. Así, Kamp, al norte de Colonia, tenía en 1280 el mismo número de monjes y hermanos: setenta y dos. En 1300 había todavía setenta y cinco conversos, pero las crónicas de 1355 señalaron sólo veintidós monjes, sin hacer ninguna mención de los hermanos. Los legos de Salem disminuyeron entre 1323-1377 de ciento sesenta a ochenta. No disponemos de cifras comparativas para Himmerod, pero la población de conversi descendió de los doscientos que había en 1200, a sólo nueve en el año 1450. Eberbach, que en el siglo XII tenía casi sesenta monjes y doscientos hermanos, aumentó el número de monjes a ochenta hacia 1400, pero el de legos disminuyó a cincuenta. Heinrichau nunca tuvo muchos conversos, pero en 1300 la abadía alojaba todavía a unos cincuenta, en 1356, treinta. Hacia 1440 la cifra bajó a veinte y treinta años más tarde sólo cinco sobrevivían.

Mientras tanto en Poblet – si puede darse crédito a las cifras –, ocurrió un fenómeno opuesto. Durante los siglos XIV y XV, el número de monjes de coro siguió siendo el mismo (90), pero el de los hermanos creció, entre 1311 y 1493, de ochenta y cinco a ciento treinta y cinco, a pesar de las grandes pérdidas sufridas en la peste de 1348 (sesenta monjes y treinta hermanos).

La población cisterciense en Inglaterra ha sido en parte mejor investigada. Beaulieu tenía cincuenta y ocho monjes, siete novicios y sesenta y ocho conversos en las postrimerías de 1280. En 1336, Margam, en Gales, alojaba todavía a treinta y ocho monjes y cuarenta hermanos. Meaux contaba con sesenta monjes y noventa hermanos en 1249, pero la disminución de estos últimos se prolongó durante todo el siglo XIII en forma tal, que antes del azote de la peste, en 1349, quedaban sólo siete, y los registros de 1393 no señalan a ninguno. En forma similar, se registraron cifras bajas antes de la peste en Bordesley (treinta y cuatro monjes, diez hermanos), y Newenham (veintitrés monjes y tres hermanos) mientras Vale Royal tenía, en 1336, 21 monjes, pero probablemente ningún converso.

Sin duda alguna la Peste Negra asestó en 1348 el golpe de gracia a la comunidad de hermanos legos en Inglaterra. Según las cifras del impuesto por habitantes del período comprendido entre 1377-1381, el número de legos fue en todas partes inferior al de los monjes. En diecisiete abadías, los datos muestran que el total de los monjes ascendía a doscientos setenta y siete, pero el de los hermanos sólo a cincuenta y seis. En 1381, había únicamente tres conversi en la otrora próspera Rieval, dos en Jervaulx, uno en Bordesley y Roche, ninguno en Vaudey, Revesby, Saint Mary of the Grace y Hohnscultram. Otras casas registraron números algo mayores: Fountains tenía diez, Furnes ocho y Kirkstall seis.

En la misma época en que las comunidades más pequeñas tuvieron que aprender a vivir sin legos, algunas casas grandes pudieron atraer a un número considerable, aun después de la Reforma. Cister tenía treinta conversos, sumados a los sesenta monjes de coro, en 1589. Una visita regular a Claraval, en 1624, halló a treinta y dos hermanos. El abad Saulieu de Claraval, al visitar España a comienzos de la década de 1530, registró en Poblet sesenta monjes y treinta conversi; en Santes Creus, treinta y seis monjes y doce hermanos; en Piedra, treinta y tres monjes y veintisiete hermanos, y en Santa Fe veinticinco monjes y dieciséis conversi. Cuando el abad general Nicolás Boucherat visitó Alemania en 1573, Salem era la única abadía que contaba con un número importante de legos, pero sólo eran doce los que asistían a los cincuenta y seis sacerdotes. Hacia 1643, Les Dunes fue repoblada por cuarenta y cuatro sacerdotes y dieciséis hermanos. Por el año 1759, Villers tenía todavía cincuenta y cuatro monjes y diecinueve conversos. Durante todo el siglo XVIII, pocas abadías austríacas tenían hermanos legos en número significativo. En 1750, Heiligenkreuz, con sus trece hermanos ostentaba el mayor número de conversos, que ayudaban a cincuenta y seis sacerdotes.

Una asamblea de abades reunida en 1612 en Loos, Flandes, trató de dar nueva vida a los grupos semi-religiosos de oblati o donati, como medida tendente a contrarrestar la falta de conversos, a la vez que decidía interrumpir la admisión de estos últimos. El trasfondo de este cambio fue probablemente un replanteamiento del viejo debate, sobre si los hermanos eran en realidad verdaderos religiosos, ligados a la Orden por la profesión, o sencillamente laicos unidos a las comunidades por simples promesas. sin ninguna consecuencia canónica.

Con toda seguridad, la Estricta Observancia tuvo más éxito en la atracción de conversos. En 1757, Orval tenía cuarenta y nueve sacerdotes y veintiocho hermanos; Sept-Fons, en 1789, ochenta y nueve hermanos, mientras estos casos constituían excepciones, y de acuerdo con todos los indicios, a comienzos del siglo XV, los conversos cistercienses, ya no eran el factor decisivo en la economía monástica, aunque la presencia prolongada de los conversi había tenido sin duda alguna un efecto benéfico en la vida de esas comunidades más afortunadas.

La renovación trapense del siglo XIX manifestó un sorprendente resurgimiento de los conversos. Pero no se los puede considerar como una reaparición de los conversi del siglo XII. Constituyeron más bien una aproximación al monacato laico, mucho más cercanos a las estructuras de las abadías de san Benito del siglo vi, que a Cister. Se trató de borrar la diferencia entre sacerdotes y hermanos, con la mayor participación de los primeros en los trabajos manuales por un lado, y por el otro, con una participación más activa de los segundos en las responsabilidades comunitarias.

Mientras que en Cister la admisión de los conversos surgió en un segundo tiempo, como consecuencia de necesidades económicas, el aflujo de laicos a las casas trapenses del siglo XIX reconoce distinto origen. Su motivación principal fue la convicción de que la realización total de los ideales monásticos no dependía de las órdenes Sagradas, y, por consiguiente, podían alcanzarlo por igual los laicos. La tendencia hacia la eliminación progresiva de las diferencias entre los dos grupos dentro de una misma comunidad continuó durante todo el siglo XX, y recibió su espaldarazo cuando el Concilio Vaticano II estableció, en el decreto sobre la renovación de la vida religiosa, que «los monasterios de varones e institutos no meramente laicales pueden admitir, según su índole propia, clérigos y legos de acuerdo con las constituciones, en igualdad de condiciones, derechos y deberes, excepto los que provienen del orden sagrado».

Las sesiones de renovación de los Capítulos Generales de ambas Observancias cistercienses trataron extensamente sobre la aplicación de este decreto. Los trapenses terminaron por abolir el término «hermano lego». Todos los miembros pueden ser «monjes», gozando de los mismos derechos, realizando iguales tareas y compartiendo ocupaciones similares dentro de sus comunidades, excepto los deberes resultantes de las órdenes Sagradas, y las obligaciones al coro o breviario.

La Común Observancia decidió que el destino de los conversos debía ser determinado por cada comunidad, otorgando la debida consideración a las necesidades y tradiciones locales y a los deseos de sus integrantes. Por lo tanto, su abolición queda como una opción local hasta que se llegue a una decisión más concluyente con el consenso general.

 

Bibliografía

(…)

L.J. Lekai, Los Cistercienses Ideales y realidad, Abadia de Poblet Tarragona , 1987.

© Abadia de Poblet

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