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Los Cistercienses
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Las monjas cistercienses
Los fundadores de Cister no
tenían ninguna intención de establecer una nueva orden masculina, y
mucho menos de intentar una para mujeres. Sin embargo, en un lugar
llamado Tart, a unos
10 km. al norte de
Cister, se hizo en 1125 una fundación para mujeres piadosas, que estaban
decididas a imitar el austero ejemplo de los monjes
cistercienses.
Así como Cister tuvo su origen
en Molesme, Tart
reconoce como cuna a Jully, monasterio patrocinado hacia 1113 por el
abad Guido de
Molesme, sucesor inmediato de san Roberto. Allí se congregaron las
viudas y las parientes de los monjes de Molesme, bajo la dirección del
abad de esta última abadía. La población de Jully aumentó
considerablemente después de que san Bernardo y sus compañeros se
unieran a Cister, porque sus esposas y hermanas también buscaron refugio
en dicha casa. La propia hermana de san Bernardo, Humbelina, ingresó en
la comunidad, y llegó a ser priora alrededor de 1128.
Las circunstancias de la
fundación de Tart no
son del todo claras, pero los primeros documentos escritos mencionan
como padrinos principales al obispo de Langres,
su capítulo catedralicio, la familia ducal
de Borgoña y Esteban Harding,
abad de Cister. La desbordante población de Jully
proporcionó el primer grupo de monjas, encabezadas por Isabel de Vergy,
que era probablemente la hija de la condesa del mismo nombre, conocida
como benefactora generosa y amiga del abad Esteban. No hay duda de que
la solicitud y el apoyo moral del santo abad de Cister fueron un factor
importante en el
éxito del establecimiento de monjas; por
otro lado, no
hay evidencia de que
el Capítulo General
cisterciense tomara responsabilidad alguna
por su suerte,
o de que los monjes
de la Orden intervinieran
de algún
modo en el
cuidado material o espiritual de
la nueva comunidad. Durante
todo el siglo XII
el Capítulo General
mantuvo una política
de no intervención, ya
que inmiscuirse en las
actividades de las
monjas podía hacer
peligrar el carácter puramente contemplativo de
la Orden.
Sin
embargo, la actitud
negativa del Capítulo
General no pudo
evitar que las
habitantes de Tart conformaran su
vida de acuerdo al
modelo proporcionado por Cister, y no es
imposible que
Esteban Harding
las guiara
en este sentido. Se
han perdido
las primitivas
reglamentaciones de
las monjas;
pero no
hay motivos para
dudar de que
las normas ascéticas de
su horarium
diario fueran distintas de
las seguidas por
los monjes. Empero,
es muy probable que
el trabajo agrícola
de las monjas
fuera algo menos intenso que
el de
los monjes.
A pesar de
los firmes
principios de no
interferencia, el ingreso de
las Congregaciones de
Savigny y Obazine en
1147 creó un nuevo
problema para Cister. Ambos grupos de
monasterios incluían conventos de monjas
afiliadas, y los
arreglos concernientes
a la unión
no consiguieron
precisar el
lugar de las
monjas dentro de la nueva
organización. Ante la
falta de directivas precisas,
la relación anterior entre
las abadías recién
admitidas y las
monjas bajo su
cuidado continuó. Después
de 1147, también
Tart fue reconocida
como fundación
de Cister, y por lo
tanto miembro
de la familia
cisterciense.
Mientras
tanto, prosiguió la
multiplicación de
monasterios femeninos sin la intervención formal
del Capítulo General,
aunque en algunos
casos recibían ayuda
o apoyo de abades
cistercienses, pero a
título personal. Esta
situación indujo a
la abadesa de Tart a
tomar la iniciativa y
organizar los monasterios femeninos
cistercienses, por lo
menos los
situados en el
Ducado y Condado de Borgoña.
Hacia fines del siglo
XII, la abadesa
de Tart convocaba
capítulos anuales
para sus dieciocho
casas afiliadas, en
la festividad de san
Miguel (29 de
septiembre), en presencia
del abad de Cister, o de
su representante.
La naturaleza y
organización de
la asamblea era
muy semejante a
la del Capítulo
General de Cister, y la abadesa
de Tart se arrogaba el
derecho de visitar y
corregir a todas sus
«hijas», para
mantener una disciplina
común. Nos
quedan muy pocas
crónicas de los capítulos de
Tart y, con toda
probabilidad, esas sesiones no se realizaron ya después de finalizar el
siglo XIV.
Entre las numerosas casas de
monjas cistercienses
de Castilla y León se estableció una organización similar. En 1187, el
rey Alfonso VIII de Castilla y su esposa Leonor apadrinaron la fundación
de Santa María la Real, en Burgos, conocida popularmente como Las
Huelgas. En 1188, a requerimientos del rey, el abad Guillermo de Cister
reconoció a Las Huelgas como la «madre» de todos los otros monasterios
femeninos cistercienses
del reino, y autorizaba la celebración de capítulos
semejantes a los de Tart.
En 1188 se llevó a cabo el primero de dichos
capítulos, en presencia de un cierto número de obispos y abades
cistercienses, pero algunas
comunidades, como Tulebras en Navarra y sus filiales, no mandaron
representación. Cuando el rey Alfonso se dirigió al Capítulo General de
Cister en 1191, pidiendo que presionara a las abadesas reticentes y las
obligara a presentarse en Las Huelgas, el Capítulo declinó su actuación,
alegando que no tenía jurisdicción sobre las monjas. De acuerdo con las
crónicas del Capítulo General existente, ésta fue la primera oportunidad
en que las monjas cistercienses
fueron objeto de discusión, aunque en forma
negativa.
Una docena apenas de abadesas
terminaron por concurrir a los capítulos realizados en Las Huelgas, el
día de san Martín de Tours
(11 de noviembre). La organización seguía las
líneas de la Carta de Caridad, salvo que la autoridad de la abadesa de
Las Huelgas estaba considerablemente aumentada, porque casi siempre una
princesa real ostentaba ese título y todos los demás componentes de la
floreciente comunidad estaban reclutados entre las filas de la nobleza
española. Esto explicaría la extraña costumbre por la cual la abadesa de
dicha casa se arrogaba privilegios especiales, como la bendición de
novicias, predicar homilías, etc. Inocencio III
puso coto a estas actuaciones en 1210.
Después del incidente de 1191,
la primera referencia a las monjas registradas en el Capítulo General
data de 1206: una prohibición de educar niños en sus monasterios. Luego,
en 1213 los padres capitulares declararon por sorpresa que «las monjas
ya incorporadas a la Orden no deberían abandonar libremente (sus
claustros)» y que en el futuro «ningún (monasterio) podría ser admitido
en la Orden, si no tenía clausura rigurosa». Sin duda, en algún momento
entre 1190 y 1210, fueron abiertas las puertas de la Orden para admitir
monjas, aunque el proceso de «incorporación» no fue nunca especificado
por el Capítulo, y de todas las condiciones posibles para la afiliación
formal sólo se resaltaba la clausura estricta.
Este cambio de actitud en los
padres capitulares, aparentemente inesperado, estuvo precedido, sin
embargo por varios hechos significativos. Uno de ellos fue la
proliferación espontánea de establecimientos femeninos, que, sin el
consentimiento formal de la Orden, seguían las reglas de Cister y se
autotitulaban cistercienses.
Ya por el 1150, el benedictino
Herman de
Tournai se refería a esas
resueltas mujeres como «esforzándose para vencer no sólo al mundo, sino
también su propio sexo; por su libre voluntad abrazaron con fuerza, y
aun con gozo la Orden de Cister, en la que muchos hombres y jóvenes
robustos temen ingresar. Dejando a un lado ropas de lino y pieles, usan
únicamente túnicas de lana. No sólo realizan tareas femeninas como hilar
y tejer, sino que salen a trabajar en los campos, cavando, derribando y
sacando árboles de cuajo con hachas y picos, arrancando cardos y zarzas,
trabajando asiduamente con sus manos y ganando su sustento en silencio.
Al imitar en todo a los monjes de Claraval, constituyen una prueba de la
verdad de las palabras del Señor: para el que cree, todo es posible».
A comienzos del siglo XIII,
otro agudo observador, el cardenal Jacques
de Vitry, informaba de que los «monasterios
femeninos cistercienses
se multiplicaban como las estrellas del cielo»,
citando que, exclusivamente en la diócesis de Lieja, se habían hecho
siete fundaciones en rápida sucesión. El mismo autor fue más lejos aún,
y estableció la relación entre la presión que las monjas ejercieron
sobre Cister y la decisión del Capítulo General premonstratense de
suprimir los dobles monasterios de la orden para canónigos y monjas y
prohibir la incorporación posterior de comunidades femeninas. La fecha
de este decreto, 1198, coincide con la fecha probable en que el Capítulo
General cisterciense
salió en ayuda de las hermanas abandonadas por sus antiguos protectores,
los premonstratenses, cambiando desde entonces su actitud prohibitiva.
La disponibilidad
cisterciense de asumir el
«cuidado de las
monjas» (cura monialium) hasta
entonces cuidadosamente
evitado, debe haber reconocido
como motivación
más importante, la relación
informal, pero muy
beneficiosa, entre
monjes y monjas, que
ya había existido antes de finalizar
el siglo. Esto se
puede demostrar
especialmente en las
grandes abadías
renanas y flamencas,
donde la feliz
asociación con las monjas
comenzó con la admiración
que san
Bernardo profesaba
a santa Hildegarda de Bingen († 1179) y
la amistad de esta última
con los monjes de
Villers, en Brabante. La fascinación
de la comunidad
por las revelaciones
místicas de la gran abadesa
benedictina generó un interés cada vez
mayor por
asuntos de esta índole,
dirigiendo la atención
de los monjes hacia los
grupos informales
de mujeres
devotas, conocidas
como beguinas. A todo lo
largo del siglo
XIII, Villers, Aulne y Lieu-Saint-Bernard
desempeñaron un activo papel
en el cuidado de
las comunidades de
beguinas. Los
monjes les dieron respetabilidad, protección
legal y orientación
teológica, a la
vez que las
beguinas inspiraron
a los monjes con su
profunda espiritualidad
y los ayudaron
a mantener
vivo el
fervor devocional en
una época en
que otros monasterios
experimentaban una
decadencia en su entrega original. Por
lo menos
en esa área geográfica,
los cistercienses
asumieron el papel de
los premonstratenses,
y continuaron guiando
a las beguinas, hasta
la aparición de
los frailes
mendicantes.
La
clausura fue el
principal problema que obligó al
Capítulo General a ser muy
circunspecto en
admitir monjas en la
Orden. El derecho
canónico del siglo
XII no era lo
suficientemente explícito en
la materia, y el abad
de la
casa patrocinadora, o «padre
inmediato», decidía las limitaciones reales
de la libertad
de las
monjas para salir
de sus claustros. El
espíritu de las
reformas de las
postrimerías del siglo XI
exigían severidad en esta
materia; en consecuencia, crecían las
responsabilidades de los
abades en proporción
a las restricciones
de libertad
de movimiento
de las
monjas. Mientras éstas
fueron libres de entrar y
salir de
la clausura, y por
ende capaces de atender a
sus propias necesidades,
cultivar sus fincas, atender sus
obligaciones comerciales, legales
o sociales,
todo lo
que necesitaban del
padre inmediato
era un capellán
o confesor.
Los abades de
la primera generación
cisterciense adoptaron
una posición
moderada en materia
de clausura. Las
monjas de Tart tenían
libertad para realizar
tareas agrícolas
fuera de
los muros de
la casa.
Pero esto se
hizo imposible en 1184,
debido a una bula de
Lucio III que
imponía a
las monjas una
regla de clausura más
estricta. Por
el año 1130,
el abad Hugo de Pontigny,
futuro obispo de
Auxerre, aprobó una
regla para monjas,
que permitía a
las hermanas salir del
claustro y trabajar
sus campos en pequeños
grupos. Hacia
1194, un cierto
número de monjas visitó
Cister para la fiesta
de la dedicación
de la iglesia
y cantó el
oficio conjuntamente con los
monjes. Lo mismo se
repitió en 1220, en
una ocasión
similar, en
Savigny, cuando las
monjas hasta se sentaron en
el refectorio de la
abadía. El Capítulo General
protestó en ambas ocasiones,
porque entonces las reglamentaciones
de la
clausura se habían hecho
mucho más rigurosas,
y tales «excesos»
no podían
seguir siendo
tolerados.
Cuando
se llegó a
un punto tal que,
aun a
la abadesa raramente se
le permitía traspasar los límites
de la
clausura, el abad
apadrinante debía proveer
a todas las
necesidades de una
comunidad totalmente enclaustrada, y por
ende completamente
dependiente. A
las abadesas no se
les permitió ya visitar sus
propias fundaciones o
participar en
capítulos o convenciones de monjas. En ese
momento, la
respetabilidad y buen
nombre de un
convento dependía en gran
parte de la
rígida observancia
de la
clausura, y así el
dilema del
Capítulo General cisterciense
al encarar
el problema
estaba limitado a
la elección entre
el rechazo o
la aprobación en términos
absolutos. Una decisión
a favor de esta última
significaba responsabilidades
morales y
materiales graves y pesadas.
La aceptación
de tales riesgos
por parte del
Capítulo en los primeros
años del siglo XIII
abrió una verdadera
compuerta, y muchos
abades se encontraron
abrumados por el
torrente de
obligaciones causadas por
las monjas.
En términos
prácticos, la «incorporación» beneficiaba
a las
comunidades femeninas
haciéndolas partícipes de todos
los derechos y
privilegios cistercienses,
incluyendo la exención, pero el
Capítulo General tenía
que legislar para
ellas, darles a cada una
un abad inmediato capaz,
quien les tenía que
proveer de
capellanes y
confesores, a
la vez que de procuradores y
conversos a cargo de sus propiedades.
El padre inmediato debía
controlar la admisión
en el monasterio, y ver que
el número de monjas no
creciera más
allá de sus
posibilidades económicas. El
abad presidía las profesiones y las
elecciones de abadesas, era responsable de la disciplina de la comunidad
por medio de las visitas anuales, el primero en arbitrar en las disputas
entre monjas, y su defensor en los litigios con los extraños. Si la casa
atravesaba dificultades financieras, debían tratar de aliviarlas y si la
gravedad del problema sugería la dispersión, traslado o supresión de la
misma, la decisión era tomada por el Capítulo General, sobre la base del
informe del padre inmediato.
Siempre que el padre inmediato
tuviera más de una casa bajo su cuidado, sus tareas podrían aumentarse
hasta proporciones incontrolables. Por esta razón el Capítulo General
volvió en 1220 sobre sus pasos y votó la resolución prohibiendo
cualquier nueva incorporación de monasterios femeninos. Sin embargo,
ésta no fue tenida en cuenta y, en 1225 y 1228, el Capítulo tuvo que
volver a tomar la misma decisión. En 1239, los padres capitulares
destacaron que la falta de observancia de la ley estaba causando
escándalos graves y amenazaron a todos los transgresores con castigos
ejemplares. Dado que las monjas que solicitaban la admisión burlaban la
prohibición obteniendo un breve papal apoyando su petición, el Capítulo
pidió en 1222 a la Santa Sede que se abstuviera de tales interferencias
en el futuro. Después de un cierto número de admisiones forzadas, el
Capítulo de 1251 llegó a obtener de Inocencio IV la última garantía: la
Orden tenía libertad para ignorar futuros breves papales en este asunto
y cesar por completo las incorporaciones.
A mediados del siglo XIII la
gran arremetida había concluido. Todavía había nuevas fundaciones o
incorporaciones, pero las que llamaban en vano a las puertas de Cister,
podrían encontrar con facilidad protección bajo el amparo de los
dominicos o franciscanos. No hay datos fidedignos sobre el número de
conventos que se titulaban cistercienses
sin estar incorporados y, por consiguiente, al
seguir bajo autoridad diocesana, el Capítulo no tenía control sobre
ellos. En su máximo auge, es probable que el número total de monasterios
femeninos fuera mayor que el de los masculinos.
En Inglaterra y Gales había
únicamente treinta y dos casas, la mayoría prioratos; las cifras eran
aún menores en Irlanda y Escandinavia. Pero los Países Bajos tenían
hacia mediados del siglo XIII unas setenta, Portugal diez, y España e
Italia también unas setenta cada una. En la zona germana, incluyendo
Austria y Suiza, había unas trescientas; Francia estaba un poco detrás
con unos doscientos monasterios. De acuerdo con una lista del siglo XV,
el número total de casas incorporadas ascendía a doscientas onces.
En el siglo XIII, el déficit
de monjes disponibles exigió un compromiso bastante peculiar. Las
abadías a cargo de monjas de la Orden aceptaban en su noviciado clérigos
y sacerdotes dispuestos a atenderlas. Después de haber sido formados en
la liturgia y espiritualidad cisterciense,
hacían sus votos en el monasterio femenino, en
presencia de la abadesa, a quien prometían obediencia. Estos sacerdotes
vivían permanentemente al servicio de la comunidad de hermanas. Vestían
el hábito cisterciense,
pero no eran miembros de la Orden estrictamente
hablando, porque no pertenecían a ningún monasterio masculino, y su
superior inmediato era una abadesa. Este estado de cosas subsistió hasta
el Concilio de Trento,
cuyos cánones reformaron fundamentalmente la vida
monástica de ambas ramas. De acuerdo con las decisiones del Capítulo de
1601, miembros de la Orden de edad madura quedaron al cuidado espiritual
de las monjas. Al mismo tiempo, otros miembros de la Orden, o laicos
capaces y de confianza, asumían la responsabilidad de la administración
económica de sus propiedades.
Cuando el padre inmediato no
podía proporcionar a las monjas la ayuda de los conversos que
necesitaban, las comunidades tenían autorización para admitir a sus
propios hermanos legos. Éstos recibían cierta formación inicial con los
monjes, pero hacían su profesión ante la abadesa. Vivían fuera del
claustro de las monjas, y eran responsables de las propiedades y
distintos talleres. Después de la virtual desaparición de los conversos,
las monjas se vieron obligadas a recurrir a seglares, quienes, como
laicos piadosos, podían convertirse en
familiares. Además de las monjas de
coro, la mayoría de los monasterios tenían un cierto número de hermanas
legas, reclutadas entre las clases menos afortunadas de la sociedad, con
obligaciones similares a las de los conversos.
Aunque muchas de las casas
femeninas poseían extensas posesiones, el éxito económico y el papel
logrado en el desarrollo agrícola por las monjas, distó mucho del
alcanzado por las abadías masculinas, a causa de que nunca prosperó el
cultivo directo de las granjas. Por ejemplo, la fundación real de Las
Huelgas, en Burgos, incluía una extensión de sesenta y cuatro parroquias
(unos 6.000 km²).
Los monasterios femeninos
medievales ocuparon siempre un lugar notable en la estructura de la
sociedad de su época. Para las viudas o las solteras pertenecientes a
las clases más altas, difícilmente se podía aceptar otro estado de vida
que no fuera el religioso. Incluso se puede pensar que la minoría del
personal conventual consistía en mujeres, para las que la vocación
religiosa era una segunda elección. Sin embargo, mientras los ideales
religiosos del medioevo se mantuvieron intactos, tales disposiciones
nunca menoscabaron la atmósfera de una espiritualidad sincera, profunda
y devota. Este trasfondo social fue también responsable de que, en gran
número de casas, sólo se admitieran miembros de la nobleza en el rango
de monjas de coro, mientras que la dignidad de abadesa estaba reservada
a la más rancia aristocracia y, en raros casos, princesas reales. Aún
más, el monasterio ofreció por mucho tiempo la única posibilidad de
obtener educación superior a las niñas pertenecientes a las clases
altas. Mientras los monasterios masculinos rechazaron admitir niños, las
monjas cistercienses
siempre recibieron niñas para su educación. Santa
Matilde de Hackeborn entró
en una casa cisterciense
a la edad de siete años; y santa Gertrudis la Magna
a los cuatro. El curriculum
era básicamente igual al de las escuelas
monásticas o capitulares para niños, y con frecuencia incluía un curso
completo de trivium
y quadrivium, ya que el latín era
indispensable para el oficio diario y la
lectio divina.
Los grados superiores de estas escuelas se reservaban generalmente para
las niñas que quisieran unirse a la comunidad. Las reglamentaciones del
Capítulo de 1601
decretaban explícitamente que, después de los doce años, sólo serían
educadas dentro de los recintos monásticos las adolescentes con vocación
religiosa.
Las casas femeninas
cistercienses de los siglos
XIII y XIV constituyeron centros influyentes de la nueva espiritualidad
iniciada por san Bernardo. Algunas de sus discípulas auténticas
contribuyeron eficazmente a la historia del misticismo cristiano, y sus
escritos nunca cesaron de inspirar a las almas enamoradas de Dios. Entre
muchos otros, el monasterio de Helfta, en Sajonia, bajo el abadiato de
Gertrudis de Hackeborn (1251-1292)
se convirtió en una importante escuela de místicas,
aunque la comunidad perteneció a la larga lista de casas no
incorporadas. La hermana de la abadesa, Matilde
de Hackeborn, y Gertrudis la Magna, que por
entonces vivía como simple monja, eran bien conocidas por sus
revelaciones. Otra gran mística de esta época,
Matilde de Magdeburgo, pasó también los
últimos años
de su
vida en
Helfta.
Este grupo de monjas
fue uno de
los primeros en difundir
la devoción al
Sagrado Corazón de
Jesús. Alrededor de
Villers, en Brabante,
se formó un
grupo de comunidades con el
mismo tipo de
espiritualidad. Su mayor gloria
fue santa Lutgarda de
Aywières († 1246), cuyas
visiones del Señor
mostrándole su Corazón traspasado constituyeron la primera revelación
del Corazón de Jesús
que se ha registrado. Integrantes
notables del mismo grupo
fueron la Venerable
Ida de Lovaina, que recibió los
estigmas, y otras
dos del mismo nombre,
ambas monjas del monasterio
de La
Ramée, también en Brabante,
centro renombrado
de santidad
y cultura. La Venerable
Alicia de Schaarbeck, monja de
La Cambre, cerca de
Bruselas, sufrió el martirio
de la
lepra, al mismo tiempo
que sanaba los
enfermos simplemente con
tocarlos. Por ese
entonces había muchas damas
nobles que,
aunque pasaron solamente sus
últimos años en un monasterio
cisterciense, alcanzaron un
alto grado de
santidad: la Venerable Juana, hija de Balduino,
primer Emperador
latino de Constantinopla, que terminó
sus días en
Marquette, cerca de Lille; santa Eduvigis, patrona de
Silesia y tía materna
de santa Isabel de Hungría, quien después
de la muerte
de su
esposo, el
duque Enrique de Silesia,
concluyó su vida en
el monasterio de Trebnitz, donde
su hija era
abadesa.
Siempre
que se trate de dar una
visión amplia de los
monasterios femeninos medievales, hay que evitar,
en lo posible, las generalizaciones. Las
diferencias entre las
diversas
instituciones parecen ser más numerosas que
los casos que
encuadran dentro de
las categorías
preconcebidas.
Mientras las fundaciones
reales francesas, se
destacaban en bienes y
población, un cierto número
de comunidades pequeñas luchaban
constantemente por
sobrevivir. La gran Maubuisson, erigida
en 1236 por
Blanca de
Castilla, madre de
Luis IX,
en el gótico más delicado,
estuvo pródigamente
dotada, y con capacidad
para albergar hasta ciento
cuarenta monjas,
reclutadas entre la
más rancia
aristocracia. Varias
abadías, como Notre-Dame
du Lys y Port-Royal
fueron fundadas con
igual generosidad.
Pero la riqueza y la
distinción social
atrajeron a esos
lugares a señoras,
cuyo único motivo para
abrazar la vida religiosa,
era sólo no
haberse casado.
Una vez
establecido el sistema
comendatario, algunas abadesas eran
nombradas a voluntad
del rey, movido por
conveniencias sociales o dinásticas.
El abuso más
notorio se
registró en 1597,
bajo Enrique IV,
cuando éste nombró abadesa
de Maubuisson a Angélique d’Estrées, que
tenía varios hijos, fruto de diversos amantes.
Era hermana de una
concubina de Enrique IV, la cual le había
«proporcionado» el
escandaloso
nombramiento. Sobre
la tumba de la
santa reina Blanca
de Castilla,
se celebraban fiestas
mundanas. Finalmente, muerto
el rey, el abad general
Nicolás Boucherat,
pudo entrar
en el cenobio mediante
la fuerza militar y
poner en fuga para
siempre a
tan indigna
mujer.
Rifreddo,
al pie de
los Alpes, nos
puede dar una
imagen bastante típica de
una comunidad
monástica. Después de
su fundación en 1220,
las monjas
tuvieron que esperar
veinte años para ser
incorporadas a la Orden
por medio
de un
breve papal. Los beneficios
de la
estima pública y la
asistencia administrativa no
parecía compensarlas de
su pérdida de
libertad. La rígida clausura
las obligó a
abandonar el cuidado
de sus tierras y
las hizo depender por
completo de su nuevo
«padre», el abad de
Staffarda. Como los monjes
nunca podían proveer
de suficientes conversos,
las propiedades de Rifreddo
tuvieron que ser arrendadas
por una suma anual fija,
que permitía mantener
a unas veinte
monjas. La desilusión
que produjo
este arreglo motivó litigios
entre las
monjas descontentas y los
monjes, litigios que
duraron décadas.
El rasgo característico de
la economía de
las monjas
fue el abandono
precoz del cultivo
independiente de sus fincas,
confiando en las rentas
y diezmos, lo
que dio
por resultado una rigurosa
limitación en el número de sus componentes.
Éste fue el objetivo
principal de la
visita regular de Esteban
Lexington como abad
de Savigny, cuando visitó
los monasterios femeninos dependientes de
su abadía, en la década de
1230. Quedó
profundamente desconcertado por la
bancarrota económica de
varios de ellos.
Entre las
medidas tendientes
a contrarrestarla, prohibió
recibir préstamos mayores de 10 livres tornois
sin su autorización;
consciente del «incremento y multiplicación
diaria de la malicia en el mundo», desconfiaba de la capacidad de las
monjas para protegerse. Mientras pudo afrontarlo, estuvo dispuesto a
proporcionar una comunidad reducida de monjes y hermanos a cargo de
todas las tareas administrativas de las casas femeninas. En Monce,
diócesis de Tours,
encontró a las monjas en dificultades económicas, y redujo por
consiguiente su número de treinta a veintiocho, pero les dio cuatro
sacerdotes y dos conversos para ayudarlas. La hospitalidad
indiscriminada parece ser otro de los problemas. El austero abad Esteban
les prohibió dar albergue a «estudiantes errantes
(goliardi) y
otros vagabundos, que pretendían ser sacerdotes…, lo mismo que a laicos
disolutos». Sólo podían ser recibidos los «verdaderamente enfermos y los
auténticamente pobres», y aun debía advertirse a los monjes o hermanos
que buscaran hospitalidad en los monasterios de la vecindad. La
admonición alcanzaba también a las mujeres. Las de mala reputación o
embarazadas debían mantenerse alejadas, aunque podían ser admitidas las
madres con niños pequeños, si eran pobres y sus hijos tenían menos de
cuatro años.
Les
Blanches, una de las primeras fundaciones de
Sabigny (1105), gozaba de cierta holgura en ese momento. Esteban
insistió simplemente en que el número de monjas no debía exceder de
cincuenta. Pero la comunidad no poseía suficientes hermanas legas, y en
consecuencia tuvo que emplear a un cierto número de sirvientas. Estas
tenían que prometer fidelidad a la comunidad, castidad mientras
estuvieran al servicio de la misma, y también debían hacer un voto de no
divulgar los secretos de la casa a la gente de afuera. No se admitían
niñas menores de doce años, y debían esperar hasta los diecinueve para
comenzar su noviciado. Esta última reglamentación fue bastante flexibles
en la práctica. En Saint-Antoine-desChamps, en las inmediaciones de
París, el Abad de Sabigny aceptó la admisión de niñas en la «edad de la
discreción», que a su juicio era a los ocho años. En Port-Royal
recomendó a las monjas no excederse del número fijado de sesenta, «no
sea que la imprudente multiplicación de sus miembros las obligara a
salir a mendigar (como) a las hijas de Job», poniendo en serio peligro
sus almas y dañando gravemente su buena fama.
En el siglo
XIV, comenzó
una decadencia
general de las
casas femeninas
por las mismas
causas que originaron los
serios problemas que
afectaban a los
monjes. Los
monasterios de
mujeres eran aún menos resistentes a
los desastres causados por
la guerra o
la peste que
las abadías masculinas.
Muchas abandonaron
sus claustros rurales
y se mudaron en
forma permanente a las
ciudades fortificadas;
otros quedaron tan despoblados
que debieron
ser suprimidos. En algunos
casos aislados,
varias comunidades harto
reducidas, se
fundían en una.
En los casos de
supresión, las abadías
cistercienses más cercanas heredaban
sus posesiones.
Si las abadías contaban
todavía con personal suficiente, convertiam
las casas abandonadas
en monasterios. El
Capítulo General pronunciaba la
última palabra en esos
casos y, entre 1350 y 1450, se
tomaron varias
decenas de medidas
drásticas. En 1393,
por ejemplo, Beaufay
fue suprimido y sus
bienes se
incorporados a Morimundo, porque sólo habían
quedado dos monjas en
el claustro completamente arruinado,
había cesado el Oficio
Divino y no había esperanza
de una renovación con
posibilidades de
éxito. Era tan
frecuente la penuria económica, que,
en 1339,
el Capítulo General
dispensó a todas
las casas
femeninas cistercienses de
hacer las contribuciones habituales
a la administración
central de la Orden.
El
mantenimiento de la
disciplina se
convirtió en un problema igualmente difícil
en las comunidades
que aún subsistían.
Desde fores del siglo
XIV, el
Capítulo General debió
tomar, con
frecuencia, medidas disciplinarias contra
monasterios femeninos de
conducta relajada, e
incluso escandalosa. El lujo en el
vestir, el
comer en los
aposentos y la violación
de la
clausura, constituían los
cargos más comunes
que eran, en
parte, el
resultado de una costumbre
imperante, de que las
damas nobles
se mudaran al
convento como «pensionistas»,
acompañadas por sus
sirvientas, y
su ejemplo fue imitado por
las propias monjas.
Más de una vez, se aplicaron
medidas extremadamente drásticas contra
las casas más
recalcitrantes. No obstante, ni siquiera los
más severos castigos
pudieron detener la decadencia general, de
la cual la rama masculina de
la Orden no está por
completo libre de culpa. En efecto, las
visitas regulares de
los padres inmediatos
se hicieron
cada vez más raras o cesaron
por completo; el
cuidado espiritual de
las casas
fue descuidado o
asumido por sacerdotes de
otras órdenes, y
el ejemplo dado
por los monasterios masculinos vecinos no
fue siempre el más edificante.
La disolución general llegó a
su punto culminante en la época de la Reforma, cuando la mayoría de las
casas femeninas cistercienses
alemanas fueron secularizadas, y las monjas
dispersadas. Es interesante destacar que la esposa de
Lutero, Catalina de
Bora, había sido monja
cisterciense. Sin
embargo, un número importante de monasterios alemanes quedaron en pie
después de la Reforma. La gira de visitas regulares por todo ese país,
realizada por el abad
general Nicolás Boucherat I, reveló que quedaban setenta y una
comunidades suficientemente pobladas, con un total de novecientas
setenta y dos monjas de coro, trescientas ochenta y nueve hermanas
legas, setenta y tres novicias, y sesenta y ocho postulantes. Empero, un
siglo de conflictos religiosos y las guerras de Luis XIV hicieron que la
vida de estas comunidades se tornara precaria en extremo. La guerra
interminable expuso a los peores desastres a los monasterios todavía
florecientes ubicados en Renania y Flandes. En toda Europa, pero en
especial España y Francia, las fuerzas de la contrarreforma inspiraron
vigorosos movimientos de profunda renovación.
Los esfuerzos realizados para
lograr una reforma integral entre las monjas fueron simultáneos a las
actividades similares llevadas a cabo entre los hombres. El Capítulo
General de 1601 legisló detalladamente para las comunidades femeninas,
dando nuevo énfasis a las tareas de los padres inmediatos, capellanes y
confesores, reglamentando la jornada de las monjas, la liturgia y los
ejercicios espirituales, la admisión de nuevos miembros, la
administración de sus bienes, reforzando la clausura estricta y
excluyendo al personal laico del recinto monástico. El abad Nicolás
Boucherat II demostró ser un celoso promotor de la reforma entre las
monjas. Después de haber apoyado cierto número de iniciativas locales,
promulgó en 1624 un decreto, por el cual ordenaba la observancia
inmediata de la clausura en todas las casas femeninas bajo su
jurisdicción, como condición para admitir novicias o dar validez a las
profesiones.
En España, la reforma fue
iniciada en 1584 con el apoyo de la abadesa de Las Huelgas. Bajo sus
auspicios un grupo de monjas se dirigió en 1595 a Valladolid, donde
fundaron el convento de San Joaquín y Santa Ana. Se autotitularon
«Recoletas», dedicadas a la estricta observancia de la Regla de san
Benito. El movimiento
se extendió a casi una docena de comunidades, que formaron la
«Federación de Valladolid». La organización sobrevivió a la ola de
secularización del siglo XIX y resurgió en parte en 1955 con las monjas
de la «Federación Española de la Regular Observancia».
Saboya demostró ser otra
región de vigorosa reforma religiosa, inspirada por el gran obispo de
Ginebra, san Francisco de Sales (1567-1622). Una pariente lejana suya,
Luisa de Ballon,
intentó mejorar la relajada disciplina del convento de Santa Catalina,
en 1617, contando con su asistencia. Sin embargo algunas monjas
ofrecieron tal resistencia, que las reformadoras se vieron obligadas a
trasladarse a Rumilly, donde realizaron una nueva fundación. Esta
comunidad prosperó más allá de cualquier expectativa halagüeña, y la
reforma se difundió a otras quince casas, formando la congregación de
las «Bernardas de la Divina Providencia», que ya no dependía más de la
autoridad de Cister. La constitución de la nueva organización estaba
inspirada en la de las «visitandinas», la orden de monjas creada bajo la
guía de san Francisco de Sales, y fue aprobada por la Santa Sede en
1634. En la época de la Revolución Francesa, esta congregación contaba
con veinticinco conventos.
Mientras la Madre
Ballon luchaba contra las
monjas reticentes de Santa Catalina, otra mujer devota, Luisa de
Ponçonas vivió una experiencia similar en la comunidad de Ayes, en la
provincia del Delfinado. Siguiendo los consejos del propio san Francisco
se unió a las monjas de Rumilly en 1622 y llegó a ser maestra de
novicias bajo la Madre Ballon.
Pero las dos reformadoras no compartían los mismos
puntos de vista y pronto se separaron sus caminos. Después de varias
fundaciones, el grupo que seguía a la Madre Ponçonas se estableció en
París, donde vivieron de acuerdo a las reglamentaciones primitivas de
las monjas cistercienses.
El pequeño grupo (sólo tres monasterios) adoptó el
nombre de «Bernardas de la Preciosa Sangre»; sus reglas fueron aprobadas
en 1661 por Juan Jouaud, vicario general de la Estricta Observancia
cisterciense.
La reforma de
Tart, cuna de las monjas
cistercienses,
comenzó a principios del siglo XVII, pero obtuvo considerable notoriedad
sólo después del nombramiento de Juana de Courcelle de Pourlans como
abadesa, en 1617. Nicolás Boucherat II, el padre inmediato de
Tart, apoyó con entusiasmo
el nombramiento, pero su figura fue eclipsada rápidamente por Sebastián
Zamet, obispo de Langres.
Este último era un prelado influyente, ambicioso,
que soñaba con una congregación de monjas reformadas bajo su patrocinio.
En 1623 la comunidad se mudó a Dijon
y el Capítulo General de ese mismo año aprobó un
nuevo cuerpo de reglamentaciones de gran austeridad.
Después de la muerte de
Boucherat, su sucesor, Pedro Nivelle,
molesto por la intervención de Zamet, trató de
recobrar la autoridad sobre las monjas. El obispo, contando con el
amplio apoyo de las hermanas, reaccionó y obtuvo un breve en Roma que le
otorgaba plena jurisdicción sobre el convento; acto seguido,
Nivelle excomulgó a la
abadesa y buscó apoyo en el Parlamento de Dijon.
Zamet no sólo ganó el caso, sino que se
aseguró de Luis XIII el derecho de elegir abadesas, por términos de tres
años. El próximo paso en el plan de Zamet fue formar una nueva orden
femenina dedicada a la adoración perpetua, que ostentaba el nombre de
«hijas del Santísimo Sacramento». La nueva organización ayudaría a
Port-Royal, Lys y
Tart, con sus casas
afiliadas. El ambicioso obispo no escatimó esfuerzo en beneficio de su
proyecto, pero no fue capaz de sortear los problemas creados por los
intereses y las
influencias en conflicto, y abandonó el plan.
La reforma de Port-Royal creó
la mayor conmoción dentro y fuera de Francia. La historia de este famoso
convento se ha narrado innumerables veces, porque entre sus monjas
encontraron amparo y apoyo entusiasta los primeros jansenistas, quienes
arrastraron a toda la comunidad a una célebre pero a la postre, trágica
controversia. Las últimas fases de una secuencia de hechos dramáticos
ocurrieron mucho después de que Port-Royal abandonara la Orden
Cisterciense; por
consiguiente, sólo necesitamos añadir unas pocas palabras sobre la
iniciación del movimiento.
Port-Royal, cerca de
Versalles, fue fundado en 1204 y,
en poco tiempo, se convirtió en una comunidad
próspera y floreciente. Sin embargo, hacia fines del siglo XVI, como
tantas otras instituciones similares, había decaído mucho en todo
sentido. Sus doce componentes
vivían una vida relajada, sin clausura. Como era
frecuente bajo Enrique IV, una niña de siete años fue nombrada
coadjutora de la abadesa, de edad avanzada, y en
1602 la niña, que todavía no llegaba a los
once pero con todo desparpajo pretendía tener dieciocho, fue investida
como abadesa. Se llamaba Angélica Arnauld, hija de un adinerado e
influyente abogado parisino. No se diferenciaba mucho de sus
desaprensivas compañeras, hasta que, después de escuchar un sermón de un
fraile capuchino que estaba de visita, experimentó una conversión
súbita. Luego, en una escena que sus admiradores posteriores hicieron
inolvidable, con toda la audacia de sus dieciocho años, cerró los
portones en la cara de los parientes que las visitaban y reintrodujo la
regla de clausura. La fecha fue el 25
de septiembre de 1609,
el famoso «día del portillo del convento»
(Journée du Guichet),
extraña mezcla de drama y comedia.
Desde este día en adelante,
toda una pléyade de almas piadosas se congregó alrededor de Port-Royal,
deseosas de asistir a la joven heroína y compitiendo entre sí por la
distinción de llevar adelante su admirable reforma. Por un momento, el
abad Maugier de La Charmoye parecía tener posibilidades de atraer la
comunidad a la Estricta Observancia cisterciense.
Luego, se hizo notoria la influencia de san
Francisco de Sales, sólo interrumpida por la muerte de este último,
ocurrida en 1622. Le
sucedió el obispo Zamet, que casi logra convencer a Angélica de la
necesidad de fundar una nueva orden con Tart
y Lys.
El plan tuvo solamente una realización parcial,
pero, como compensación la Madre Angélica pudo reformar Maubisson,
después de desalojar a su infame homónima. El papel decisivo, empero,
estaba reservado al Abbé
de Saint-Cyran, que fue el primero en dirigir a las
deslumbradas monjas hacia el jansenismo.
La ruptura de Port-Royal con
Cister ocurrió al mismo tiempo, y por la misma razón que la de
Tart: Zamet convenció a la
Madre Angélica de que el nuevo general de Cister, Pedro
Nivelle, era enemigo de la
reforma, y por consiguiente ella nunca tendría éxito en sus planes
mientras la comunidad estuviera bajo su jurisdicción. Hechas las
presentaciones del caso en Roma, Urbano VIII eximió en
1627 a Port-Royal de la
autoridad del General, y puso el convento autónomo bajo jurisdicción del
arzobispo de París. Los acontecimientos turbulentos que determinaron la
supresión de Port-Royal en 1709 y la demolición de su iglesia y
claustro, como venganza, dos años más tarde, no pertenecen a la historia
cisterciense.
Varias reformas locales, menos
conocidas, tuvieron lugar en toda Francia. Les
Blanches, que en 1590 tenía solamente tres
monjas incluyendo la priora, se recuperó bajo Isabel de Saussay
(1604-1631) y, hacia 1641, la comunidad contaba con treinta monjas de
coro y diez conversas. Villers-Canivet, antiguo monasterio perteneciente
a la filiación de Savigny, fue reformado bajo Elena de la Moricière
(1593-1636), fundó un nuevo convento en Torigny y desempeñó un papel muy
activo en la renovación religiosa de Normandía en el resto del siglo.
Las reglamentaciones de
Torigny fueron aprobadas por el abad general
Nivelle, aunque exigían prioras elegidas
trienalmente. La comunidad mantuvo una escuela de alumnas pupilas. Hacia
fines de siglo, Torigny cayó bajo la influencia de
Clairets, el convento
reformado por Rancé, y se unió al grupo de casas pertenecientes a la
Estricta Observancia cisterciense.
En 1723, Torigny tenía veintiuna monjas de coro y
siete conversas.
La institución de las hermanas
legas fue cuestionada y criticada con frecuencia dentro de la Orden a
comienzos del siglo XVII. La mayoría de los argumentos tenían su base en
una bula de Pío V (1566-1572), que exigía se interrumpiera la admisión
de conversas. Edmundo
de la Croix,
de Cister, y Denis
Largentier, de Claraval, creían que las profesiones
de las hermanas legas, y aun las de los hermanos era simples promesas
sin las consecuencias jurídicas de los votos solemnes. La bula papal
causó poco impacto en una práctica de tantos años y terminó por
prevalecer la opinión que sostenía el status tradicional de las
profesiones para hermanos y hermanas legas.
Durante el transcurso del
siglo XVIII, las reglamentaciones estrictas de las reformas precedentes
se relajaron con frecuencia, y muchos conventos para probar su utilidad
social, abrieron escuelas en otras instituciones protectoras para niñas.
La Cambre, en
Flandes, donde las monjas dirigieron una escuela para niñas, de gran
reputación a partir del siglo XVI, constituye uno de los ejemplos
principales. En 1787 ciento cincuenta niñas estaban de pupilas en la
abadía, muchas de las cuales gozaban de becas o recibían instrucción
gratuita. En ese año, el convento albergaba a treinta monjas de coro y
veintitrés conversas. La mayoría de las monjas provenían de la
burguesía. La comunidad era próspera y, aparentemente, mantenía un nivel
de disciplina razonable, aunque no estaban exentas de la sofisticación
del Iluminismo. En 1759, las monjas representaron en el convento la
comedia bufa de Molière, «Médico a pesar suyo» (Le
medicin malgré lui), distribuyéndose
entre ellas los papeles masculinos y femeninos. Para acallar cualquier
escrúpulo de conciencia de personas anticuadas, el programa ostentaba
una nota bien visible, asegurando a la audiencia que contaban «con el
permiso de los superiores».
La abadía de Herkenrode, en la
provincia de Limburgo (Bélgica), fue un ejemplo de las comunidades donde
todas las postulantes tenían que probar su nobleza antes de ser
admitidas. Era la más rica entre las instituciones similares de la
región, sin cumplir otra función social que no fuera albergar
confortablemente a un cierto número de solteras. Una abadesa del siglo
XVII eligió el siguiente lema, debajo de su escudo de armas: «Abundancia
de Dios». Hacia fines del siglo XVIII la comunidad contaba todavía con
un ingreso anual de 95.000 florines, la mayoría provenía de rentas y
diezmos. Mientras tanto, la disciplina monástica había desaparecido casi
por completo, y se hicieron intentos para convertir la institución en
una casa de canonesas. Herkenrode siguió siendo
cisterciense, aunque sólo de nombre, hasta
su supresión en 1797. Las veinticinco o treinta monjas vivían en sus
departamentos propios, donde recibían invitados, mantenían sirvientas, y
tenían permiso para salir del convento y pasar largas vacaciones con sus
familiares.
La Revolución Francesa cerró
todos los monasterios de monjas y la misma política prevaleció en todos
los territorios europeos donde se extendió su influencia. Sin embargo,
en la práctica, la ejecución de tales decretos no fue tan enérgica como
en los monasterios de varones, sobreviviendo por consiguiente, un número
considerable de casas, especialmente en España.
Durante el renacimiento del
siglo XIX, algunos cenobios se unieron a la pujante observancia trapense
y conservaron su carácter contemplativo. Grupos más activos de monjas
eligieron unirse a la Común Observancia, y se ocuparon de obras de
caridad. En 1891, un total de ochenta y seis cenobios aceptaron
distintos grados de dependencia en la común Observancia, reuniendo a
1.629 monjas de coro y 566 conversas. En el mismo año, veintiocho
conventos pertenecientes a la Estricta Observancia tenían en conjunto
559 monjas y 596 legas.
Hasta 1953, no
hubo cambios significativos
en el número de casas
o en la cantidad de
personal. En ese año, el
total de las instituciones
afiliadas a la Común
Observancia llegaba a 88, albergando a 1.739
monjas y 688 conversas. En el mismo año, las
estadísticas relativas a
la Estricta Observancia indicaban
30 casas, con
879 monjas, 700 conversas.
Durante
el resto de
la década
del cincuenta, las trapenses experimentaron un
crecimiento considerable, aumentando
el número de
monasterios a 48 y contando
con más de 2.000
monjas. Luego la renovación
de la
década del sesenta produjo
una reducción
considerable de vocaciones.
Hacia finales de 1972
todavía mantenían todas sus
casas, pero el número
de monjas de coro profesas
era de 1.450 y el
de legas sólo
de 152.
Durante
el mismo período,
las monjas de
la Común Observancia sufrieron
una experiencia
similar. En
1974 poseían ochenta
y seis casas con un
total de 1.133 monjas de coro y 240 conversas.
En los últimos
años, la comunidad de
hermanas legas
experimentó la misma transformación ocurrida
entre los monjes. La
tendencia que prevalece
tiende a
la eliminación de
las diferencias que
habían separado
tradicionalmente a ambas categorías.
Gracias
a la
profunda renovación
de la vida religiosa
impulsada por el
Concilio Vaticano II, las reglas
de clausura se han
suavizado mucho,
posibilitando así a
las monjas realizar
encuentros nacionales, y
aun Capítulos
Federales. Las diversas
«federaciones» de
la Orden han
realizado, con buen
resultado, varias sesiones.
Las
monjas bajo la regla
de la Estricta Observancia organizaron su
primer Capítulo General
en 1971;
en 1975,
su segundo Capítulo General
reunido en Roma
congregó a noventa y
una monjas, representando a cuarenta
y nueve monasterios.
Entre esas
dos sesiones del
capítulo surgió la
posibilidad de cinco
nuevas fundaciones, atestiguando que
la «crisis vocacional» de
los primeros años ha
disminuido considerablemente.
El aumento de vocaciones
femeninas en Japón es uno de
los signos más
notables del cambio de
tendencia.
Bibliografía
(…)
L.J. Lekai,
Los Cistercienses Ideales y realidad,
Abadia de Poblet Tarragona , 1987.
©
Abadia de Poblet

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