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Los Cistercienses

Testos

Liturgia

El mayor contraste entre la reforma cisterciense y las costumbres cluniacenses, se dio en la Liturgia; y en esta área fundamental de la vida monástica la aguda crítica de Cister a Cluny estuvo ampliamente justificada.

La preponderancia de la Liturgia en el programa diario fue el resultado de la actividad reformadora de Benito de Aniano († 821) que abandonó el trabajo manual y exaltó el Opus Dei como la única ocupación digna de monjes. Bajo su influencia, la proporción de los servicios sagrados dentro del horarium benedictino continuó en aumento hasta que, a mediados del siglo XI, ocupó casi todo el tiempo en las comunidades bajo la regla de Cluny.

Como preparación para el oficio canónico, los monjes decían la trina oratio, que consistía en tres grupos de salmos: por los vivos, por los muertos, y por las intenciones especiales. Los altares de la iglesia eran visitados en procesión, mientras se cantaban letanías y selecciones de otros salmos, tales como los quince «salmos graduales», los siete «salmos penitenciales», y los primeros y últimos treinta salmos del salterio. A más del oficio canónico, otros oficios ocupaban el tiempo entre las horas. El más popular de todos fue el Oficio de Difuntos: otros incluían oficios en honor de la Santa Cruz, de la Santísima Trinidad, del Espíritu Santo, la Encarnación, los Santos Ángeles y, más tarde, el Oficio a la Santísima Virgen. A la misa conventual habitual se agregaba otra misa oficial, la missa matutinalis. Largas procesiones, con estaciones y letanías precediendo a la misa mayor solemne, se convirtieron en práctica casi diaria.

Con todos esos agregados, el recitado de Prima ocupaba casi tanto tiempo como el que prescribía la Regla para todo el oficio canónico. El oficio nocturno previo a una gran fiesta debía comenzar la noche anterior, dado que, de lo contrario, era imposible completarlo antes de la aurora. De acuerdo con la Regla de san Benito, los monjes debían rezar los ciento cincuenta salmos del salterio durante la semana; en la liturgia de Cluny, la comunidad decía diariamente cerca de doscientos diez salmos. Algunos monasterios fueron tan lejos como para obligarse a la laus perennis, dividiéndose los monjes y niños cantores en tres grupos, para que la función litúrgica se realizara sin interrupción.

Naturalmente, tales exageraciones dieron por resultado un cansancio general (taedium prolixitatis) causado por los servicios excesivamente prolongados. Aun dentro de la Congregación cluniacense comenzó a extenderse un creciente malestar, mientras los observadores expresaban abiertamente su escepticismo acerca del valor de esas prácticas devocionales. Un cisterciense, autor del Exordium Magnum; explicó con palabras inusitadamente duras la necesidad de volver a la pureza de la Regla en materia de Liturgia:

«Los monjes de Cister decidieron, desde el comienzo, observar en todo las tradiciones de la Regla relativas al modo y orden de los servicios divinos, suprimiendo por completo y rechazando cualquier agregado a los salmos, oraciones y letanías, que fueron añadidos arbitrariamente al Oficio por padres menos considerados. Después de seria consideración, conscientes de la fragilidad y debilidad humana, hallaron que esas adiciones eran más dañinas que saludables para los monjes, dado que su multiplicidad daba por resultado que no sólo el holgazán, sino también el diligente, las recitaran en forma tibia y negligente».

Aunque los padres fundadores de Cister habían tomado sus libros litúrgicos de Molesme, deseaban vivamente volver al esquema original de la Regla para la celebración del Oficio Divino; tanto más porque su único medio de supervivencia, el trabajo manual en los campos, era incompatible con el horarium cluniacense. A excepción del breve Oficio de Difuntos, omitieron simplemente todos los elementos del oficio canónico añadidos durante los dos siglos anteriores, y siguieron al pie de la letra las directrices de la Regla, que distribuía los ciento cincuenta salmos equitativamente entre los días de la semana para el recitado de las horas canónicas que respetaron. Hay referencias de que ni siquiera el Oficio de Difuntos perteneció a la liturgia de Cister, y podría haberse agregado hacia 1130.

Esta reforma radical provocó la indignada protesta del mundo monástico de la época, fielmente expresada en la carta que Abelardo escribiera a san Bernardo entre 1132-1136. Enumera una serie de innovaciones «escandalosas», entre ellas la omisión de himnos generalmente aceptados, que habían sido reemplazados por otros desconocidos e inusitados, cantados sin variación durante todo el año, sin considerar las exigencias especiales de las fiestas y los tiempos litúrgicos. Sabemos de otras fuentes, que esos himnos inauditos fueron adoptados por Cister de la antigua liturgia ambrosiana de Milán, porque la Regla se refería a los «himnos ambrosianos». Abelardo les acusaba también de omitir distintas oraciones y conmemoraciones de santos, incluyendo a la Santísima Virgen; la drástica reducción de procesiones (conservaron únicamente las de la Candelaria, y del Domingo de Ramos) y la omisión del Credo de los Apóstoles antes de las horas canónicas. El Credo de san Atanasio se decía exclusivamente los domingos. Sin embargo, a los ojos de los críticos contemporáneos, el rasgo más desagradable de su reforma litúrgica lo constituía la celebración de Cuaresma, durante la cual los cistercienses, ignorando olímpicamente las prácticas corrientes, continuaban recitando el oficio sin ninguna modificación hasta Pascua. No dejaban de cantar el Aleluya después de Septuagésima, terminaban los salmos, aun durante la Semana Santa, con el Gloria, y cantaban los mismos himnos como de costumbre.

Una copia del Breviario cisterciense más antiguo, de la época de san Esteban Harding, hallado en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial, no sólo comprueba las características propias, sino que contiene también el primer calendario auténticamente cisterciense, prueba importante de las manifiestas tendencias de Cister hacia las tradiciones antiguas. Aunque había numerosas conmemoraciones de santos, el número de fiestas con oficio propio era asombrosamente bajo, totalizando sólo cincuenta y siete. Tal como lo indica la Regla, no hay diferencia de jerarquía entre ellas; todas se celebraban al estilo de los domingos, con doce lecciones. El oficio de los Apóstoles constituía el mayor grupo de fiestas; había sólo cuatro de la Santísima Virgen (Purificación, Anunciación, Asunción y Natividad) y la lista de los otros veintiséis santos presentan un carácter romano bien definido, con leve influencia gálica.

El hecho de que los primeros cistercienses redujeron en gran parte la duración del Oficio Divino y que aun los servicios restantes se realizaran de acuerdo a un modelo general de austera simplicidad, no quiere decir que los padres fundadores de Cister pasaran por alto o menospreciaran la importancia de la Liturgia en la vida monástica. Por el contrario, san Esteban Harding y sus hermanos tuvieron siempre sumo cuidado en tratar de restaurar la Liturgia en su pureza original, a pesar de la previsible crítica conservadora, y sus esfuerzos dan una amplia evidencia del profundo aprecio que les inspiraba por su valor intrínseco. Su celo por la perfección de la Liturgia fue más lejos todavía. En su búsqueda de textos litúrgicos impecables, Esteban Harding, todavía prior de Cister, emprendió la corrección crítica de toda la Biblia. Su empresa ya tenía precedentes, pero el método sorprendentemente adelantado que aplicó en su intento de restaurar el texto original de la Vulgata, no fue igualado en su siglo. No sólo utilizó cierto número de manuscritos latinos, sino que consultó a renombrados eruditos judíos, para comprender pasajes hebreos difíciles del Antiguo Testamento. Después de haber sido abad en 1109, publicó su Biblia en cuatro volúmenes maravillosamente ilustrados, «compuesta con mucho trabajo», que serviría de modelo oficial para copias posteriores, y se prohibía terminantemente cualquier alteración de su texto.

La atención del sabio abad recayó también en las cualidades musicales de los libros litúrgicos adoptados. Como se aceptaba generalmente que la Liturgia de Metz conservaba todavía las melodías originales de la época de san Gregorio Magno, allí mandó a sus monjes, que retornaron con un Antifonario copiado con todo esmero. Este, conjuntamente con todos los libros litúrgicos revisados en Cister fueron declarados ejemplares oficiales por la Carta de Caridad, y los monasterios recién fundados estaban obligados a copiarlos y conservarlos intactos, de tal forma que se pudiera mantener una uniformidad perfecta en todo lo relativo a Liturgia y costumbres.

La celebración de la Liturgia se detallaba en la parte más substancial del «Libro de Usos», los Ecclesiastica officias. Este libro pequeño, de ciento veintiún párrafos, no sólo contenía las instrucciones de cómo debían realizarse las obligaciones litúrgicas y otras ceremonias, sino que daba también directrices que cubrían todos los aspectos de la actividad diaria de los monjes y describía los deberes de los distintos oficiales de los monasterios.

Esas reglamentaciones no eran muy originales. El plan general se había tomado de Cluny, mientras que algunos detalles específicos se habían asimilado de Molesme y de la abadía de San Benigno de Dijon, vecinos más cercanos de Cister. La naturaleza concisa de las instrucciones y su adhesión estricta a la tradición que se consideraba auténticamente benedictina estaba, sin embargo, en armonía con los principios de los fundadores de Cister.

La copia más antigua que existe de los Ecclesiastica officia se escribió entre 1130 y 1134, aunque su contenido resultó probablemente de las sesiones del Capítulo General realizadas en la década precedente. La relativa celeridad y minuciosidad con que los padres completaron el trabajo indicaban su firme deseo de mantener uniformidad de la Orden en rápido crecimiento. A semejanza de tantas otras piezas de legislación cisterciense, los Ecclesiastica officia sufrieron una serie de modificaciones y se los puso al día en cada uno de los siglos siguientes.

La reforma litúrgica de san Esteban no iba a perdurar en toda su integridad por mucho tiempo. Tan pronto como desapareció de escena el gran abad, una segunda generación cisterciense, bajo el liderazgo de san Bernardo, revisó rápidamente todo el legado de los padres fundadores, aplicando inexorablemente el principio de simplicidad y perfecto desapego del mundo, en aquellas áreas de la vida monástica que habían escapado de la atención de sus predecesores. Insatisfechos con el Antifonario de Metz, el Capítulo designó un comité bajo la presidencia del propio san Bernardo para expurgar el canto litúrgico usado en la Orden de pretendidos defectos o superficialidades. Los principios de Bernardo en esta materia eran casi los mismos que había expresado mucho antes en su Apología con respecto a las artes plásticas. En la carta que el Santo dirigiera al abad Guido de la casa benedictina de Montiéramey señala, «que si se emplea el canto, éste debe ser bastante solemne, nada sensual o rústico. Su dulzura no debe ser frívola. Debe agradar al oído sólo en la medida necesaria para mover el corazón, alejando las penas y aplacando la cólera. No debe restar mérito al sentido de las palabras, sino por el contrario hacerlas más fructíferas. Cuando se presta más atención a los esfuerzos de las voces que al sentido de las palabras, se disminuye mucho el beneficio espiritual».

Dado que el Abad de Claraval estaba ocupado en otros asuntos más importantes, la tarea de revisión fue llevada a cabo por los miembros «expertos» del comité, entre ellos Guido, abad de Cherlieu. Después de estudiar «muchos códices diversos» presentaron el nuevo Antifonario para su aprobación poco antes de 1147. Las correcciones no se hicieron en base de la evidencia manuscrita, sino de principios teóricos, tan queridos por la nueva generación de estudiosos, que preferían considerar la música como rama de la ciencia.

Estos principios daban énfasis a la unidad modal de las melodías, y excluían en particular cualquier mezcla de los modos «auténtico» y «plagal»; insistían en la ley de duración, esto es, que ninguna melodía debía exceder del ambitus (intervalo) de una décima compuesta; estaba excluido el bemol; se eliminaron las repeticiones en el texto y en la melodía; se simplificaron o acortaron frases exuberantes, especialmente en los aleluyas. De acuerdo con los musicólogos modernos, la revisión se hizo con gran detrimento del valor artístico, mas san Bernardo en su Prólogo al Antifonario aseguraba a la posteridad que ése era «irreprochable, tanto en la música como en el texto».

Para gran contrariedad de estos fervorosos jóvenes teóricos, su concienzuda actividad reformadora quedó considerablemente restringida por la vigorosa protesta de la antigua generación, todavía influyente. En consecuencia, el nuevo Antifonario revisado no fue sino un compromiso, que conservaban algunos de los rasgos característicos del primitivo canto gregoriano cisterciense. La mayor parte del programa de reformas mencionado más arriba reflejaba la tendencia común de los musicólogos de la época, pero el último pormenor, una predilección visible por la brevedad y simplicidad de las melodías, era seguramente una especialidad cisterciense defendida por el mismo san Bernardo.

El canto gregoriano cisterciense permaneció sin cambios hasta mitad del siglo XVII, pero los gustos individuales no pudieron ser eliminados. Tampoco fue posible excluir el impacto de los estilos musicales que iban cambiando. Ya en vida de san Bernardo, el Capítulo General tuvo que insistir en el tono viril del recitado (non more femineo tinnulis) y desterrar los efectos «teatrales» del falsete (falsis vocibus velut histrionicam imitari lasciviam). El Capítulo de 1217 protestó contra un intento de introducir el canto polifónico (triparti vel cuadriparti voce more saecularium canitur), que se había insinuado en Dore y Tintern. En 1302, el mismo organismo dictaminó contra las «novedades y curiosidades conspicuas» en el coro. En 1320, el Capítulo se mostró muy modesto por tales «novedades absurdas» como el sincopado de notas y el hipado (una técnica primitiva de contrapunto). Poco después, la introducción de instrumentos musicales enfadó a los padres marcadamente conservadores. Las protestas y las reiteradas prohibiciones resultaron ser vanas. El movimiento continuó difundiéndose y, finalmente, en 1486, el Capítulo accedió al uso del órgano. Durante el siglo XVII, el uso de instrumentos musicales era bastante difundido, por lo menos en las grandes solemnidades celebradas en abadías importantes.

La música de la Iglesia reinterpretó en el Renacimiento el canto litúrgico tradicional, de acuerdo con el gusto de la polifonía triunfante, con muy poca comprensión de la naturaleza real del canto llano gregoriano. El fruto del movimiento fue una edición de libros litúrgicos, llamada «Medicea», publicada en Roma en 1614-1615. Sus melodías mutiladas representaban una ruptura radical en la continuidad de las tradiciones gregorianas. Una reforma litúrgica cisterciense respaldada por el Abad General Claudio Vaussin (1645-1670) dio por resultado la publicación de un Misal y Breviario nuevos, pero ambos ostentaban las mismas mutilaciones de las melodías de la «Medicea».

Pasaron dos siglos hasta que el gregoriano, restaurado en su belleza original por los monjes benedictinos de Solesmes, voliera a ocupar el lugar que merecía en la vida litúrgica de la Iglesia. Como consecuencia, surgió un movimiento hacia la renovación general del culto que inspiró a la Orden la empresa de restaurar el gregoriano cisterciense con las modalidades que tenía en el siglo XII. Este trabajo, basado en los de Solesmes, fue llevado a cabo por los miembros de la Estricta Observancia y su resultado, el Gradual nuevo y revisado, se publicó en 1889, y en 1903 le siguió el Antifonario. La Común Observancia adoptó también las nuevas ediciones y, a partir de ese momento hasta la década del 60, ambas observancias usaron libros litúrgicos idénticos.

Dado que la Regla no contiene indicaciones para la celebración de la Misa, los benedictinos observaban en casi todas partes el rito de la diócesis en la cual estaban establecidos. Los cistercienses también siguieron la costumbre general, y el rito de la Misa cisterciense primitiva correspondía al de la provincia de Lión, modificada según el uso de Molesme, el cual, a su vez, estaba basado en el ritual de Cluny. La liturgia de Lion era una variante del llamado rito galo-romano, derivado de las reformas de Carlomagno, que había adaptado la antigua liturgia gala al rito romano, aunque todavía conservaba cierta cantidad de elementos distintivos galos. El procedimiento liberal de formar una nueva Liturgia no fue un privilegio cisterciense, ya que los cartujos y premonstratenses siguieron principios similares, y luego lo hicieron los dominicos y carmelitas. En realidad, nunca se hizo observar ninguna uniformidad estricta en el rito antes del Concilio de Trento, y, en Francia, casi todas las diócesis praticaban alguna variante del rito galo romano, generalmente aceptado.

La contribución de Cister al desarrollo litúrgico del siglo XII fue en gran parte negativa, en la medida en que los cistercienses aplicaron con firmeza los principios de pobreza y simplicidad, en rotunda oposición a la exuberancia cluniacense. Estaba prohibida cualquier decoración del santuario o del altar, a excepción del crucifijo de madera; se eliminó el uso de metales preciosos en los vasos sagrados; los ornamentos estaban hechos únicamente de lino o lana, sin ninguna variación en color o calidad. El número de misas diarias se redujo a uno, que era cantada después de Tercia. En las grandes festividades, clasificadas posteriormente como «Fiestas de dos Misas» se agregó una misa rezada, después de Prima. En días entre semana, la Misa mayor conventual se celebraba con un sólo acólito, posiblemente un diácono. La Misa diaria por los muertos de la Orden y los parientes y bienhechores fallecidos pertenece a las costumbres cistercienses más antiguas; no se recomendaba ni se prohibía la celebración diaria de misas privadas. Durante el Medioevo, la costumbre de misas privadas frecuentes distó mucho de ser universal. No obstante, en las casas cistercienses siempre se reservó a tal propósito el tiempo necesario entre las horas canónicas.

Un poderoso incentivo para las misas privadas fue el número cada vez mayor de fundaciones de misas pedidas por piadosos donantes en beneficio de amigos y benefactores difuntos. En el transcurso del siglo XIII, tales fundaciones llegaron a constituir una pesada carga sobre las comunidades, cuando el número de miembros estaba en decadencia. Ya por 1192 se vio obligado el Capítulo General a prohibir que se aceptaran fundaciones de misas sin el consentimiento del Capítulo, pero las ventajas materiales inmediatas de esas misas eran tales, que la práctica continuó. Por último, los abades, priores y otros miembros prominentes de la Orden, establecieron aniversarios por iniciativa propia, hasta que el Capítulo General de 1609 las anuló, por considerarlas contrarias a la pobreza monástica. En casos de imposibilidad de cumplir las obligaciones de las misas, el Capítulo General, o bien describía las misas de aniversario entre otras comunidades, o consentía en que se realizaran aniversarios colectivos.

La misa medieval cisterciense ostentaba un cierto número de peculiaridades notables, en comparación con la liturgia romana que prevaleció posteriormente. En nuestros días de pluralismo litúrgico y experimentación, esas diferencias no nos resultarían tan llamativas como lo fueron para una generación anterior. De hecho, algunos de los rasgos de la antigua misa cisterciense presagiaban muchas de las innovaciones más recientes. El altar cisterciense no tenía ningún adorno, excepto dos candelabros, uno a cada lado. No se recitaba el salmo 42 (Judica me) al pie del altar, y tenían un texto abreviado del Confiteor, similar al que se usa en la actualidad. Hasta el Ofertorio, el papel principal del celebrante consistía en cantar la oración. Todo lo demás lo realizaban los acólitos o el coro. No había palia o velo cubriendo el cáliz, que estaba protegido por una esquina del corporal plegada sobre el mismo. La elevación después de la Consagración no se prescribió hasta 1210. Había menos genuflexiones que en el rito romano. Una serie de oraciones llamadas «Sufragios por la paz» seguían al Pater noster. También se cantaba el Libera como se hace actualmente en las misas solemnes. Hasta 1261, todos los comulgantes recibían ambas especies, de pan y de vino, este último por medio de una cánula de oro. Después de esa fecha, esa forma de comunión quedó como privilegio de aquellos que servían en el altar y aún esto se interrumpió en 1437. La misa terminaba con el Ite missa est, sin añadir el «Último Evangelio» (Jn 1, 1-18), que se popularizó más tarde por mediación de los dominicos.

Otra característica de la Orden fue la sencillez del culto, que con el correr de los siglos posteriores dio lugar a un rito más elaborado y, por último, casi perdió por completo sus rasgos originales, factores históricos importantes, tales como la creciente reputación e influencia de la Orden, la acumulación de favores y privilegios papales, el carácter pontifical del abadiato, el cambio en las actividades monásticas, el trabajo pastoral de los monjes, la interrupción de las tareas litúrgicas, y sobre todo la creciente influencia de la Liturgia romana, motivaron dicha evolución. El Capítulo General era tan conservador en los cambios de Ritual, como en cualquier otra modificación de las costumbres monásticas en franco cambio. Su resistencia contuvo algo el precipitado movimiento, pero no pudo evitar que siguiera desarrollándose.

El fenómeno más evidente de esta tendencia fue el gradual incremento del número de fiestas y su aumento de rango en el Calendario cisterciense. Hacia el siglo XVII, se habían duplicado las «Fiestas de Sermón», el número de «Fiestas de dos Misas» aumentó de veinte a treinta y dos en el período comprendido entre 1173-1258, y llegaron a cuarenta y una hacia 1300. Esta última fecha coincide con el clímax de la escolástica y, por esa época, el horario diario original de Cister ya había sufrido un cierto número de cambios, y los estudios habían reemplazado al trabajo manual. Sin estos precedentes, el aumento de los servicios litúrgicos nunca habría sido posible, porque el intenso trabajo en el campo que los monjes realizaron anteriormente hacían imposible los estudios regulares y los oficios prolongados. De esta forma, el alejamiento gradual de la Orden de su sencillez primitiva puede considerarse como resultado indirecto de la Escolástica. Entre tanto, el Capítulo General trataba de dar nuevo énfasis a la tradición litúrgica con la introducción tardía de fiestas de santos cistercienses. La festividad de san Bernardo se celebró por primera vez en 1174, año de su canonización, y la de san Roberto en 1222, la de san Esteban Harding no se introdujo hasta 1638, mientras que la de san Alberico fue establecida más tarde todavía, en 1738.

Algunos de los añadidos al oficio diario, que en un primer momento fueron tan criticados, entraron también, poco a poco, en el horarium. El oficio de la Santísima Virgen se prescribió en 1157 para los que estaban de viaje o trabajaban, en las granjas, en 1185 se hizo obligatorio en la enfermería, y en 1373 en el coro, precediendo a las horas canónicas, aunque es probable que se dijera en algunos lugares desde mucho antes. La procesión antes de la misa conventual fue otro ejemplo de la tendencia general a las ampliaciones de la Liturgia. En vida de san Bernardo, tal procesión fue introducida para la fiesta de la Ascensión, y en 1223 para la fiesta de la Asunción. Ya por 1441, había procesiones en todas las Fiestas «de Sermón», al mismo tiempo que comenzaban en Francia las procesiones los domingos, costumbre que fue imitada bien pronto en todas partes. Durante el siglo XVII, las procesiones se fueron multiplicando aún más.

La observancia forzosa de las reglas de simplicidad en ornamentos, vasos y otros accesorios se hizo más laxa. En 1226, se permitieron vestiduras de seda, si eran recibidas como donaciones, y en 1256 el permiso se extendió aún más. Algunos años más tarde, se autorizó el uso de capa pluvial para abades, y dalmática y túnica para diácono y subdiácono, aunque anteriormente habían sido ornamentos litúrgicos prohibidos. Los pontificalia – esto es, la mitra, el anillo y las sandalias – fueron otorgados primero a los abades de Poblet en 1337, Salem los recibió en 1373, Claraval y Les Dunes en 1376 y Cister en 1380. Durante el siglo XV, el espíritu del Renacimiento se infiltró en todos los monasterios, y cayó en el olvido la clásica sencillez del Cister del siglo XII.

El mantenimiento de una uniformidad litúrgica en toda la Orden se convirtió en una de las tareas más difíciles del Capítulo General, conjuntamente con el peligro de perder las tradiciones. El problema se hizo bien evidente durante los siglos XIV y XV, pero el simple hecho de que las mismas reglamentaciones fueran repetidas varias veces, prueba su ineficacia.

Las dificultades técnicas para conservar la uniformidad se solucionaron en gran parte por el uso extendido del procedimiento de la imprenta, recién inventado. El Capítulo General tomó conocimientos bien pronto de la importancia de la revolucionaria técnica, y por orden del mismo, se publicó hacia 1484 el primer breviario cisterciense, impreso en Basilea bajo el control de Nicolás Salicetus, abad de Baumgarten (Alemania). Continuó en 1487, con la primera impresión del Misal cisterciense en Estrasburgo, con la cooperación del mismo abad Nicolás. En rápida sucesión, aparecieron ediciones posteriores, comprendiendo los más importantes libros impresos en distintos lugares (París, Lión, Venecia, etc.), hasta que causó gran confusión el problema de la autenticidad y la autorización requerida. En 1504, el Capítulo General prohibió la edición y publicación de cualquier libro litúrgico que no contara con la aprobación especial del Capítulo.

El programa de renovación universal de la Iglesia inaugurado por el Concilio de Trento (1545-1563) incluía una reforma litúrgica en gran escala, completada bajo Pío V (1566-1572). Se publicaron un nuevo Breviario romano (1568) y el Misal, con el expreso propósito de promover la uniformidad litúrgica completa en todo el mundo católico. El uso de los mismos fue impuesto a todas las órdenes religiosas que tuvieran una Liturgia propia desde hacía menos de doscientos años. Los diferentes ritos de los organismos religiosos más antiguos fueron aprobados, pero el Papa les invitó a abandonar su antigua Liturgia en favor de la romana. Aunque de esta forma parecía quedar asegurada la integridad de la antigua Liturgia cisterciense, la presión moral y la atracción natural de la Liturgia romana, purificada y revisada en forma magistral, hizo muy problemática la conservación completa del rito particular de la Orden. De hecho, con algunas excepciones, todas las otras órdenes exentas adoptaron rápidamente la reforma, y aun aquellas que, aferrándose a sus derechos legales, rehusaron abandonar sus ritos tradicionales, adaptaron sus textos litúrgicos propios de acuerdo con los principios de la reforma romana.

A comienzos de 1573, varias abadías, tales como Wettingen y Marienstatt, adoptaron el nuevo rito romano, y la difusión del movimiento fue frenado sólo temporalmente por la enérgica protesta de Nicolás Boucherat I. El Capítulo General de 1601 reiteró la necesidad de mantener las tradiciones litúrgicas cistercienses, pero el Capítulo de 1605 legalizó cierto número de elementos romanos. El Abad General Nicolás Boucherat II (1604-1625) fue favorable en sumo grado a la nueva Liturgia. Con su bendición, la Congregación de Lombardía y Toscana adoptó el Breviario romano, y las abadías cistercienses de Prusia y Polonia comenzaron a usar el Misal romano.

Una autoridad como san Francisco de Sales expresó en todas sus características la actitud general hacia el problema, cuando presidiendo en 1622 el Capítulo General de los fulienses abogó abiertamente por abrazar el Breviario romano reformado, alegando que las partes «ofensivas, infantiles y oscuras» de los viejos libros cistercienses eran incompatibles con la dignidad de la Iglesia.

El movimiento parecía irreversible. El Capítulo General de 1609 hizo notar que sólo unas «pocas» casas se adherían todavía a la Liturgia antigua. En 1611, la misma asamblea permitió misas privadas de acuerdo con las rúbricas romanas. Y en ese mismo año, los fulienses abandonaron el Breviario cisterciense en favor del Breviario «monástico» aprobado por el papa Paulo V para los benedictinos. Por último, el Capítulo General de 1618 ordenó que «de allí en adelante tanto las misas privadas, como las conventuales, debían ser rezadas por toda la comunidad, abades y monjes por igual, de acuerdo con el Rito y Ceremonial romano sin excepción». Ese mismo Capítulo proyectó también la reforma del Breviario cisterciense.

La resolución relativa a la Misa encontró una ligera oposición por razones prácticas bien fundamentadas. El cambio quedó restringido, en gran parte al Ordinario del Misal, y el Calendario cisterciense conservó muchas de las características de la antigua liturgia. Por esta razón, secuencias bien conocidas del Misal romano (Victimae paschali, Veni sancte, Lauda Sion, Dies irae) estaban todavía ausentes del Misal cisterciense, en las vigilias y en las cuatro témporas había menos profecías en la misa cisterciense que en la romana, y la Liturgia de la Semana Santa también retenía alguna de las características del Cister primitivo. Las Congregaciones de Castilla y Portugal, separadas de Cister mucho antes de la reforma litúrgica, mantuvieron el rito primitivo de la misa cisterciense hasta su disolución, en la década de 1830; y los cenobios de monjas cistercienses españoles que sobrevivieron conservaron algunos elementos peculiares de la liturgia antigua hasta el Concilio Vaticano 11.

La revisión del Breviario no pudo ser completada hasta el generalato de Claudio Vaussin, a causa de los disturbios internos motivados por la aparición de la Estricta Observancia. A diferencia del Misal, no había razones sólidas para abandonar el Oficio Divino de los antepasados; por el contrario, la reforma del Abad Vaussin fue un sincero esfuerzo por mantener la disposición original de la regla de san Benito. El número de fiestas había aumentado enormemente, y como los salmos de vigilias se tomaban invariablemente del Común de los Santos, se hacía imposible el recitado del salterio completo durante el lapso de una semana – exigencia básica de la Regla-. La reforma creó un tipo nuevo de fiestas, la «Fiesta de tres lecciones». En tales ocasiones, sólo las lecturas de vigilias eran propias; los salmos se decían de acuerdo al orden semanal ininterrumpido, disposición que ya había adoptado el Breviario reformado de san Pío V. Un cierto número de fiestas que anteriormente eran de mayor jerarquía, pasaron a ser de «tres lecciones», a la vez que se establecía un grupo de fiestas nuevas con el mismo rango, sin modificar el orden de los salmos feriales. Simplemente, se suprimió un número considerable de fiestas y conmemoraciones y se introdujeron tres nuevos oficios votivos de «tres lecciones»: uno, todos los sábados libres en honor de la Santísima Virgen; el oficio de san Bernardo los viernes, y otro los jueves en honor del Santísimo Sacramento. Los textos bíblicos de todo el Breviario fueron corregidos de acuerdo con la nueva edición de la Vulgata, hecha por el papa Sixto V, y el oficio de los tres últimos días de la Semana Santa se tomó del Breviario romano en toda su extensión, satisfaciendo así el anhelo general.

El nuevo Breviario cisterciense revisado fue publicado en 1656 bajo la autoridad del Abad General Vaussin, en medio de las vigorosas protestas de los fervientes partidarios del Breviario romano. Los descontentos encontraron un aliado poderoso en Juan Bona, por entonces General de los fulienses, luego cardenal y gran adalid de la Reforma Litúrgica. En 1661, el muy respetado e influyente Bona logró obtener un decreto de la Congregación de Ritos que derogaba la reforma de Vaussin y prescribía para toda la Orden el uso del llamado Breviarium Romano-Monasticum, publicado por el papa Paulo V en 1612. Sin embargo, el decreto nunca se puso en práctica, debido a que la presión ejercida por la Orden a través de Hilario Rancati, su procurador en Roma, fue lo suficientemente fuerte como para revocar la decisión de la Congregación. El Breviario de Vaussin obtuvo su aprobación implícita en 1666 de la In Suprema de Alejandro VII, que aseguró el uso del Breviario Cisterciense durante los dos siglos posteriores sin oposición.

La publicación del Ritual cisterciense, una colección detallada de reglamentos y de distintos usos relativos a la vida monástica fuera de la Misa y del Oficio Divino, fue otra contribución importante para la formación final de la Liturgia cisterciense. Las ligeras diferencias entre éste y el Ritual romano en la administración de sacramentos se explicaron por el hecho de que estos actos se realizaban dentro de una comunidad monástica. Varias comisiones trabajaron en su preparación desde 1667, hasta que finalmente se publicó en 1689, bajo la autoridad del Abad General Juan Petit. Esta edición fue aceptada como una guía normativa de las funciones litúrgicas en toda la Orden, a excepción de los fulienses y la Congregación de Castilla. El Abad General Edmundo Perrot, en un esfuerzo por adaptar detalles importantes de las ceremonias cistercienses al Ritual romano, promulgó en 1721 una nueva edición revisada del Ritual, que fue de uso general hasta 1892. En ese año, la abadía de Lérins reimprimió el texto de 1689, agregando como notas al pie de las páginas las variantes de la edición de 1721 y dejando la elección a la libre decisión de cada comunidad.

El problema del uso correcto del Breviario cisterciense surgió otra vez, en forma inesperada durante la década de 1860. Por entonces, la comunidad de Bornem (Bélgica), se pronunció a favor del Romano-Monasticum, renovó los cargos del Cardenal Bona contra el Breviario cisterciense, dando énfasis al hecho que la reforma de Vaussin nunca contó con la aprobación formal de Roma, el Breviario cisterciense siempre quedó rezagado del desarrollo litúrgico de la iglesia, ignoró fiestas populares celebradas universalmente, y no señaló el lugar apropiado para la conmemoración de los santos canonizados recientemente. La disputa llegó hasta la Congregación de Ritos, la cual, bajo la fuerte influencia de los trapenses respaldó la legalidad de la reforma de Vaussin y en 1869 aprobó formalmente el Breviario cisterciense en su forma tradicional. Sin embargo, para satisfacer justas demandas, el mismo decreto dispuso la introducción de cuarenta fiestas nuevas que la Iglesia celebrada universalmente, nueve de ellas con la categoría de «dos misas», dos como «doce lecciones», y el resto de las mismas como festividades de «tres lecciones» o como simples conmemoraciones. Esta revisión recibió la sanción solemne del papa Pío IX en 1871. cuyo breve aparece impreso desde entonces en la primera página de cada Breviario cisterciense.

Hasta los últimos cambios, los libros litúrgicos de ambas Observancias de la Orden fueron idénticos, impresos y publicados desde 1854 gracias al trabajo ejemplar de los trapenses de Westmalle, en Bélgica.

El movimiento de renovación litúrgica de la década de 1930 tuvo por resultado algunos intentos de restaurar el antiguo Misal y Breviario Cisterciense. El monasterio de Boquem emprendió dicha tarea después que Dom Alexis Presse lo restaurara en 1936. La abadía suiza de Hauterive después de su restauración en 1939 se convirtió en un centro litúrgico de la Común Observancia, experimentando la misa pretridentina. La abadía catalana de Poblet, donde esas tradiciones se conservaron vivas hasta el siglo XIX, hizo esfuerzos similares – con efímero éxito – después de su repoblación en 1940.

A pesar de la separación de las dos observancias cistercienses en 1892, su notable uniformidad litúrgica constituía un vínculo poderoso entre ellas. La promulgación de la «Constitución sobre la Sagrada Liturgia» por el Concilio Vaticano II el 4 de diciembre de 1963 terminó repentinamente con cualquier idea de uniformidad. Interpretaciones renovadoras de este documento estimularon una amplia gama de experimentos, eliminando en varias abadías el canto gregoriano y conduciendo a la casi total exclusión del latín de la Liturgia. Es cuestionable el hecho de si persisten todavía en esas prácticas imperantes algunos elementos que se puedan considerar cistercienses. Más aún, en cualquier intento futuro que tienda a restaurar un auténtico rito cisterciense, las lenguas vernáculas constituirán siempre un obstáculo serio.

De acuerdo con las estadísticas recogidas en el Capítulo General de la Común Observancia de 1974, tres monasterios y diecisiete cenobios de monjas continuaban celebrando el Oficio Divino en la forma tradicional, sin ningún cambio; diecisiete monasterios y diez conventos han introducido algunos cambios estructurales, pero usan exclusivamente latín; quince monasterios y veintitrés conventos tienen un oficio mezclado latín y lengua vernácula; catorce monasterios y veintidós cenobios han adoptado una liturgia exclusivamente vernácula.

Entre las casas de la Estricta Observancia impera un pluralismo litúrgico similar. El nuevo Misal romano ha sido aceptado universalmente en ambas observancias cistercienses.

 

Bibliografía

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L.J. Lekai, Los Cistercienses Ideales y realidad, Abadia de Poblet Tarragona , 1987.

© Abadia de Poblet

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