Liturgia
El mayor contraste entre la reforma
cisterciense y las costumbres cluniacenses, se dio en la Liturgia; y en
esta área fundamental de la vida monástica la aguda crítica de Cister a
Cluny estuvo ampliamente justificada.
La preponderancia de la Liturgia en
el programa diario fue el resultado de la actividad reformadora de
Benito de Aniano († 821) que abandonó el trabajo manual y exaltó el
Opus Dei como la única ocupación digna de monjes. Bajo su
influencia, la proporción de los servicios sagrados dentro del
horarium benedictino continuó en aumento hasta que, a mediados del
siglo XI, ocupó casi todo el tiempo en las comunidades bajo la regla de
Cluny.
Como preparación para el oficio
canónico, los monjes decían la trina oratio, que consistía en
tres grupos de salmos: por los vivos, por los muertos, y por las
intenciones especiales. Los altares de la iglesia eran visitados en
procesión, mientras se cantaban letanías y selecciones de otros salmos,
tales como los quince «salmos graduales», los siete «salmos
penitenciales», y los primeros y últimos treinta salmos del salterio. A
más del oficio canónico, otros oficios ocupaban el tiempo entre las
horas. El más popular de todos fue el Oficio de Difuntos: otros incluían
oficios en honor de la Santa Cruz, de la Santísima Trinidad, del
Espíritu Santo, la Encarnación, los Santos Ángeles y, más tarde, el
Oficio a la Santísima Virgen. A la misa conventual habitual se agregaba
otra misa oficial, la missa matutinalis. Largas procesiones, con
estaciones y letanías precediendo a la misa mayor solemne, se
convirtieron en práctica casi diaria.
Con todos esos agregados, el
recitado de Prima ocupaba casi tanto tiempo como el que prescribía la
Regla para todo el oficio canónico. El oficio nocturno previo a una gran
fiesta debía comenzar la noche anterior, dado que, de lo contrario, era
imposible completarlo antes de la aurora. De acuerdo con la Regla de san
Benito, los monjes debían rezar los ciento cincuenta salmos del salterio
durante la semana; en la liturgia de Cluny, la comunidad decía
diariamente cerca de doscientos diez salmos. Algunos monasterios fueron
tan lejos como para obligarse a la laus perennis, dividiéndose
los monjes y niños cantores en tres grupos, para que la función
litúrgica se realizara sin interrupción.
Naturalmente, tales exageraciones
dieron por resultado un cansancio general (taedium prolixitatis)
causado por los servicios excesivamente prolongados. Aun dentro de
la Congregación cluniacense comenzó a extenderse un creciente malestar,
mientras los observadores expresaban abiertamente su escepticismo acerca
del valor de esas prácticas devocionales. Un cisterciense, autor del
Exordium Magnum; explicó con palabras inusitadamente duras la
necesidad de volver a la pureza de la Regla en materia de Liturgia:
«Los monjes de Cister decidieron,
desde el comienzo, observar en todo las tradiciones de la Regla
relativas al modo y orden de los servicios divinos, suprimiendo por
completo y rechazando cualquier agregado a los salmos, oraciones y
letanías, que fueron añadidos arbitrariamente al Oficio por padres menos
considerados. Después de seria consideración, conscientes de la
fragilidad y debilidad humana, hallaron que esas adiciones eran más
dañinas que saludables para los monjes, dado que su multiplicidad daba
por resultado que no sólo el holgazán, sino también el diligente, las
recitaran en forma tibia y negligente».
Aunque los padres fundadores de
Cister habían tomado sus libros litúrgicos de Molesme, deseaban
vivamente volver al esquema original de la Regla para la celebración del
Oficio Divino; tanto más porque su único medio de supervivencia, el
trabajo manual en los campos, era incompatible con el horarium
cluniacense. A excepción del breve Oficio de Difuntos, omitieron
simplemente todos los elementos del oficio canónico añadidos durante los
dos siglos anteriores, y siguieron al pie de la letra las directrices de
la Regla, que distribuía los ciento cincuenta salmos equitativamente
entre los días de la semana para el recitado de las horas canónicas que
respetaron. Hay referencias de que ni siquiera el Oficio de Difuntos
perteneció a la liturgia de Cister, y podría haberse agregado hacia
1130.
Esta reforma radical provocó la
indignada protesta del mundo monástico de la época, fielmente expresada
en la carta que Abelardo escribiera a san Bernardo entre 1132-1136.
Enumera una serie de innovaciones «escandalosas», entre ellas la omisión
de himnos generalmente aceptados, que habían sido reemplazados por otros
desconocidos e inusitados, cantados sin variación durante todo el año,
sin considerar las exigencias especiales de las fiestas y los tiempos
litúrgicos. Sabemos de otras fuentes, que esos himnos inauditos fueron
adoptados por Cister de la antigua liturgia ambrosiana de Milán, porque
la Regla se refería a los «himnos ambrosianos». Abelardo les acusaba
también de omitir distintas oraciones y conmemoraciones de santos,
incluyendo a la Santísima Virgen; la drástica reducción de procesiones
(conservaron únicamente las de la Candelaria, y del Domingo de Ramos) y
la omisión del Credo de los Apóstoles antes de las horas canónicas. El
Credo de san Atanasio se decía exclusivamente los domingos. Sin embargo,
a los ojos de los críticos contemporáneos, el rasgo más desagradable de
su reforma litúrgica lo constituía la celebración de Cuaresma, durante
la cual los cistercienses, ignorando olímpicamente las prácticas
corrientes, continuaban recitando el oficio sin ninguna modificación
hasta Pascua. No dejaban de cantar el Aleluya después de
Septuagésima, terminaban los salmos, aun durante la Semana Santa, con el
Gloria, y cantaban los mismos himnos como de costumbre.
Una copia del Breviario
cisterciense más antiguo, de la época de san Esteban Harding, hallado en
Berlín durante la Segunda Guerra Mundial, no sólo comprueba las
características propias, sino que contiene también el primer calendario
auténticamente cisterciense, prueba importante de las manifiestas
tendencias de Cister hacia las tradiciones antiguas. Aunque había
numerosas conmemoraciones de santos, el número de fiestas con oficio
propio era asombrosamente bajo, totalizando sólo cincuenta y siete. Tal
como lo indica la Regla, no hay diferencia de jerarquía entre ellas;
todas se celebraban al estilo de los domingos, con doce lecciones. El
oficio de los Apóstoles constituía el mayor grupo de fiestas; había sólo
cuatro de la Santísima Virgen (Purificación, Anunciación, Asunción y
Natividad) y la lista de los otros veintiséis santos presentan un
carácter romano bien definido, con leve influencia gálica.
El hecho de que los primeros
cistercienses redujeron en gran parte la duración del Oficio Divino y
que aun los servicios restantes se realizaran de acuerdo a un modelo
general de austera simplicidad, no quiere decir que los padres
fundadores de Cister pasaran por alto o menospreciaran la importancia de
la Liturgia en la vida monástica. Por el contrario, san Esteban Harding
y sus hermanos tuvieron siempre sumo cuidado en tratar de restaurar la
Liturgia en su pureza original, a pesar de la previsible crítica
conservadora, y sus esfuerzos dan una amplia evidencia del profundo
aprecio que les inspiraba por su valor intrínseco. Su celo por la
perfección de la Liturgia fue más lejos todavía. En su búsqueda de
textos litúrgicos impecables, Esteban Harding, todavía prior de Cister,
emprendió la corrección crítica de toda la Biblia. Su empresa ya tenía
precedentes, pero el método sorprendentemente adelantado que aplicó en
su intento de restaurar el texto original de la Vulgata, no fue igualado
en su siglo. No sólo utilizó cierto número de manuscritos latinos, sino
que consultó a renombrados eruditos judíos, para comprender pasajes
hebreos difíciles del Antiguo Testamento. Después de haber sido abad en
1109, publicó su Biblia en cuatro volúmenes maravillosamente ilustrados,
«compuesta con mucho trabajo», que serviría de modelo oficial para
copias posteriores, y se prohibía terminantemente cualquier alteración
de su texto.
La atención del sabio abad recayó
también en las cualidades musicales de los libros litúrgicos adoptados.
Como se aceptaba generalmente que la Liturgia de Metz conservaba todavía
las melodías originales de la época de san Gregorio Magno, allí mandó a
sus monjes, que retornaron con un Antifonario copiado con todo esmero.
Este, conjuntamente con todos los libros litúrgicos revisados en Cister
fueron declarados ejemplares oficiales por la Carta de Caridad, y
los monasterios recién fundados estaban obligados a copiarlos y
conservarlos intactos, de tal forma que se pudiera mantener una
uniformidad perfecta en todo lo relativo a Liturgia y costumbres.
La celebración de la Liturgia se
detallaba en la parte más substancial del «Libro de Usos», los
Ecclesiastica officias. Este libro pequeño, de ciento veintiún
párrafos, no sólo contenía las instrucciones de cómo debían realizarse
las obligaciones litúrgicas y otras ceremonias, sino que daba también
directrices que cubrían todos los aspectos de la actividad diaria de los
monjes y describía los deberes de los distintos oficiales de los
monasterios.
Esas reglamentaciones no eran muy
originales. El plan general se había tomado de Cluny, mientras que
algunos detalles específicos se habían asimilado de Molesme y de la
abadía de San Benigno de Dijon, vecinos más cercanos de Cister. La
naturaleza concisa de las instrucciones y su adhesión estricta a la
tradición que se consideraba auténticamente benedictina estaba, sin
embargo, en armonía con los principios de los fundadores de Cister.
La copia más antigua que existe de
los Ecclesiastica officia se escribió entre 1130 y
1134, aunque su contenido resultó probablemente de las sesiones
del Capítulo General realizadas en la década precedente. La relativa
celeridad y minuciosidad con que los padres completaron el trabajo
indicaban su firme deseo de mantener uniformidad de la Orden en rápido
crecimiento. A semejanza de tantas otras piezas de legislación
cisterciense, los Ecclesiastica officia sufrieron una serie de
modificaciones y se los puso al día en cada uno de los siglos
siguientes.
La reforma litúrgica de san Esteban
no iba a perdurar en toda su integridad por mucho tiempo. Tan pronto
como desapareció de escena el gran abad, una segunda generación
cisterciense, bajo el liderazgo de san Bernardo, revisó rápidamente todo
el legado de los padres fundadores, aplicando inexorablemente el
principio de simplicidad y perfecto desapego del mundo, en aquellas
áreas de la vida monástica que habían escapado de la atención de sus
predecesores. Insatisfechos con el Antifonario de Metz, el Capítulo
designó un comité bajo la presidencia del propio san Bernardo para
expurgar el canto litúrgico usado en la Orden de pretendidos defectos o
superficialidades. Los principios de Bernardo en esta materia eran casi
los mismos que había expresado mucho antes en su Apología con
respecto a las artes plásticas. En la carta que el Santo dirigiera al
abad Guido de la casa benedictina de Montiéramey señala, «que si se
emplea el canto, éste debe ser bastante solemne, nada sensual o rústico.
Su dulzura no debe ser frívola. Debe agradar al oído sólo en la medida
necesaria para mover el corazón, alejando las penas y aplacando la
cólera. No debe restar mérito al sentido de las palabras, sino por el
contrario hacerlas más fructíferas. Cuando se presta más atención a los
esfuerzos de las voces que al sentido de las palabras, se disminuye
mucho el beneficio espiritual».
Dado que el Abad de Claraval estaba
ocupado en otros asuntos más importantes, la tarea de revisión fue
llevada a cabo por los miembros «expertos» del comité, entre ellos
Guido, abad de Cherlieu. Después de estudiar «muchos códices diversos»
presentaron el nuevo Antifonario para su aprobación poco antes de 1147.
Las correcciones no se hicieron en base de la evidencia manuscrita, sino
de principios teóricos, tan queridos por la nueva generación de
estudiosos, que preferían considerar la música como rama de la ciencia.
Estos principios daban énfasis a la
unidad modal de las melodías, y excluían en particular cualquier mezcla
de los modos «auténtico» y «plagal»; insistían en la ley de duración,
esto es, que ninguna melodía debía exceder del ambitus
(intervalo) de una décima compuesta; estaba excluido el bemol; se
eliminaron las repeticiones en el texto y en la melodía; se
simplificaron o acortaron frases exuberantes, especialmente en los
aleluyas. De acuerdo con los musicólogos modernos, la revisión se hizo
con gran detrimento del valor artístico, mas san Bernardo en su Prólogo
al Antifonario aseguraba a la posteridad que ése era «irreprochable,
tanto en la música como en el texto».
Para gran contrariedad de estos
fervorosos jóvenes teóricos, su concienzuda actividad reformadora quedó
considerablemente restringida por la vigorosa protesta de la antigua
generación, todavía influyente. En consecuencia, el nuevo Antifonario
revisado no fue sino un compromiso, que conservaban algunos de los
rasgos característicos del primitivo canto gregoriano cisterciense. La
mayor parte del programa de reformas mencionado más arriba reflejaba la
tendencia común de los musicólogos de la época, pero el último pormenor,
una predilección visible por la brevedad y simplicidad de las melodías,
era seguramente una especialidad cisterciense defendida por el mismo san
Bernardo.
El canto gregoriano cisterciense
permaneció sin cambios hasta mitad del siglo XVII, pero los gustos
individuales no pudieron ser eliminados. Tampoco fue posible excluir el
impacto de los estilos musicales que iban cambiando. Ya en vida de san
Bernardo, el Capítulo General tuvo que insistir en el tono viril del
recitado (non more femineo tinnulis) y desterrar los efectos
«teatrales» del falsete (falsis vocibus velut histrionicam imitari
lasciviam). El Capítulo de 1217 protestó contra un intento de
introducir el canto polifónico (triparti vel cuadriparti voce more
saecularium canitur), que se había insinuado en Dore y Tintern. En
1302, el mismo organismo dictaminó contra las «novedades y curiosidades
conspicuas» en el coro. En 1320, el Capítulo se mostró muy modesto por
tales «novedades absurdas» como el sincopado de notas y el hipado (una
técnica primitiva de contrapunto). Poco después, la introducción de
instrumentos musicales enfadó a los padres marcadamente conservadores.
Las protestas y las reiteradas prohibiciones resultaron ser vanas. El
movimiento continuó difundiéndose y, finalmente, en 1486, el Capítulo
accedió al uso del órgano. Durante el siglo XVII, el uso de instrumentos
musicales era bastante difundido, por lo menos en las grandes
solemnidades celebradas en abadías importantes.
La música de la Iglesia
reinterpretó en el Renacimiento el canto litúrgico tradicional, de
acuerdo con el gusto de la polifonía triunfante, con muy poca
comprensión de la naturaleza real del canto llano gregoriano. El fruto
del movimiento fue una edición de libros litúrgicos, llamada «Medicea»,
publicada en Roma en 1614-1615. Sus melodías mutiladas representaban una
ruptura radical en la continuidad de las tradiciones gregorianas. Una
reforma litúrgica cisterciense respaldada por el Abad General Claudio
Vaussin (1645-1670) dio por resultado la publicación de un Misal y
Breviario nuevos, pero ambos ostentaban las mismas mutilaciones de las
melodías de la «Medicea».
Pasaron dos siglos hasta que el
gregoriano, restaurado en su belleza original por los monjes
benedictinos de Solesmes, voliera a ocupar el lugar que merecía en la
vida litúrgica de la Iglesia. Como consecuencia, surgió un movimiento
hacia la renovación general del culto que inspiró a la Orden la empresa
de restaurar el gregoriano cisterciense con las modalidades que tenía en
el siglo XII. Este trabajo, basado en los de Solesmes, fue llevado a
cabo por los miembros de la Estricta Observancia y su resultado, el
Gradual nuevo y revisado, se publicó en 1889, y en 1903 le siguió el
Antifonario. La Común Observancia adoptó también las nuevas ediciones y,
a partir de ese momento hasta la década del 60, ambas
observancias usaron libros litúrgicos idénticos.
Dado que la Regla no contiene
indicaciones para la celebración de la Misa, los benedictinos observaban
en casi todas partes el rito de la diócesis en la cual estaban
establecidos. Los cistercienses también siguieron la costumbre general,
y el rito de la Misa cisterciense primitiva correspondía al de la
provincia de Lión, modificada según el uso de Molesme, el cual, a su
vez, estaba basado en el ritual de Cluny. La liturgia de Lion era una
variante del llamado rito galo-romano, derivado de las reformas de
Carlomagno, que había adaptado la antigua liturgia gala al rito romano,
aunque todavía conservaba cierta cantidad de elementos distintivos
galos. El procedimiento liberal de formar una nueva Liturgia no fue un
privilegio cisterciense, ya que los cartujos y premonstratenses
siguieron principios similares, y luego lo hicieron los dominicos y
carmelitas. En realidad, nunca se hizo observar ninguna uniformidad
estricta en el rito antes del Concilio de Trento, y, en Francia, casi
todas las diócesis praticaban alguna variante del rito galo romano,
generalmente aceptado.
La contribución de Cister al
desarrollo litúrgico del siglo XII fue en gran parte negativa, en la
medida en que los cistercienses aplicaron con firmeza los principios de
pobreza y simplicidad, en rotunda oposición a la exuberancia
cluniacense. Estaba prohibida cualquier decoración del santuario o del
altar, a excepción del crucifijo de madera; se eliminó el uso de metales
preciosos en los vasos sagrados; los ornamentos estaban hechos
únicamente de lino o lana, sin ninguna variación en color o calidad. El
número de misas diarias se redujo a uno, que era cantada después de
Tercia. En las grandes festividades, clasificadas posteriormente como
«Fiestas de dos Misas» se agregó una misa rezada, después de Prima. En
días entre semana, la Misa mayor conventual se celebraba con un sólo
acólito, posiblemente un diácono. La Misa diaria por los muertos de la
Orden y los parientes y bienhechores fallecidos pertenece a las
costumbres cistercienses más antiguas; no se recomendaba ni se prohibía
la celebración diaria de misas privadas. Durante el Medioevo, la
costumbre de misas privadas frecuentes distó mucho de ser universal. No
obstante, en las casas cistercienses siempre se reservó a tal propósito
el tiempo necesario entre las horas canónicas.
Un poderoso incentivo para las
misas privadas fue el número cada vez mayor de fundaciones de misas
pedidas por piadosos donantes en beneficio de amigos y benefactores
difuntos. En el transcurso del siglo XIII, tales fundaciones llegaron a
constituir una pesada carga sobre las comunidades, cuando el número de
miembros estaba en decadencia. Ya por 1192 se vio obligado el Capítulo
General a prohibir que se aceptaran fundaciones de misas sin el
consentimiento del Capítulo, pero las ventajas materiales inmediatas de
esas misas eran tales, que la práctica continuó. Por último, los abades,
priores y otros miembros prominentes de la Orden, establecieron
aniversarios por iniciativa propia, hasta que el Capítulo General de
1609 las anuló, por considerarlas contrarias a la pobreza monástica. En
casos de imposibilidad de cumplir las obligaciones de las misas, el
Capítulo General, o bien describía las misas de aniversario entre otras
comunidades, o consentía en que se realizaran aniversarios colectivos.
La misa medieval cisterciense
ostentaba un cierto número de peculiaridades notables, en comparación
con la liturgia romana que prevaleció posteriormente. En nuestros días
de pluralismo litúrgico y experimentación, esas diferencias no nos
resultarían tan llamativas como lo fueron para una generación anterior.
De hecho, algunos de los rasgos de la antigua misa cisterciense
presagiaban muchas de las innovaciones más recientes. El altar
cisterciense no tenía ningún adorno, excepto dos candelabros, uno a cada
lado. No se recitaba el salmo 42 (Judica me) al pie del
altar, y tenían un texto abreviado del Confiteor, similar al que
se usa en la actualidad. Hasta el Ofertorio, el papel principal del
celebrante consistía en cantar la oración. Todo lo demás lo realizaban
los acólitos o el coro. No había palia o velo cubriendo el cáliz, que
estaba protegido por una esquina del corporal plegada sobre el mismo. La
elevación después de la Consagración no se prescribió hasta 1210. Había
menos genuflexiones que en el rito romano. Una serie de oraciones
llamadas «Sufragios por la paz» seguían al Pater noster. También
se cantaba el Libera como se hace actualmente en las misas
solemnes. Hasta 1261, todos los comulgantes recibían ambas especies, de
pan y de vino, este último por medio de una cánula de oro. Después de
esa fecha, esa forma de comunión quedó como privilegio de aquellos que
servían en el altar y aún esto se interrumpió en 1437. La misa terminaba
con el Ite missa est,
sin añadir el «Último Evangelio» (Jn 1, 1-18), que se
popularizó más tarde por mediación de los dominicos.
Otra característica de la Orden fue
la sencillez del culto, que con el correr de los siglos posteriores dio
lugar a un rito más elaborado y, por último, casi perdió por completo
sus rasgos originales, factores históricos importantes, tales como la
creciente reputación e influencia de la Orden, la acumulación de favores
y privilegios papales, el carácter pontifical del abadiato, el cambio en
las actividades monásticas, el trabajo pastoral de los monjes, la
interrupción de las tareas litúrgicas, y sobre todo la creciente
influencia de la Liturgia romana, motivaron dicha evolución. El Capítulo
General era tan conservador en los cambios de Ritual, como en cualquier
otra modificación de las costumbres monásticas en franco cambio. Su
resistencia contuvo algo el precipitado movimiento, pero no pudo evitar
que siguiera desarrollándose.
El fenómeno más evidente de esta
tendencia fue el gradual incremento del número de fiestas y su aumento
de rango en el Calendario cisterciense. Hacia el siglo XVII, se habían
duplicado las «Fiestas de Sermón», el número de «Fiestas de dos Misas»
aumentó de veinte a treinta y dos en el período comprendido entre
1173-1258, y llegaron a cuarenta y una hacia 1300. Esta última fecha
coincide con el clímax de la escolástica y, por esa época, el horario
diario original de Cister ya había sufrido un cierto número de cambios,
y los estudios habían reemplazado al trabajo manual. Sin estos
precedentes, el aumento de los servicios litúrgicos nunca habría sido
posible, porque el intenso trabajo en el campo que los monjes realizaron
anteriormente hacían imposible los estudios regulares y los oficios
prolongados. De esta forma, el alejamiento gradual de la Orden de su
sencillez primitiva puede considerarse como resultado indirecto de la
Escolástica. Entre tanto, el Capítulo General trataba de dar nuevo
énfasis a la tradición litúrgica con la introducción tardía de fiestas
de santos cistercienses. La festividad de san Bernardo se celebró por
primera vez en 1174, año de su canonización, y la de san Roberto en
1222, la de san Esteban Harding no se introdujo hasta 1638, mientras que
la de san Alberico fue establecida más tarde todavía, en 1738.
Algunos de los añadidos al oficio
diario, que en un primer momento fueron tan criticados, entraron
también, poco a poco, en el horarium.
El oficio de la Santísima Virgen se prescribió en
1157 para los que estaban de viaje o trabajaban, en las granjas, en 1185
se hizo obligatorio en la enfermería, y en 1373 en el coro, precediendo
a las horas canónicas, aunque es probable que se dijera en algunos
lugares desde mucho antes. La procesión antes de la misa conventual fue
otro ejemplo de la tendencia general a las ampliaciones de la Liturgia.
En vida de san Bernardo, tal procesión fue introducida para la fiesta de
la Ascensión, y en 1223 para la fiesta de la Asunción. Ya por 1441,
había procesiones en todas las Fiestas «de Sermón», al mismo tiempo que
comenzaban en Francia las procesiones los domingos, costumbre que fue
imitada bien pronto en todas partes. Durante el siglo XVII, las
procesiones se fueron multiplicando aún más.
La observancia forzosa de las
reglas de simplicidad en ornamentos, vasos y otros accesorios se hizo
más laxa. En 1226, se permitieron vestiduras de seda, si eran recibidas
como donaciones, y en 1256 el permiso se extendió aún más. Algunos años
más tarde, se autorizó el uso de capa pluvial para abades, y dalmática y
túnica para diácono y subdiácono, aunque anteriormente habían sido
ornamentos litúrgicos prohibidos. Los pontificalia – esto es, la
mitra, el anillo y las sandalias – fueron otorgados primero a los abades
de Poblet en 1337, Salem los recibió en 1373, Claraval y Les Dunes en
1376 y Cister en 1380. Durante el siglo XV, el espíritu del Renacimiento
se infiltró en todos los monasterios, y cayó en el olvido la clásica
sencillez del Cister del siglo XII.
El mantenimiento de una uniformidad
litúrgica en toda la Orden se convirtió en una de las tareas más
difíciles del Capítulo General, conjuntamente con el peligro de perder
las tradiciones. El problema se hizo bien evidente durante los siglos
XIV y XV, pero el simple hecho de que las mismas reglamentaciones fueran
repetidas varias veces, prueba su ineficacia.
Las dificultades técnicas para
conservar la uniformidad se solucionaron en gran parte por el uso
extendido del procedimiento de la imprenta, recién inventado. El
Capítulo General tomó conocimientos bien pronto de la importancia de la
revolucionaria técnica, y por orden del mismo, se publicó hacia 1484 el
primer breviario cisterciense, impreso en Basilea bajo el control de
Nicolás Salicetus, abad de Baumgarten (Alemania). Continuó en 1487, con
la primera impresión del Misal cisterciense en Estrasburgo, con la
cooperación del mismo abad Nicolás. En rápida sucesión, aparecieron
ediciones posteriores, comprendiendo los más importantes libros impresos
en distintos lugares (París, Lión, Venecia, etc.), hasta que causó gran
confusión el problema de la autenticidad y la autorización requerida. En
1504, el Capítulo General prohibió la edición y publicación de cualquier
libro litúrgico que no contara con la aprobación especial del Capítulo.
El programa de renovación universal
de la Iglesia inaugurado por el Concilio de Trento (1545-1563) incluía
una reforma litúrgica en gran escala, completada bajo Pío V (1566-1572).
Se publicaron un nuevo Breviario romano (1568) y el Misal, con el
expreso propósito de promover la uniformidad litúrgica completa en todo
el mundo católico. El uso de los mismos fue impuesto a todas las órdenes
religiosas que tuvieran una Liturgia propia desde hacía menos de
doscientos años. Los diferentes ritos de los organismos religiosos más
antiguos fueron aprobados, pero el Papa les invitó a abandonar su
antigua Liturgia en favor de la romana. Aunque de esta forma parecía
quedar asegurada la integridad de la antigua Liturgia cisterciense, la
presión moral y la atracción natural de la Liturgia romana, purificada y
revisada en forma magistral, hizo muy problemática la conservación
completa del rito particular de la Orden. De hecho, con algunas
excepciones, todas las otras órdenes exentas adoptaron rápidamente la
reforma, y aun aquellas que, aferrándose a sus derechos legales,
rehusaron abandonar sus ritos tradicionales, adaptaron sus textos
litúrgicos propios de acuerdo con los principios de la reforma romana.
A comienzos de 1573, varias
abadías, tales como Wettingen y Marienstatt, adoptaron el nuevo rito
romano, y la difusión del movimiento fue frenado sólo temporalmente por
la enérgica protesta de Nicolás Boucherat I. El Capítulo General de 1601
reiteró la necesidad de mantener las tradiciones litúrgicas
cistercienses, pero el Capítulo de 1605 legalizó cierto número de
elementos romanos. El Abad General Nicolás Boucherat II (1604-1625) fue
favorable en sumo grado a la nueva Liturgia.
Con su bendición, la Congregación de Lombardía y
Toscana adoptó el Breviario romano, y las
abadías cistercienses
de Prusia y Polonia comenzaron a usar el Misal
romano.
Una autoridad como san
Francisco de Sales expresó en todas sus características la actitud
general hacia el problema, cuando presidiendo en 1622 el Capítulo
General de los fulienses abogó abiertamente por abrazar el Breviario
romano reformado, alegando que las partes «ofensivas, infantiles y
oscuras» de los viejos libros cistercienses
eran incompatibles con la dignidad de la
Iglesia.
El movimiento parecía
irreversible. El Capítulo General de 1609 hizo notar que sólo unas «pocas»
casas se adherían todavía a la Liturgia antigua. En 1611, la misma
asamblea permitió misas privadas de acuerdo con las rúbricas romanas. Y
en ese mismo año, los fulienses abandonaron el Breviario
cisterciense en favor del
Breviario «monástico» aprobado por el papa Paulo V para los benedictinos.
Por último, el Capítulo General de 1618 ordenó que «de allí en adelante
tanto las misas privadas, como las conventuales, debían ser rezadas por
toda la comunidad, abades y monjes por igual, de acuerdo con el Rito y
Ceremonial romano sin excepción». Ese mismo Capítulo proyectó también la
reforma del Breviario cisterciense.
La resolución relativa a la
Misa encontró una ligera oposición por razones prácticas bien
fundamentadas. El cambio quedó restringido, en gran parte al Ordinario
del Misal, y el Calendario cisterciense
conservó muchas de las características
de la antigua liturgia. Por esta razón, secuencias bien conocidas del
Misal romano (Victimae paschali, Veni sancte, Lauda Sion, Dies irae)
estaban todavía ausentes del Misal
cisterciense, en las
vigilias y en las cuatro témporas había menos profecías en
la misa cisterciense que en la romana, y la
Liturgia de la Semana Santa también retenía alguna de las
características del Cister primitivo. Las Congregaciones de Castilla y
Portugal, separadas de Cister mucho antes de la reforma litúrgica,
mantuvieron el rito primitivo de la misa
cisterciense hasta su disolución, en la
década de 1830; y los cenobios de monjas
cistercienses españoles que sobrevivieron
conservaron algunos elementos peculiares de la liturgia antigua hasta el
Concilio Vaticano 11.
La revisión del Breviario no
pudo ser completada hasta el generalato de Claudio Vaussin, a causa de
los disturbios internos motivados por la aparición de la Estricta
Observancia. A diferencia
del Misal, no había razones sólidas para abandonar
el Oficio Divino de los antepasados; por el contrario, la reforma del
Abad Vaussin fue un sincero esfuerzo por mantener la disposición
original de la regla de san Benito.
El número de fiestas había aumentado enormemente, y
como los salmos de vigilias se tomaban invariablemente del Común de los
Santos, se hacía imposible el recitado del salterio completo durante el
lapso de una semana – exigencia básica de la Regla-. La reforma creó un
tipo nuevo de fiestas, la «Fiesta de tres lecciones». En tales ocasiones,
sólo las lecturas de vigilias eran propias; los salmos se decían de
acuerdo al orden semanal ininterrumpido, disposición que ya había
adoptado el Breviario reformado de san Pío V. Un cierto número de
fiestas que anteriormente eran de mayor jerarquía, pasaron a ser de «tres
lecciones», a la vez que se establecía un grupo de fiestas nuevas con el
mismo rango, sin modificar el orden de los salmos feriales. Simplemente,
se suprimió un número considerable de fiestas y conmemoraciones y se
introdujeron tres nuevos oficios votivos de «tres lecciones»: uno, todos
los sábados libres en honor de la Santísima Virgen; el oficio de san
Bernardo los viernes, y otro los jueves en honor del Santísimo
Sacramento. Los textos bíblicos de todo el Breviario fueron corregidos
de acuerdo con la nueva edición de la Vulgata, hecha por el papa Sixto
V, y el oficio de los tres últimos días de la Semana Santa se tomó del
Breviario romano en toda su extensión, satisfaciendo así el anhelo
general.
El nuevo
Breviario cisterciense
revisado fue publicado en 1656 bajo la autoridad del Abad General
Vaussin, en medio de las vigorosas protestas de los fervientes
partidarios del Breviario romano. Los descontentos encontraron un aliado
poderoso en Juan Bona, por entonces General de
los fulienses, luego cardenal y gran adalid de la Reforma Litúrgica. En
1661, el muy respetado e influyente Bona logró obtener un decreto de la
Congregación de Ritos que derogaba la reforma de Vaussin y prescribía
para toda la Orden el uso del llamado Breviarium Romano-Monasticum,
publicado por el papa Paulo V en 1612.
Sin embargo, el decreto nunca se puso en práctica, debido a que la
presión ejercida por la Orden a través de Hilario Rancati, su procurador
en Roma, fue lo suficientemente fuerte como para
revocar la decisión de la Congregación. El Breviario de Vaussin obtuvo
su aprobación implícita en 1666 de la In Suprema
de Alejandro VII, que aseguró el uso del Breviario
Cisterciense durante
los dos siglos posteriores sin oposición.
La publicación del
Ritual cisterciense, una
colección detallada de
reglamentos y de distintos
usos relativos a la
vida monástica fuera
de la Misa y
del Oficio Divino,
fue otra contribución
importante para la formación
final de la
Liturgia cisterciense. Las
ligeras diferencias entre
éste y
el Ritual romano
en la administración de
sacramentos se explicaron
por el hecho
de que estos actos se
realizaban dentro de una
comunidad monástica. Varias
comisiones trabajaron en su preparación
desde 1667, hasta que finalmente se
publicó en 1689,
bajo la autoridad del Abad
General Juan Petit.
Esta edición fue aceptada
como una guía
normativa de las
funciones litúrgicas en
toda la Orden,
a excepción
de los
fulienses y la Congregación
de Castilla.
El Abad
General Edmundo Perrot, en
un esfuerzo por adaptar
detalles importantes de
las ceremonias
cistercienses al
Ritual romano, promulgó en
1721 una nueva edición
revisada del
Ritual, que fue
de uso general hasta 1892.
En ese año, la abadía de Lérins
reimprimió el texto de 1689,
agregando como notas al
pie de las
páginas las
variantes de la edición
de 1721 y dejando la
elección a la
libre decisión
de cada comunidad.
El problema
del uso correcto
del Breviario cisterciense
surgió otra vez,
en forma inesperada
durante la década de
1860. Por entonces, la comunidad
de Bornem (Bélgica), se
pronunció a favor del
Romano-Monasticum,
renovó los cargos
del Cardenal Bona contra
el Breviario
cisterciense, dando énfasis al hecho
que la
reforma de Vaussin nunca
contó con la aprobación formal de Roma,
el Breviario cisterciense
siempre quedó rezagado del desarrollo
litúrgico de la
iglesia, ignoró fiestas populares celebradas
universalmente, y no señaló el
lugar apropiado
para la conmemoración
de los
santos canonizados
recientemente. La disputa
llegó hasta
la Congregación de Ritos,
la cual, bajo la fuerte
influencia de los trapenses
respaldó la legalidad de
la reforma de Vaussin y
en 1869
aprobó formalmente
el Breviario cisterciense
en su forma
tradicional. Sin
embargo, para satisfacer
justas demandas, el mismo
decreto dispuso la
introducción de
cuarenta fiestas nuevas que
la Iglesia celebrada
universalmente, nueve
de ellas con la categoría
de «dos misas»,
dos como «doce lecciones», y
el resto de
las mismas como festividades
de «tres lecciones» o
como simples conmemoraciones.
Esta revisión recibió la
sanción solemne del papa
Pío IX
en 1871.
cuyo breve
aparece impreso desde entonces en la primera página
de cada Breviario cisterciense.
Hasta los
últimos cambios, los libros litúrgicos de ambas
Observancias de la Orden fueron idénticos, impresos y publicados desde
1854 gracias al trabajo ejemplar de
los trapenses de Westmalle, en Bélgica.
El movimiento de renovación
litúrgica de la década de 1930 tuvo por
resultado algunos intentos de restaurar el antiguo Misal y Breviario
Cisterciense. El monasterio de Boquem
emprendió dicha tarea después que Dom Alexis
Presse lo restaurara en
1936. La abadía suiza
de Hauterive después de su restauración en 1939
se convirtió en
un centro litúrgico de la Común Observancia, experimentando la misa
pretridentina. La abadía catalana de Poblet, donde esas tradiciones se
conservaron vivas hasta el siglo XIX, hizo esfuerzos similares – con
efímero éxito – después de su repoblación en 1940.
A pesar de la separación de
las dos observancias cistercienses
en 1892,
su notable uniformidad litúrgica constituía un
vínculo poderoso entre ellas. La promulgación de la «Constitución sobre
la Sagrada Liturgia» por el Concilio Vaticano II
el 4 de diciembre de
1963 terminó
repentinamente con cualquier idea de uniformidad. Interpretaciones
renovadoras de este documento estimularon una amplia gama de
experimentos, eliminando en varias abadías el canto gregoriano y
conduciendo a la casi total exclusión del latín
de la Liturgia. Es cuestionable el hecho de si persisten todavía en esas
prácticas imperantes algunos elementos que se puedan considerar
cistercienses. Más aún, en cualquier intento
futuro que tienda a restaurar un auténtico rito
cisterciense, las lenguas vernáculas
constituirán siempre un obstáculo serio.
De acuerdo con las
estadísticas recogidas en el Capítulo General de la Común Observancia de
1974, tres
monasterios y diecisiete cenobios de monjas continuaban celebrando el
Oficio Divino en la forma tradicional, sin ningún
cambio; diecisiete monasterios y diez conventos han introducido algunos
cambios estructurales, pero usan exclusivamente latín; quince
monasterios y veintitrés conventos tienen un oficio mezclado latín y
lengua vernácula; catorce monasterios y veintidós cenobios han adoptado
una liturgia exclusivamente vernácula.
Entre las casas de la Estricta
Observancia impera un pluralismo litúrgico similar. El nuevo Misal
romano ha sido aceptado universalmente en ambas observancias
cistercienses.
Bibliografía
(…)
L.J. Lekai,
Los Cistercienses Ideales y realidad,
Abadia de Poblet Tarragona , 1987.
©
Abadia de Poblet

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