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Los Cistercienses

Las monjas cistercienses

Los fundadores de Cister no tenían ninguna intención de establecer una nueva orden masculina, y mucho menos de intentar una para mujeres. Sin embargo, en un lugar llamado Tart, a unos 10 km. al norte de Cister, se hizo en 1125 una fundación para mujeres piadosas, que estaban decididas a imitar el austero ejemplo de los monjes cistercienses.

Así como Cister tuvo su origen en Molesme, Tart reconoce como cuna a Jully, monasterio patrocinado hacia 1113 por el abad Guido de Molesme, sucesor inmediato de san Roberto. Allí se congregaron las viudas y las parientes de los monjes de Molesme, bajo la dirección del abad de esta última abadía. La población de Jully aumentó considerablemente después de que san Bernardo y sus compañeros se unieran a Cister, porque sus esposas y hermanas también buscaron refugio en dicha casa. La propia hermana de san Bernardo, Humbelina, ingresó en la comunidad, y llegó a ser priora alrededor de 1128.

Las circunstancias de la fundación de Tart no son del todo claras, pero los primeros documentos escritos mencionan como padrinos principales al obispo de Langres, su capítulo catedralicio, la familia ducal de Borgoña y Esteban Harding, abad de Cister. La desbordante población de Jully proporcionó el primer grupo de monjas, encabezadas por Isabel de Vergy, que era probablemente la hija de la condesa del mismo nombre, conocida como benefactora generosa y amiga del abad Esteban. No hay duda de que la solicitud y el apoyo moral del santo abad de Cister fueron un factor importante en el éxito del establecimiento de monjas; por otro lado, no hay evidencia de que el Capítulo General cisterciense tomara responsabilidad alguna por su suerte, o de que los monjes de la Orden intervinieran de algún modo en el cuidado material o espiritual de la nueva comunidad. Durante todo el siglo XII el Capítulo General mantuvo una política de no intervención, ya que inmiscuirse en las actividades de las monjas podía hacer peligrar el carácter puramente contemplativo de la Orden.

Sin embargo, la actitud negativa del Capítulo General no pudo evitar que las habitantes de Tart conformaran su vida de acuerdo al modelo proporcionado por Cister, y no es imposible que Esteban Harding las guiara en este sentido. Se han perdido las primitivas reglamentaciones de las monjas; pero no hay motivos para dudar de que las normas ascéticas de su horarium diario fueran distintas de las seguidas por los monjes. Empero, es muy probable que el trabajo agrícola de las monjas fuera algo menos intenso que el de los monjes.

A pesar de los firmes principios de no interferencia, el ingreso de las Congregaciones de Savigny y Obazine en 1147 creó un nuevo problema para Cister. Ambos grupos de monasterios incluían conventos de monjas afiliadas, y los arreglos concernientes a la unión no consiguieron precisar el lugar de las monjas dentro de la nueva organización. Ante la falta de directivas precisas, la relación anterior entre las abadías recién admitidas y las monjas bajo su cuidado continuó. Después de 1147, también Tart fue reconocida como fundación de Cister, y por lo tanto miembro de la familia cisterciense.

Mientras tanto, prosiguió la multiplicación de monasterios femeninos sin la intervención formal del Capítulo General, aunque en algunos casos recibían ayuda o apoyo de abades cistercienses, pero a título personal. Esta situación indujo a la abadesa de Tart a tomar la iniciativa y organizar los monasterios femeninos cistercienses, por lo menos los situados en el Ducado y Condado de Borgoña. Hacia fines del siglo XII, la abadesa de Tart convocaba capítulos anuales para sus dieciocho casas afiliadas, en la festividad de san Miguel (29 de septiembre), en presencia del abad de Cister, o de su representante. La naturaleza y organización de la asamblea era muy semejante a la del Capítulo General de Cister, y la abadesa de Tart se arrogaba el derecho de visitar y corregir a todas sus «hijas», para mantener una disciplina común. Nos quedan muy pocas crónicas de los capítulos de Tart y, con toda probabilidad, esas sesiones no se realizaron ya después de finalizar el siglo XIV.

Entre las numerosas casas de monjas cistercienses de Castilla y León se estableció una organización similar. En 1187, el rey Alfonso VIII de Castilla y su esposa Leonor apadrinaron la fundación de Santa María la Real, en Burgos, conocida popularmente como Las Huelgas. En 1188, a requerimientos del rey, el abad Guillermo de Cister reconoció a Las Huelgas como la «madre» de todos los otros monasterios femeninos cistercienses del reino, y autorizaba la celebración de capítulos semejantes a los de Tart. En 1188 se llevó a cabo el primero de dichos capítulos, en presencia de un cierto número de obispos y abades cistercienses, pero algunas comunidades, como Tulebras en Navarra y sus filiales, no mandaron representación. Cuando el rey Alfonso se dirigió al Capítulo General de Cister en 1191, pidiendo que presionara a las abadesas reticentes y las obligara a presentarse en Las Huelgas, el Capítulo declinó su actuación, alegando que no tenía jurisdicción sobre las monjas. De acuerdo con las crónicas del Capítulo General existente, ésta fue la primera oportunidad en que las monjas cistercienses fueron objeto de discusión, aunque en forma negativa.

Una docena apenas de abadesas terminaron por concurrir a los capítulos realizados en Las Huelgas, el día de san Martín de Tours (11 de noviembre). La organización seguía las líneas de la Carta de Caridad, salvo que la autoridad de la abadesa de Las Huelgas estaba considerablemente aumentada, porque casi siempre una princesa real ostentaba ese título y todos los demás componentes de la floreciente comunidad estaban reclutados entre las filas de la nobleza española. Esto explicaría la extraña costumbre por la cual la abadesa de dicha casa se arrogaba privilegios especiales, como la bendición de novicias, predicar homilías, etc. Inocencio III puso coto a estas actuaciones en 1210.

Después del incidente de 1191, la primera referencia a las monjas registradas en el Capítulo General data de 1206: una prohibición de educar niños en sus monasterios. Luego, en 1213 los padres capitulares declararon por sorpresa que «las monjas ya incorporadas a la Orden no deberían abandonar libremente (sus claustros)» y que en el futuro «ningún (monasterio) podría ser admitido en la Orden, si no tenía clausura rigurosa». Sin duda, en algún momento entre 1190 y 1210, fueron abiertas las puertas de la Orden para admitir monjas, aunque el proceso de «incorporación» no fue nunca especificado por el Capítulo, y de todas las condiciones posibles para la afiliación formal sólo se resaltaba la clausura estricta.

Este cambio de actitud en los padres capitulares, aparentemente inesperado, estuvo precedido, sin embargo por varios hechos significativos. Uno de ellos fue la proliferación espontánea de establecimientos femeninos, que, sin el consentimiento formal de la Orden, seguían las reglas de Cister y se autotitulaban cistercienses. Ya por el 1150, el benedictino Herman de Tournai se refería a esas resueltas mujeres como «esforzándose para vencer no sólo al mundo, sino también su propio sexo; por su libre voluntad abrazaron con fuerza, y aun con gozo la Orden de Cister, en la que muchos hombres y jóvenes robustos temen ingresar. Dejando a un lado ropas de lino y pieles, usan únicamente túnicas de lana. No sólo realizan tareas femeninas como hilar y tejer, sino que salen a trabajar en los campos, cavando, derribando y sacando árboles de cuajo con hachas y picos, arrancando cardos y zarzas, trabajando asiduamente con sus manos y ganando su sustento en silencio. Al imitar en todo a los monjes de Claraval, constituyen una prueba de la verdad de las palabras del Señor: para el que cree, todo es posible».

A comienzos del siglo XIII, otro agudo observador, el cardenal Jacques de Vitry, informaba de que los «monasterios femeninos cistercienses se multiplicaban como las estrellas del cielo», citando que, exclusivamente en la diócesis de Lieja, se habían hecho siete fundaciones en rápida sucesión. El mismo autor fue más lejos aún, y estableció la relación entre la presión que las monjas ejercieron sobre Cister y la decisión del Capítulo General premonstratense de suprimir los dobles monasterios de la orden para canónigos y monjas y prohibir la incorporación posterior de comunidades femeninas. La fecha de este decreto, 1198, coincide con la fecha probable en que el Capítulo General cisterciense salió en ayuda de las hermanas abandonadas por sus antiguos protectores, los premonstratenses, cambiando desde entonces su actitud prohibitiva.

La disponibilidad cisterciense de asumir el «cuidado de las monjas» (cura monialium) hasta entonces cuidadosamente evitado, debe haber reconocido como motivación más importante, la relación informal, pero muy beneficiosa, entre monjes y monjas, que ya había existido antes de finalizar el siglo. Esto se puede demostrar especialmente en las grandes abadías renanas y flamencas, donde la feliz asociación con las monjas comenzó con la admiración que san Bernardo profesaba a santa Hildegarda de Bingen († 1179) y la amistad de esta última con los monjes de Villers, en Brabante. La fascinación de la comunidad por las revelaciones místicas de la gran abadesa benedictina generó un interés cada vez mayor por asuntos de esta índole, dirigiendo la atención de los monjes hacia los grupos informales de mujeres devotas, conocidas como beguinas. A todo lo largo del siglo XIII, Villers, Aulne y Lieu-Saint-Bernard desempeñaron un activo papel en el cuidado de las comunidades de beguinas. Los monjes les dieron respetabilidad, protección legal y orientación teológica, a la vez que las beguinas inspiraron a los monjes con su profunda espiritualidad y los ayudaron a mantener vivo el fervor devocional en una época en que otros monasterios experimentaban una decadencia en su entrega original. Por lo menos en esa área geográfica, los cistercienses asumieron el papel de los premonstratenses, y continuaron guiando a las beguinas, hasta la aparición de los frailes mendicantes.

La clausura fue el principal problema que obligó al Capítulo General a ser muy circunspecto en admitir monjas en la Orden. El derecho canónico del siglo XII no era lo suficientemente explícito en la materia, y el abad de la casa patrocinadora, o «padre inmediato», decidía las limitaciones reales de la libertad de las monjas para salir de sus claustros. El espíritu de las reformas de las postrimerías del siglo XI exigían severidad en esta materia; en consecuencia, crecían las responsabilidades de los abades en proporción a las restricciones de libertad de movimiento de las monjas. Mientras éstas fueron libres de entrar y salir de la clausura, y por ende capaces de atender a sus propias necesidades, cultivar sus fincas, atender sus obligaciones comerciales, legales o sociales, todo lo que necesitaban del padre inmediato era un capellán o confesor.

Los abades de la primera generación cisterciense adoptaron una posición moderada en materia de clausura. Las monjas de Tart tenían libertad para realizar tareas agrícolas fuera de los muros de la casa. Pero esto se hizo imposible en 1184, debido a una bula de Lucio III que imponía a las monjas una regla de clausura más estricta. Por el año 1130, el abad Hugo de Pontigny, futuro obispo de Auxerre, aprobó una regla para monjas, que permitía a las hermanas salir del claustro y trabajar sus campos en pequeños grupos. Hacia 1194, un cierto número de monjas visitó Cister para la fiesta de la dedicación de la iglesia y cantó el oficio conjuntamente con los monjes. Lo mismo se repitió en 1220, en una ocasión similar, en Savigny, cuando las monjas hasta se sentaron en el refectorio de la abadía. El Capítulo General protestó en ambas ocasiones, porque entonces las reglamentaciones de la clausura se habían hecho mucho más rigurosas, y tales «excesos» no podían seguir siendo tolerados.

Cuando se llegó a un punto tal que, aun a la abadesa raramente se le permitía traspasar los límites de la clausura, el abad apadrinante debía proveer a todas las necesidades de una comunidad totalmente enclaustrada, y por ende completamente dependiente. A las abadesas no se les permitió ya visitar sus propias fundaciones o participar en capítulos o convenciones de monjas. En ese momento, la respetabilidad y buen nombre de un convento dependía en gran parte de la rígida observancia de la clausura, y así el dilema del Capítulo General cisterciense al encarar el problema estaba limitado a la elección entre el rechazo o la aprobación en términos absolutos. Una decisión a favor de esta última significaba responsabilidades morales y materiales graves y pesadas.

La aceptación de tales riesgos por parte del Capítulo en los primeros años del siglo XIII abrió una verdadera compuerta, y muchos abades se encontraron abrumados por el torrente de obligaciones causadas por las monjas. En términos prácticos, la «incorporación» beneficiaba a las comunidades femeninas haciéndolas partícipes de todos los derechos y privilegios cistercienses, incluyendo la exención, pero el Capítulo General tenía que legislar para ellas, darles a cada una un abad inmediato capaz, quien les tenía que proveer de capellanes y confesores, a la vez que de procuradores y conversos a cargo de sus propiedades. El padre inmediato debía controlar la admisión en el monasterio, y ver que el número de monjas no creciera más allá de sus posibilidades económicas. El abad presidía las profesiones y las elecciones de abadesas, era responsable de la disciplina de la comunidad por medio de las visitas anuales, el primero en arbitrar en las disputas entre monjas, y su defensor en los litigios con los extraños. Si la casa atravesaba dificultades financieras, debían tratar de aliviarlas y si la gravedad del problema sugería la dispersión, traslado o supresión de la misma, la decisión era tomada por el Capítulo General, sobre la base del informe del padre inmediato.

Siempre que el padre inmediato tuviera más de una casa bajo su cuidado, sus tareas podrían aumentarse hasta proporciones incontrolables. Por esta razón el Capítulo General volvió en 1220 sobre sus pasos y votó la resolución prohibiendo cualquier nueva incorporación de monasterios femeninos. Sin embargo, ésta no fue tenida en cuenta y, en 1225 y 1228, el Capítulo tuvo que volver a tomar la misma decisión. En 1239, los padres capitulares destacaron que la falta de observancia de la ley estaba causando escándalos graves y amenazaron a todos los transgresores con castigos ejemplares. Dado que las monjas que solicitaban la admisión burlaban la prohibición obteniendo un breve papal apoyando su petición, el Capítulo pidió en 1222 a la Santa Sede que se abstuviera de tales interferencias en el futuro. Después de un cierto número de admisiones forzadas, el Capítulo de 1251 llegó a obtener de Inocencio IV la última garantía: la Orden tenía libertad para ignorar futuros breves papales en este asunto y cesar por completo las incorporaciones.

A mediados del siglo XIII la gran arremetida había concluido. Todavía había nuevas fundaciones o incorporaciones, pero las que llamaban en vano a las puertas de Cister, podrían encontrar con facilidad protección bajo el amparo de los dominicos o franciscanos. No hay datos fidedignos sobre el número de conventos que se titulaban cistercienses sin estar incorporados y, por consiguiente, al seguir bajo autoridad diocesana, el Capítulo no tenía control sobre ellos. En su máximo auge, es probable que el número total de monasterios femeninos fuera mayor que el de los masculinos.

En Inglaterra y Gales había únicamente treinta y dos casas, la mayoría prioratos; las cifras eran aún menores en Irlanda y Escandinavia. Pero los Países Bajos tenían hacia mediados del siglo XIII unas setenta, Portugal diez, y España e Italia también unas setenta cada una. En la zona germana, incluyendo Austria y Suiza, había unas trescientas; Francia estaba un poco detrás con unos doscientos monasterios. De acuerdo con una lista del siglo XV, el número total de casas incorporadas ascendía a doscientas onces.

En el siglo XIII, el déficit de monjes disponibles exigió un compromiso bastante peculiar. Las abadías a cargo de monjas de la Orden aceptaban en su noviciado clérigos y sacerdotes dispuestos a atenderlas. Después de haber sido formados en la liturgia y espiritualidad cisterciense, hacían sus votos en el monasterio femenino, en presencia de la abadesa, a quien prometían obediencia. Estos sacerdotes vivían permanentemente al servicio de la comunidad de hermanas. Vestían el hábito cisterciense, pero no eran miembros de la Orden estrictamente hablando, porque no pertenecían a ningún monasterio masculino, y su superior inmediato era una abadesa. Este estado de cosas subsistió hasta el Concilio de Trento, cuyos cánones reformaron fundamentalmente la vida monástica de ambas ramas. De acuerdo con las decisiones del Capítulo de 1601, miembros de la Orden de edad madura quedaron al cuidado espiritual de las monjas. Al mismo tiempo, otros miembros de la Orden, o laicos capaces y de confianza, asumían la responsabilidad de la administración económica de sus propiedades.

Cuando el padre inmediato no podía proporcionar a las monjas la ayuda de los conversos que necesitaban, las comunidades tenían autorización para admitir a sus propios hermanos legos. Éstos recibían cierta formación inicial con los monjes, pero hacían su profesión ante la abadesa. Vivían fuera del claustro de las monjas, y eran responsables de las propiedades y distintos talleres. Después de la virtual desaparición de los conversos, las monjas se vieron obligadas a recurrir a seglares, quienes, como laicos piadosos, podían convertirse en familiares. Además de las monjas de coro, la mayoría de los monasterios tenían un cierto número de hermanas legas, reclutadas entre las clases menos afortunadas de la sociedad, con obligaciones similares a las de los conversos.

Aunque muchas de las casas femeninas poseían extensas posesiones, el éxito económico y el papel logrado en el desarrollo agrícola por las monjas, distó mucho del alcanzado por las abadías masculinas, a causa de que nunca prosperó el cultivo directo de las granjas. Por ejemplo, la fundación real de Las Huelgas, en Burgos, incluía una extensión de sesenta y cuatro parroquias (unos 6.000 km²).

Los monasterios femeninos medievales ocuparon siempre un lugar notable en la estructura de la sociedad de su época. Para las viudas o las solteras pertenecientes a las clases más altas, difícilmente se podía aceptar otro estado de vida que no fuera el religioso. Incluso se puede pensar que la minoría del personal conventual consistía en mujeres, para las que la vocación religiosa era una segunda elección. Sin embargo, mientras los ideales religiosos del medioevo se mantuvieron intactos, tales disposiciones nunca menoscabaron la atmósfera de una espiritualidad sincera, profunda y devota. Este trasfondo social fue también responsable de que, en gran número de casas, sólo se admitieran miembros de la nobleza en el rango de monjas de coro, mientras que la dignidad de abadesa estaba reservada a la más rancia aristocracia y, en raros casos, princesas reales. Aún más, el monasterio ofreció por mucho tiempo la única posibilidad de obtener educación superior a las niñas pertenecientes a las clases altas. Mientras los monasterios masculinos rechazaron admitir niños, las monjas cistercienses siempre recibieron niñas para su educación. Santa Matilde de Hackeborn entró en una casa cisterciense a la edad de siete años; y santa Gertrudis la Magna a los cuatro. El curriculum era básicamente igual al de las escuelas monásticas o capitulares para niños, y con frecuencia incluía un curso completo de trivium y quadrivium, ya que el latín era indispensable para el oficio diario y la lectio divina. Los grados superiores de estas escuelas se reservaban generalmente para las niñas que quisieran unirse a la comunidad. Las reglamentaciones del Capítulo de 1601 decretaban explícitamente que, después de los doce años, sólo serían educadas dentro de los recintos monásticos las adolescentes con vocación religiosa.

Las casas femeninas cistercienses de los siglos XIII y XIV constituyeron centros influyentes de la nueva espiritualidad iniciada por san Bernardo. Algunas de sus discípulas auténticas contribuyeron eficazmente a la historia del misticismo cristiano, y sus escritos nunca cesaron de inspirar a las almas enamoradas de Dios. Entre muchos otros, el monasterio de Helfta, en Sajonia, bajo el abadiato de Gertrudis de Hackeborn (1251-1292) se convirtió en una importante escuela de místicas, aunque la comunidad perteneció a la larga lista de casas no incorporadas. La hermana de la abadesa, Matilde de Hackeborn, y Gertrudis la Magna, que por entonces vivía como simple monja, eran bien conocidas por sus revelaciones. Otra gran mística de esta época, Matilde de Magdeburgo, pasó también los últimos años de su vida en Helfta.

Este grupo de monjas fue uno de los primeros en difundir la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Alrededor de Villers, en Brabante, se formó un grupo de comunidades con el mismo tipo de espiritualidad. Su mayor gloria fue santa Lutgarda de Aywières († 1246), cuyas visiones del Señor mostrándole su Corazón traspasado constituyeron la primera revelación del Corazón de Jesús que se ha registrado. Integrantes notables del mismo grupo fueron la Venerable Ida de Lovaina, que recibió los estigmas, y otras dos del mismo nombre, ambas monjas del monasterio de La Ramée, también en Brabante, centro renombrado de santidad y cultura. La Venerable Alicia de Schaarbeck, monja de La Cambre, cerca de Bruselas, sufrió el martirio de la lepra, al mismo tiempo que sanaba los enfermos simplemente con tocarlos. Por ese entonces había muchas damas nobles que, aunque pasaron solamente sus últimos años en un monasterio cisterciense, alcanzaron un alto grado de santidad: la Venerable Juana, hija de Balduino, primer Emperador latino de Constantinopla, que terminó sus días en Marquette, cerca de Lille; santa Eduvigis, patrona de Silesia y tía materna de santa Isabel de Hungría, quien después de la muerte de su esposo, el duque Enrique de Silesia, concluyó su vida en el monasterio de Trebnitz, donde su hija era abadesa.

Siempre que se trate de dar una visión amplia de los monasterios femeninos medievales, hay que evitar, en lo posible, las generalizaciones. Las diferencias entre las diversas instituciones parecen ser más numerosas que los casos que encuadran dentro de las categorías preconcebidas.

Mientras las fundaciones reales francesas, se destacaban en bienes y población, un cierto número de comunidades pequeñas luchaban constantemente por sobrevivir. La gran Maubuisson, erigida en 1236 por Blanca de Castilla, madre de Luis IX, en el gótico más delicado, estuvo pródigamente dotada, y con capacidad para albergar hasta ciento cuarenta monjas, reclutadas entre la más rancia aristocracia. Varias abadías, como Notre-Dame du Lys y Port-Royal fueron fundadas con igual generosidad. Pero la riqueza y la distinción social atrajeron a esos lugares a señoras, cuyo único motivo para abrazar la vida religiosa, era sólo no haberse casado.

Una vez establecido el sistema comendatario, algunas abadesas eran nombradas a voluntad del rey, movido por conveniencias sociales o dinásticas.

El abuso más notorio se registró en 1597, bajo Enrique IV, cuando éste nombró abadesa de Maubuisson a Angélique d’Estrées, que tenía varios hijos, fruto de diversos amantes. Era hermana de una concubina de Enrique IV, la cual le había «proporcionado» el escandaloso nombramiento. Sobre la tumba de la santa reina Blanca de Castilla, se celebraban fiestas mundanas. Finalmente, muerto el rey, el abad general Nicolás Boucherat, pudo entrar en el cenobio mediante la fuerza militar y poner en fuga para siempre a tan indigna mujer.

Rifreddo, al pie de los Alpes, nos puede dar una imagen bastante típica de una comunidad monástica. Después de su fundación en 1220, las monjas tuvieron que esperar veinte años para ser incorporadas a la Orden por medio de un breve papal. Los beneficios de la estima pública y la asistencia administrativa no parecía compensarlas de su pérdida de libertad. La rígida clausura las obligó a abandonar el cuidado de sus tierras y las hizo depender por completo de su nuevo «padre», el abad de Staffarda. Como los monjes nunca podían proveer de suficientes conversos, las propiedades de Rifreddo tuvieron que ser arrendadas por una suma anual fija, que permitía mantener a unas veinte monjas. La desilusión que produjo este arreglo motivó litigios entre las monjas descontentas y los monjes, litigios que duraron décadas.

El rasgo característico de la economía de las monjas fue el abandono precoz del cultivo independiente de sus fincas, confiando en las rentas y diezmos, lo que dio por resultado una rigurosa limitación en el número de sus componentes. Éste fue el objetivo principal de la visita regular de Esteban Lexington como abad de Savigny, cuando visitó los monasterios femeninos dependientes de su abadía, en la década de 1230. Quedó profundamente desconcertado por la bancarrota económica de varios de ellos. Entre las medidas tendientes a contrarrestarla, prohibió recibir préstamos mayores de 10 livres tornois sin su autorización; consciente del «incremento y multiplicación diaria de la malicia en el mundo», desconfiaba de la capacidad de las monjas para protegerse. Mientras pudo afrontarlo, estuvo dispuesto a proporcionar una comunidad reducida de monjes y hermanos a cargo de todas las tareas administrativas de las casas femeninas. En Monce, diócesis de Tours, encontró a las monjas en dificultades económicas, y redujo por consiguiente su número de treinta a veintiocho, pero les dio cuatro sacerdotes y dos conversos para ayudarlas. La hospitalidad indiscriminada parece ser otro de los problemas. El austero abad Esteban les prohibió dar albergue a «estudiantes errantes (goliardi) y otros vagabundos, que pretendían ser sacerdotes…, lo mismo que a laicos disolutos». Sólo podían ser recibidos los «verdaderamente enfermos y los auténticamente pobres», y aun debía advertirse a los monjes o hermanos que buscaran hospitalidad en los monasterios de la vecindad. La admonición alcanzaba también a las mujeres. Las de mala reputación o embarazadas debían mantenerse alejadas, aunque podían ser admitidas las madres con niños pequeños, si eran pobres y sus hijos tenían menos de cuatro años.

Les Blanches, una de las primeras fundaciones de Sabigny (1105), gozaba de cierta holgura en ese momento. Esteban insistió simplemente en que el número de monjas no debía exceder de cincuenta. Pero la comunidad no poseía suficientes hermanas legas, y en consecuencia tuvo que emplear a un cierto número de sirvientas. Estas tenían que prometer fidelidad a la comunidad, castidad mientras estuvieran al servicio de la misma, y también debían hacer un voto de no divulgar los secretos de la casa a la gente de afuera. No se admitían niñas menores de doce años, y debían esperar hasta los diecinueve para comenzar su noviciado. Esta última reglamentación fue bastante flexibles en la práctica. En Saint-Antoine-desChamps, en las inmediaciones de París, el Abad de Sabigny aceptó la admisión de niñas en la «edad de la discreción», que a su juicio era a los ocho años. En Port-Royal recomendó a las monjas no excederse del número fijado de sesenta, «no sea que la imprudente multiplicación de sus miembros las obligara a salir a mendigar (como) a las hijas de Job», poniendo en serio peligro sus almas y dañando gravemente su buena fama.

En el siglo XIV, comenzó una decadencia general de las casas femeninas por las mismas causas que originaron los serios problemas que afectaban a los monjes. Los monasterios de mujeres eran aún menos resistentes a los desastres causados por la guerra o la peste que las abadías masculinas. Muchas abandonaron sus claustros rurales y se mudaron en forma permanente a las ciudades fortificadas; otros quedaron tan despoblados que debieron ser suprimidos. En algunos casos aislados, varias comunidades harto reducidas, se fundían en una. En los casos de supresión, las abadías cistercienses más cercanas heredaban sus posesiones. Si las abadías contaban todavía con personal suficiente, convertiam las casas abandonadas en monasterios. El Capítulo General pronunciaba la última palabra en esos casos y, entre 1350 y 1450, se tomaron varias decenas de medidas drásticas. En 1393, por ejemplo, Beaufay fue suprimido y sus bienes se incorporados a Morimundo, porque sólo habían quedado dos monjas en el claustro completamente arruinado, había cesado el Oficio Divino y no había esperanza de una renovación con posibilidades de éxito. Era tan frecuente la penuria económica, que, en 1339, el Capítulo General dispensó a todas las casas femeninas cistercienses de hacer las contribuciones habituales a la administración central de la Orden.

El mantenimiento de la disciplina se convirtió en un problema igualmente difícil en las comunidades que aún subsistían. Desde fores del siglo XIV, el Capítulo General debió tomar, con frecuencia, medidas disciplinarias contra monasterios femeninos de conducta relajada, e incluso escandalosa. El lujo en el vestir, el comer en los aposentos y la violación de la clausura, constituían los cargos más comunes que eran, en parte, el resultado de una costumbre imperante, de que las damas nobles se mudaran al convento como «pensionistas», acompañadas por sus sirvientas, y su ejemplo fue imitado por las propias monjas. Más de una vez, se aplicaron medidas extremadamente drásticas contra las casas más recalcitrantes. No obstante, ni siquiera los más severos castigos pudieron detener la decadencia general, de la cual la rama masculina de la Orden no está por completo libre de culpa. En efecto, las visitas regulares de los padres inmediatos se hicieron cada vez más raras o cesaron por completo; el cuidado espiritual de las casas fue descuidado o asumido por sacerdotes de otras órdenes, y el ejemplo dado por los monasterios masculinos vecinos no fue siempre el más edificante.

La disolución general llegó a su punto culminante en la época de la Reforma, cuando la mayoría de las casas femeninas cistercienses alemanas fueron secularizadas, y las monjas dispersadas. Es interesante destacar que la esposa de Lutero, Catalina de Bora, había sido monja cisterciense. Sin embargo, un número importante de monasterios alemanes quedaron en pie después de la Reforma. La gira de visitas regulares por todo ese país, realizada por el abad general Nicolás Boucherat I, reveló que quedaban setenta y una comunidades suficientemente pobladas, con un total de novecientas setenta y dos monjas de coro, trescientas ochenta y nueve hermanas legas, setenta y tres novicias, y sesenta y ocho postulantes. Empero, un siglo de conflictos religiosos y las guerras de Luis XIV hicieron que la vida de estas comunidades se tornara precaria en extremo. La guerra interminable expuso a los peores desastres a los monasterios todavía florecientes ubicados en Renania y Flandes. En toda Europa, pero en especial España y Francia, las fuerzas de la contrarreforma inspiraron vigorosos movimientos de profunda renovación.

Los esfuerzos realizados para lograr una reforma integral entre las monjas fueron simultáneos a las actividades similares llevadas a cabo entre los hombres. El Capítulo General de 1601 legisló detalladamente para las comunidades femeninas, dando nuevo énfasis a las tareas de los padres inmediatos, capellanes y confesores, reglamentando la jornada de las monjas, la liturgia y los ejercicios espirituales, la admisión de nuevos miembros, la administración de sus bienes, reforzando la clausura estricta y excluyendo al personal laico del recinto monástico. El abad Nicolás Boucherat II demostró ser un celoso promotor de la reforma entre las monjas. Después de haber apoyado cierto número de iniciativas locales, promulgó en 1624 un decreto, por el cual ordenaba la observancia inmediata de la clausura en todas las casas femeninas bajo su jurisdicción, como condición para admitir novicias o dar validez a las profesiones.

En España, la reforma fue iniciada en 1584 con el apoyo de la abadesa de Las Huelgas. Bajo sus auspicios un grupo de monjas se dirigió en 1595 a Valladolid, donde fundaron el convento de San Joaquín y Santa Ana. Se autotitularon «Recoletas», dedicadas a la estricta observancia de la Regla de san Benito. El movimiento se extendió a casi una docena de comunidades, que formaron la «Federación de Valladolid». La organización sobrevivió a la ola de secularización del siglo XIX y resurgió en parte en 1955 con las monjas de la «Federación Española de la Regular Observancia».

Saboya demostró ser otra región de vigorosa reforma religiosa, inspirada por el gran obispo de Ginebra, san Francisco de Sales (1567-1622). Una pariente lejana suya, Luisa de Ballon, intentó mejorar la relajada disciplina del convento de Santa Catalina, en 1617, contando con su asistencia. Sin embargo algunas monjas ofrecieron tal resistencia, que las reformadoras se vieron obligadas a trasladarse a Rumilly, donde realizaron una nueva fundación. Esta comunidad prosperó más allá de cualquier expectativa halagüeña, y la reforma se difundió a otras quince casas, formando la congregación de las «Bernardas de la Divina Providencia», que ya no dependía más de la autoridad de Cister. La constitución de la nueva organización estaba inspirada en la de las «visitandinas», la orden de monjas creada bajo la guía de san Francisco de Sales, y fue aprobada por la Santa Sede en 1634. En la época de la Revolución Francesa, esta congregación contaba con veinticinco conventos.

Mientras la Madre Ballon luchaba contra las monjas reticentes de Santa Catalina, otra mujer devota, Luisa de Ponçonas vivió una experiencia similar en la comunidad de Ayes, en la provincia del Delfinado. Siguiendo los consejos del propio san Francisco se unió a las monjas de Rumilly en 1622 y llegó a ser maestra de novicias bajo la Madre Ballon. Pero las dos reformadoras no compartían los mismos puntos de vista y pronto se separaron sus caminos. Después de varias fundaciones, el grupo que seguía a la Madre Ponçonas se estableció en París, donde vivieron de acuerdo a las reglamentaciones primitivas de las monjas cistercienses. El pequeño grupo (sólo tres monasterios) adoptó el nombre de «Bernardas de la Preciosa Sangre»; sus reglas fueron aprobadas en 1661 por Juan Jouaud, vicario general de la Estricta Observancia cisterciense.

La reforma de Tart, cuna de las monjas cistercienses, comenzó a principios del siglo XVII, pero obtuvo considerable notoriedad sólo después del nombramiento de Juana de Courcelle de Pourlans como abadesa, en 1617. Nicolás Boucherat II, el padre inmediato de Tart, apoyó con entusiasmo el nombramiento, pero su figura fue eclipsada rápidamente por Sebastián Zamet, obispo de Langres. Este último era un prelado influyente, ambicioso, que soñaba con una congregación de monjas reformadas bajo su patrocinio. En 1623 la comunidad se mudó a Dijon y el Capítulo General de ese mismo año aprobó un nuevo cuerpo de reglamentaciones de gran austeridad.

Después de la muerte de Boucherat, su sucesor, Pedro Nivelle, molesto por la intervención de Zamet, trató de recobrar la autoridad sobre las monjas. El obispo, contando con el amplio apoyo de las hermanas, reaccionó y obtuvo un breve en Roma que le otorgaba plena jurisdicción sobre el convento; acto seguido, Nivelle excomulgó a la abadesa y buscó apoyo en el Parlamento de Dijon. Zamet no sólo ganó el caso, sino que se aseguró de Luis XIII el derecho de elegir abadesas, por términos de tres años. El próximo paso en el plan de Zamet fue formar una nueva orden femenina dedicada a la adoración perpetua, que ostentaba el nombre de «hijas del Santísimo Sacramento». La nueva organización ayudaría a Port-Royal, Lys y Tart, con sus casas afiliadas. El ambicioso obispo no escatimó esfuerzo en beneficio de su proyecto, pero no fue capaz de sortear los problemas creados por los intereses y las influencias en conflicto, y abandonó el plan.

La reforma de Port-Royal creó la mayor conmoción dentro y fuera de Francia. La historia de este famoso convento se ha narrado innumerables veces, porque entre sus monjas encontraron amparo y apoyo entusiasta los primeros jansenistas, quienes arrastraron a toda la comunidad a una célebre pero a la postre, trágica controversia. Las últimas fases de una secuencia de hechos dramáticos ocurrieron mucho después de que Port-Royal abandonara la Orden Cisterciense; por consiguiente, sólo necesitamos añadir unas pocas palabras sobre la iniciación del movimiento.

Port-Royal, cerca de Versalles, fue fundado en 1204 y, en poco tiempo, se convirtió en una comunidad próspera y floreciente. Sin embargo, hacia fines del siglo XVI, como tantas otras instituciones similares, había decaído mucho en todo sentido. Sus doce componentes vivían una vida relajada, sin clausura. Como era frecuente bajo Enrique IV, una niña de siete años fue nombrada coadjutora de la abadesa, de edad avanzada, y en 1602 la niña, que todavía no llegaba a los once pero con todo desparpajo pretendía tener dieciocho, fue investida como abadesa. Se llamaba Angélica Arnauld, hija de un adinerado e influyente abogado parisino. No se diferenciaba mucho de sus desaprensivas compañeras, hasta que, después de escuchar un sermón de un fraile capuchino que estaba de visita, experimentó una conversión súbita. Luego, en una escena que sus admiradores posteriores hicieron inolvidable, con toda la audacia de sus dieciocho años, cerró los portones en la cara de los parientes que las visitaban y reintrodujo la regla de clausura. La fecha fue el 25 de septiembre de 1609, el famoso «día del portillo del convento» (Journée du Guichet), extraña mezcla de drama y comedia.

Desde este día en adelante, toda una pléyade de almas piadosas se congregó alrededor de Port-Royal, deseosas de asistir a la joven heroína y compitiendo entre sí por la distinción de llevar adelante su admirable reforma. Por un momento, el abad Maugier de La Charmoye parecía tener posibilidades de atraer la comunidad a la Estricta Observancia cisterciense. Luego, se hizo notoria la influencia de san Francisco de Sales, sólo interrumpida por la muerte de este último, ocurrida en 1622. Le sucedió el obispo Zamet, que casi logra convencer a Angélica de la necesidad de fundar una nueva orden con Tart y Lys. El plan tuvo solamente una realización parcial, pero, como compensación la Madre Angélica pudo reformar Maubisson, después de desalojar a su infame homónima. El papel decisivo, empero, estaba reservado al Abbé de Saint-Cyran, que fue el primero en dirigir a las deslumbradas monjas hacia el jansenismo.

La ruptura de Port-Royal con Cister ocurrió al mismo tiempo, y por la misma razón que la de Tart: Zamet convenció a la Madre Angélica de que el nuevo general de Cister, Pedro Nivelle, era enemigo de la reforma, y por consiguiente ella nunca tendría éxito en sus planes mientras la comunidad estuviera bajo su jurisdicción. Hechas las presentaciones del caso en Roma, Urbano VIII eximió en 1627 a Port-Royal de la autoridad del General, y puso el convento autónomo bajo jurisdicción del arzobispo de París. Los acontecimientos turbulentos que determinaron la supresión de Port-Royal en 1709 y la demolición de su iglesia y claustro, como venganza, dos años más tarde, no pertenecen a la historia cisterciense.

Varias reformas locales, menos conocidas, tuvieron lugar en toda Francia. Les Blanches, que en 1590 tenía solamente tres monjas incluyendo la priora, se recuperó bajo Isabel de Saussay (1604-1631) y, hacia 1641, la comunidad contaba con treinta monjas de coro y diez conversas. Villers-Canivet, antiguo monasterio perteneciente a la filiación de Savigny, fue reformado bajo Elena de la Moricière (1593-1636), fundó un nuevo convento en Torigny y desempeñó un papel muy activo en la renovación religiosa de Normandía en el resto del siglo.

Las reglamentaciones de Torigny fueron aprobadas por el abad general Nivelle, aunque exigían prioras elegidas trienalmente. La comunidad mantuvo una escuela de alumnas pupilas. Hacia fines de siglo, Torigny cayó bajo la influencia de Clairets, el convento reformado por Rancé, y se unió al grupo de casas pertenecientes a la Estricta Observancia cisterciense. En 1723, Torigny tenía veintiuna monjas de coro y siete conversas.

La institución de las hermanas legas fue cuestionada y criticada con frecuencia dentro de la Orden a comienzos del siglo XVII. La mayoría de los argumentos tenían su base en una bula de Pío V (1566-1572), que exigía se interrumpiera la admisión de conversas. Edmundo de la Croix, de Cister, y Denis Largentier, de Claraval, creían que las profesiones de las hermanas legas, y aun las de los hermanos era simples promesas sin las consecuencias jurídicas de los votos solemnes. La bula papal causó poco impacto en una práctica de tantos años y terminó por prevalecer la opinión que sostenía el status tradicional de las profesiones para hermanos y hermanas legas.

Durante el transcurso del siglo XVIII, las reglamentaciones estrictas de las reformas precedentes se relajaron con frecuencia, y muchos conventos para probar su utilidad social, abrieron escuelas en otras instituciones protectoras para niñas. La Cambre, en Flandes, donde las monjas dirigieron una escuela para niñas, de gran reputación a partir del siglo XVI, constituye uno de los ejemplos principales. En 1787 ciento cincuenta niñas estaban de pupilas en la abadía, muchas de las cuales gozaban de becas o recibían instrucción gratuita. En ese año, el convento albergaba a treinta monjas de coro y veintitrés conversas. La mayoría de las monjas provenían de la burguesía. La comunidad era próspera y, aparentemente, mantenía un nivel de disciplina razonable, aunque no estaban exentas de la sofisticación del Iluminismo. En 1759, las monjas representaron en el convento la comedia bufa de Molière, «Médico a pesar suyo» (Le medicin malgré lui), distribuyéndose entre ellas los papeles masculinos y femeninos. Para acallar cualquier escrúpulo de conciencia de personas anticuadas, el programa ostentaba una nota bien visible, asegurando a la audiencia que contaban «con el permiso de los superiores».

La abadía de Herkenrode, en la provincia de Limburgo (Bélgica), fue un ejemplo de las comunidades donde todas las postulantes tenían que probar su nobleza antes de ser admitidas. Era la más rica entre las instituciones similares de la región, sin cumplir otra función social que no fuera albergar confortablemente a un cierto número de solteras. Una abadesa del siglo XVII eligió el siguiente lema, debajo de su escudo de armas: «Abundancia de Dios». Hacia fines del siglo XVIII la comunidad contaba todavía con un ingreso anual de 95.000 florines, la mayoría provenía de rentas y diezmos. Mientras tanto, la disciplina monástica había desaparecido casi por completo, y se hicieron intentos para convertir la institución en una casa de canonesas. Herkenrode siguió siendo cisterciense, aunque sólo de nombre, hasta su supresión en 1797. Las veinticinco o treinta monjas vivían en sus departamentos propios, donde recibían invitados, mantenían sirvientas, y tenían permiso para salir del convento y pasar largas vacaciones con sus familiares.

La Revolución Francesa cerró todos los monasterios de monjas y la misma política prevaleció en todos los territorios europeos donde se extendió su influencia. Sin embargo, en la práctica, la ejecución de tales decretos no fue tan enérgica como en los monasterios de varones, sobreviviendo por consiguiente, un número considerable de casas, especialmente en España.

Durante el renacimiento del siglo XIX, algunos cenobios se unieron a la pujante observancia trapense y conservaron su carácter contemplativo. Grupos más activos de monjas eligieron unirse a la Común Observancia, y se ocuparon de obras de caridad. En 1891, un total de ochenta y seis cenobios aceptaron distintos grados de dependencia en la común Observancia, reuniendo a 1.629 monjas de coro y 566 conversas. En el mismo año, veintiocho conventos pertenecientes a la Estricta Observancia tenían en conjunto 559 monjas y 596 legas.

Hasta 1953, no hubo cambios significativos en el número de casas o en la cantidad de personal. En ese año, el total de las instituciones afiliadas a la Común Observancia llegaba a 88, albergando a 1.739 monjas y 688 conversas. En el mismo año, las estadísticas relativas a la Estricta Observancia indicaban 30 casas, con 879 monjas, 700 conversas.

Durante el resto de la década del cincuenta, las trapenses experimentaron un crecimiento considerable, aumentando el número de monasterios a 48 y contando con más de 2.000 monjas. Luego la renovación de la década del sesenta produjo una reducción considerable de vocaciones. Hacia finales de 1972 todavía mantenían todas sus casas, pero el número de monjas de coro profesas era de 1.450 y el de legas sólo de 152.

Durante el mismo período, las monjas de la Común Observancia sufrieron una experiencia similar. En 1974 poseían ochenta y seis casas con un total de 1.133 monjas de coro y 240 conversas. En los últimos años, la comunidad de hermanas legas experimentó la misma transformación ocurrida entre los monjes. La tendencia que prevalece tiende a la eliminación de las diferencias que habían separado tradicionalmente a ambas categorías.

Gracias a la profunda renovación de la vida religiosa impulsada por el Concilio Vaticano II, las reglas de clausura se han suavizado mucho, posibilitando así a las monjas realizar encuentros nacionales, y aun Capítulos Federales. Las diversas «federaciones» de la Orden han realizado, con buen resultado, varias sesiones.

Las monjas bajo la regla de la Estricta Observancia organizaron su primer Capítulo General en 1971; en 1975, su segundo Capítulo General reunido en Roma congregó a noventa y una monjas, representando a cuarenta y nueve monasterios. Entre esas dos sesiones del capítulo surgió la posibilidad de cinco nuevas fundaciones, atestiguando que la «crisis vocacional» de los primeros años ha disminuido considerablemente. El aumento de vocaciones femeninas en Japón es uno de los signos más notables del cambio de tendencia.

 

Bibliografía

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L.J. Lekai, Los Cistercienses Ideales y realidad, Abadia de Poblet Tarragona , 1987.

© Abadia de Poblet

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