Los Cistercienses

Espiritualidad y erudición

La gran renovación espiritual de la Reforma Gregoriana estimuló el deseo general de volver a las fuentes del cristianismo para rejuvenecer y purificar al mundo, en conformidad con los altos ideales de la Iglesia primitiva. Aquellos que se esforzaban por liberar a la jerarquía y al clero secular de la fascinación ejercida por el mundo, se inspiraron en el ejemplo de los Apóstoles. Algunos movimientos laicos encontraron nueva inspiración para sus programas de reconstrucción social y religiosa en el Evangelio. Dentro de las comunidades monásticas, la atracción por las tradiciones de los primitivos Padres del Desierto fue cada vez mayor.

El movimiento generó un creciente interés por la cristiandad oriental y especialmente por Tierra Santa, mientras que las activas relaciones con el cercano Oriente despertaron intensa curiosidad por el destino de los grandes santuarios de Jerusalén. El entusiasmo universal culminó en la Primera Cruzada, que estimuló en toda la sociedad cristiana un heroico celo por Cristo y su causa.

Influida por el mismo espíritu de heroísmo, la reforma monástica del siglo XI debió afrontar un problema peculiar: el abierto antagonismo entre el modelo presentado por los Padres del Desierto y el poderoso influjo de la Regla de san Benito. Autoridades dirigentes e influyentes como san Pedro Damiano, no dudaron en solucionar el problema declarándose abiertamente a favor de la vida eremítica, aduciendo que la Regla había sido escrita únicamente para principiantes, mientras que se suponía que la imitación de los Padres del Desierto conducía a la perfección. Se organizó un cierto número de comunidades religiosas más acordes con los nuevos ideales, Camaldoli y Vallombrosa fueron las más significativas entre ellas.

Pedro Damiano y sus seguidores no ejercieron ninguna influencia más allá de los Alpes. Sin embargo, en Francia, una larga serie de reformas con más o menos éxito reveló similares aspiraciones. Esteban Muret, Bernardo de Tiron, Bruno de Colonia, Roberto de Arbrissel, Vital de Mortain, y muchos otros, fueron unánimes en sus críticas del estado del monaquismo de su época, y en su reorganización, e inspirados por las virtudes heroicas de los Padres del Yermo volvieron al ascetismo severo de los modelos pre-benedictinos. Aunque presentaban grandes variantes en sus detalles, las características comunes de sus programas eran: desapego completo del mundo, gran pobreza, y estricta penitencia.

En esta atmósfera febril de reformas, la iniciativa de san Roberto, campeón infatigable de la renovación monástica, no resultó extraña. Cuando emprendió con sus compañeros la fundación de Molesme, su meta no era muy distinta de la de sus predecesores y contemporáneos, que también trabajaban con el mismo propósito. El esfuerzo de Roberto logró un éxito notable. Pero, al aumentar el número de monjes, reapareció el problema crucial: la correcta interpretación de la Regla de san Benito. Acalorados debates quebraron la paz de la joven comunidad, y el abad y sus fieles discípulos se vieron forzados, repetidas veces, a buscar refugio y consuelo en las ermitas de la vecindad. Como resultado de las prolongadas discusiones, el grupo de Roberto llegó a una importante conclusión: para volver a vivir según los ideales básicos del monaquismo, era necesario que los monjes retornaran a la letra de la Regla, y rechazaran las interpretaciones posteriores o modificaciones de cualquier índole. La puesta en práctica de esta teoría, a través de la estrictísima interpretación legal de un documento de casi seiscientos años instituyó una vida de penurias, digna del ejemplo heroico de los Padres del Desierto, aunque es innegable que por su severidad sobrepasaba la intención auténtica de san Benito. Apenas entrevieron esa posibilidad, los reformadores de Molesme comprendieron que sus constantes referencias a la Regla constituían el más firme apoyo legal de su causa contra cualquier ataque u oposición.

La voluntad inquebrantable de vivir según la Regla, y el deseo ardiente de soledad se convirtieron en la piedra angular de Cister. La verdadera importancia de la reforma cisterciense radica en la sabia combinación de los ideales ascéticos del eremitismo popular, con la fórmula tradicional del monacato benedictino. Cister significó una amplia oportunidad para aquellos que estaban dispuestos a seguir las virtudes heroicas de los Padres del Yermo y, al mismo tiempo, salvó el carácter cenobítico de la vida monástica y la autoridad absoluta de san Benito y su Regla.

La consolidación del «Nuevo Monasterio» fue tarea de Alberico y Esteban, sucesores inmediatos de Roberto. Es difícil determinar con exactitud cuál ha sido su papel en la formación de la espiritualidad cisterciense. De los primitivos documentos de Cister surge el hecho de que la pobreza, la simplicidad y el desapego de todos los asuntos mundanos eran las virtudes que con más vigor se inculcaba. La pobreza y la extrema simplicidad de todos los aspectos de la vida diaria eran una consecuencia natural de las difíciles circunstancias que atravesaban. Su completo aislamiento los obligó a duros trabajos manuales, que en otros monasterios de su época eran realizados por siervos. Este hecho se convirtió en otro rasgo distinto de la Orden y, en pocos años, fue compartido por un número siempre creciente de hermanos legos. Al comienzo, las arduas tareas de desbrozar y labrar las tierras agravó en tal forma la ya pesada carga de los monjes, que la «austeridad poco común y casi inaudita de sus vidas» (Exordium Parvum), acobardaba a quienes tenían intención de unírseles.

Tradicionalmente, los documentos escritos durante las primeras décadas de la historia de Cister, tales como el Exordium Cistercii y la versión más antigua de la Carta Caritatis, han sido atribuidas a Esteban Harding, sin contar, con pruebas concluyentes. Sólo es posible reconocer como auténticamente suyas tres cartas cortas y un breve prefacio al nuevo Himnario. Pero el Abad Esteban contribuyó decisivamente a crear la atmósfera intelectual y espiritual que la flor y nata de sus contemporáneos encontraron irresistible.

A pesar del intransigente ascetismo, Cister se convirtió bajo su abadiato en un centro único de cultura monástica. Es difícil concebir, cómo en un remoto monasterio, una comunidad reducida haya podido realizar tareas tan difíciles: una reforma litúrgica en gran escala, una colección de himnos y melodías gregorianas auténticas, la revisión de la Biblia y la redacción de una Constitución de admirable sabiduría y previsión. Para llevarlas a cabo, Esteban contó seguramente con el apoyo de compañeros capaces. El Exordium parvum establece explícitamente que Alberico, predecesor de Esteban, fue un hombre de letras, muy versado en ciencias divinas y humanas, y asimismo se recuerda gozosamente en dicho documento que, cuando por fin llegó al monasterio un amplio flujo de vocaciones, muchos de ellos eran clérigos nobles e ilustrados. El propio Abad Esteban hizo una concesión importante en su programa de austera simplicidad: siendo amante de los libros iluminados artísticamente, siguió permitiendo su uso. Los manuscritos copiados en los primeros días de Cister pertenecen a los códigos de mayor profusión de ilustraciones de toda la centuria.

Aunque se reconozca el bien ganado mérito de Esteban Harding, debemos admitir que san Bernardo de Claraval (1090-1153) fue el verdadero responsable del éxito extraordinario de Cister. El magnetismo de su personalidad atrajo a la Orden a muchedumbres de contemporáneos, la profundidad de su espiritualidad enriqueció las múltiples fundaciones, y su pluma magistral divulgó el mensaje de Cister, no sólo entre sus contemporáneos, sino también para todas las generaciones futuras de la cristiandad occidental.

La educación formal de Bernardo previa a su ingreso en Cister, en 1113, no era excepcional, pero en dicho monasterio, bajo la guía de su abad, y después de 1115 como abad de Claraval, ayudado por amigos de la talla de Guillermo de Saint-Thierry, tuvo la oportunidad de imbuirse en toda la tradición patrística latina, particularmente en san Agustín y aun algunos Padres Griegos, como Gregorio de Nisa y Orígenes, cuyas obras habían sido vertidas al latín. Por otra parte, su extraordinario conocimiento de la Biblia fue otro punto fundamental tanto de su espiritualidad como de su teología. El estilo, vocabulario e imágenes de sus escritos están tan saturados de referencias bíblicas que es imposible comprender y valorar adecuadamente su pensamiento sin recurrir constantemente a los libros del Nuevo y Viejo Testamento.

La orientación intelectual de Bernardo era fundamentalmente conservadora. Desconfiaba de la nueva Filosofía sustentada por ciertas escuelas, tales como la de Abelardo y Gilberto de la Porrée, y luchó con todo su ardor contra la tendencia a separar la razón de la fe, la teología de la vida. Para él, Filosofía, Teología, Moral y piedad personal se amalgamaban en una sola búsqueda: «conocer a Jesús, y a Jesús crucificado». Pese a la amplia gama de escritos, en todos ellos habla siempre el monje, el hombre de Dios. Sus penetrantes y sentidas instrucciones personales están orientadas invariablemente hacia un conocimiento más amplio y un amor más profundo a Dios.

En orden cronológico, su primer ensayo de relieve fue De los grados de humildad y de soberbia, comentario del séptimo capítulo de la Regla, donde san Benito establece doce grados de humildad por medio de los cuales los monjes podían alcanzar la perfección. Bernardo, con una penetración poco común de la naturaleza humana, meditó acerca de los doce grados de orgullo, considerándolos los obstáculos principales de la perfección monástica. La Apología a Guillermo, la obra más famosa, escrita a petición de su amigo Guillermo de Saint-Thierry, fue su contribución personal al debate entre Cister y Cluny. Una viva defensa de la vida e ideales cistercienses sirvió a su vez de ataque demoledor a la grandeza extravagante de Cluny. Sus detalles satíricos y los párrafos sobre el lugar que debe ocupar el arte en la vida monástica han constituido algunas de las citas más usadas de la literatura bernardina.

El Tratado del amor de Dios es el que más se acerca a un ensayo sistemático en la Teología mística de Bernardo. Al escribir De la gracia y libre albedrío, se hizo eco de la firme posición. de san Agustín sobre la necesidad de la gracia, que libera a la naturaleza humana de la esclavitud del pecado a través de los méritos de Jesucristo. Urgido por algunos monjes amigos retornó a los problemas de interpretación de la Regla y redactó Sobre el precepto y la dispensa. El último de sus tratados mayores es De consideratione, dirigido al papa Eugenio III, y que hubiera asegurado por sí solo la inmortalidad del autor. Describe en él la posición del santo, frente a los temas candentes de su época: la naturaleza de la Iglesia y del Papado, confrontados con los problemas surgidos de la Reforma Gregoriana, y el conflicto de las Investiduras.

Mucho de la gran popularidad de Bernardo entre sus contemporáneos se origina en una colección de sermones, dirigidos en primera instancia a auditorios monásticos. Han sobrevivido más de trescientas de esas homilías, cuidadosamente compuestas y editadas, cada una de las cuales constituye un monumento a la inimitable experiencia artística y personal del autor. Su contenido está impregnado, sin embargo, de la tradición patrística. Aunque en sus depuradas Cristología y Mariología, Bernardo demuestra estar más cerca de ser un imaginativo continuador en la misma línea de sus grandes predecesores, que un osado innovador. Sus ochenta y seis sermones sobre el Cantar de los Cantares son una excepción, donde Bernardo encuentra oportunidad de revelar y compartir sus experiencias místicas. A través de esas elaboradas alegorías se cimentó su fama de padre del misticismo medieval, y su ejemplo estimuló a una gran cantidad de sucesores a presentar sus propias ideas embebidas del mismo contexto bíblico. Según el punto de vista de sus historiadores, las quinientas cartas de su correspondencia que se han conservado son de extraordinaria importancia, porque reflejan casi todos los hechos o temas en los cuales el Santo participó activamente o fue al menos, observador agudo e interesado. A través de estas cartas se revela ampliamente lá complejidad del carácter del autor y su dominio magistral de cada elemento del arte literario.

San Bernardo se sitúa en la cúspide de su época como la figura religiosa más grande de su siglo, y una de las más gloriosas de todos los tiempos. La posterioridad ha rendido pródigo tributo a su doctrina y santidad de vida. El papa Alejandro III lo canonizó en 1174. Inocencio III lo exaltó como Doctor Egregius, mientras los eruditos humanistas, refiriéndose a la dulzura de su elocuencia, prefirieron llamarlo Doctor Mellifluus. Reconociéndolo como un puente entre las teologías patrística y escolástica, se le venera como «el último de los Padres». Pío VIII lo declaró en 1830 Doctor de la Iglesia Universal, reconociendo así su lugar en la historia. Guillermo de Saint-Thierry († 1148), íntimo amigo de san Bernardo y su primer biógrafo, debe ser considerado como un teólogo monástico sobresaliente del siglo XII, aunque hasta hace poco su fama había sido eclipsada por la del Abad de Claraval. Guillermo, erudito monje benedictino, se encontró por primera vez con Bernardo en 1118, y quedó inmediatamente fascinado por el joven cisterciense. Pero, como éste era tan capaz de dar como de recibir, es muy probable que, por su intermedio, el joven Abad tomara contacto con los Padres Griegos. Por entonces, era monje de Saint-Nicaise de Reims, y deseó unirse de inmediato a Claraval, pero fue elegido abad de Saint-Thierry en 1119, hasta que dimitió en 1135, cuando se retiró finalmente a la abadía cisterciense de Signy.

La relación intelectual y espiritual entre Guillermo y Bernardo fue tan íntima, que varios de los tratados de Guillermo circularon durante siglos bajo el nombre de Bernardo. Inclusive corrió la misma suerte su trabajo más logrado, una síntesis de su teología mística dirigida a los monjes cartujos y conocida posteriormente como La Carta de Oro. Sus otros ensayos, De la Contemplación de Dios, y De la Naturaleza y Dignidad del Amor, giran sobre el mismo tema: el ascenso del alma hacia Dios. Guillermo está convencido de que Dios puede ser hallado dentro del alma humana, que lleva el sello indeleble de su Creador. En todas sus obras, demostró ser un pensador profundo, cuya doctrina difiere de la de Bernardo por sus más íntimas relaciones con Agustín y los Padres Griegos, al mismo tiempo que por el carácter trinitario más pronunciado de su misticismo.

La tercera gran luminaria del monaquismo cisterciense del siglo XII fue Elredo († 1167), monje y luego abad de Rieval. Nacido en Northumbria, creció en la corte del piadoso rey David I de Escocia y recibió una esmerada educación. Ingresó en Rieval en 1134, a la edad de veinticuatro años, y pronto alcanzó en Inglaterra casi la misma importancia que Bernardo en Francia. De hecho, con frecuencia sus contemporáneos se referían a él como «el Bernardo del Norte». Director espiritual de personalidad magnética, se acercó mucho al Abad de Claraval, aunque como pensador y autor fue menos creador. Compartió la fascinación de sus monjes por la naturaleza del alma, y escribió un diálogo sobre el tema titulado De anima, siguiendo fielmente a Agustín. Su trabajo mejor conocido, sobre un tema muy caro a su corazón, es otro diálogo, Sobre la Amistad Espiritual, que reconoce la inspiración de Cicerón. Un opúsculo, Jesús a la edad de doce años, y su Oración, de piedad y simplicidad encantadoras, fueron su contribución a la literatura devocional. Escribió trabajos hagiográficos y hasta una investigación histórica de considerable importancia, la Genealogía de los Reyes de Inglaterra, además de varias colecciones de sermones. Desgraciadamente, sólo nos ha llegado una reducida parte de su extensa correspondencia. El encanto de su personalidad, más que sus escritos, mantuvo viva su memoria entre sus monjes, muy bien reflejada en la biografía escrita por uno de los discípulos que más le admiró: Walter Daniel.

Siguiendo el camino trazado por estos tres gigantes, muchos autores cistercienses contribuyeron a la Teología monástica, en la medida en que se lo permitieron su talento y erudición. Los que estuvieron en contacto directo e indirecto con san Bernardo y Claraval constituyen una escuela de espiritualidad específicamente bernardina. Sobresale entre ellos Guerrico († 1157), que vivió quince años en Claraval y terminó sus días como abad de Igny. Es el autor de un tratado, El Desfallecimiento del Alma Enamorada, una alabanza de la vida monástica vivida en la alegre contemplación de los misterios divinos, además de cincuenta y cuatro sermones litúrgicos escritos con esmero.

Un inglés llamado Isaac († 1169), abad del monasterio francés de l’Etoile (Stella), continuó la tradición bernardina con su colección de sermones relativos a distintos temas, donde muestra mayor conocimiento de la metafísica que experiencia mística. Su Carta sobre el Alma que incluía una sofisticada clasificación de las facultades espirituales e intelectuales, ejerció mayor influencia. Sobre la Misa (De officio missae), otro de sus tratados, es una aproximación alegórica al misterio. Se supone que el trabajo de Alquerio de Claraval († 1165), titulado Sobre el Cuerpo y el Alma fue una respuesta al tratado de Isaac y, por algún tiempo, se atribuyó a san Agustín, aunque es una simple recopilación, rica en definiciones y clasificaciones, tomadas de diversas fuentes.

Gaufredo de Auxerre († 1188), estudiante de Abelardo, fiel secretario y biógrafo de Bernardo y, durante algunos años, abad de Claraval (1162-1165), dejó tras de sí algunas colecciones de sermones similares; Enrique de Marcy († 1189) predicó entre los herejes del sur de Francia y publicó un trabajo sobre eclesiología titulado El Camino de la Ciudad de Dios (De peregrinante civitate Dei).

Gilberto de Hoyland († 1172), abad de Swineshead, en Inglaterra, y amigo de Elredo, hizo otro intento por continuar los comentarios de Bernardo sobre el Cantar de los Cantares. Poco más tarde, continuaron otros, como Tomás «el cisterciense» de Perseigne († 1190) y dos ingleses, Juan († 1220), abad de Ford, y Gilberto de Stanford. Esta última generación de la escuela bernardina también incluyó a Adán († 1221), abad de Perseigne, autor de sermones y largas cartas a sus amigos monjes, y al ex trovador Helinando († 1235), prior de Froidmont, un poeta cabal, quien además de homilías escribió tratados de autoconocimiento y buen gobierno, lo mismo que una crónica mundial. Juan de Limoges, un maestro de la universidad de París, de vasta erudición, se unió a Claraval entre los años 1246 y 1270. No obstante, la mayoría de sus trabajos más importantes y de mayor difusión pertenecen, con toda seguridad, a sus años parisinos. Como monje, fue responsable de varias colecciones de sermones, una exposición del Salmo 118, un tratado sobre la exención monástica y un breve ensayo sobre el silencio monástico.

Los autores cistercienses que no pertenecían a la escuela de san Bernardo fueron tan numerosos como las materias que abordaron. Considerando su naturaleza y propósito real, el discurso sobre las barbas (Apología de barbis) de Burcardo († 1163), primero abad de Balerne y luego de Bellevaux, es el más desconcertante. por constituir una curiosa mezcla de pasajes cómicos y serios de casi cien páginas in-folio, destinado a los hermanos conversos, quienes a guisa de distintivo estaban obligados a llevar barba, y por lo tanto eran conocidos como barbati. Odón de Ourscamp († 1172), que accediera a la púrpura cardenalicia, y Tomás de Froidmont dedicaron sus trabajos a las monjas. Garnier de Rochefort († hacia el 1200), que fuera obispo de Langres, publicó una colección de sermones. Arnoldo de Bohéries compuso, alrededor del año 1200, un manual de Teología Ascética (Speculum monachorum). Un trabajo similar (De doctrina cordi), rico en alegorías, fue escrito por Gerardo de Lieja, abad de Val-Saint-Lambert.

En la historia de la Teología se recuerda al inglés Balduino de Ford por su razonado ensayo sobre el Sacramento del Altar. El italiano Ogerio de Locedio († 1214), contribuyó con un opúsculo sobre Mariología y escribió trece sermones acerca de la última Cena. El alsaciano Günther de Pairis († hacia 1220), además de diversos trabajos históricos, trató también Sobre Oración, Ayuno y Limosnas. A la pluma de Esteban († 1252), monje y abad de Sawley, luego abad de Newminster y por último de Fountains, se le debe cierto número de escritos sobre piedad. Sus obras incluyen el Espejo de Novicios y varios libros de meditación, entre ellos uno sobre Los Gozos de la Santísima Virgen María, y otro sobre la salmodia. Su contemporáneo, Juan Godard, primer abad de Newenhan escribió otros ensayos breves, un tratado sobre la mortificación y un tratado sobre la Asunción corporal de María. Odón de Morimundo († 1161), por su parte fue notable por sus sermones sobre los sufrimientos de María junto a la Cruz.

Los cistercienses de los siglos XII y XIII contribuyeron generosamente a la redacción de los exempla muy en boga; breves historias que daban ejemplos sobre la belleza de las virtudes y la fealdad de los vicios. Entre ellos figura Galland de Rigny, autor de Parábolas y Proverbios, Heriberto de Mores († 1180); Conrado de Eberbach († 1221) escritor del Exordium Magnum, citado con frecuencia, y el famoso Cesáreo de Heisterbach († 1245), prior y maestro de novicios de la gran abadía renana, y autor de una enorme colección de historias edificantes sobre monjes, monjas y hermanos que circuló bajo el título de Dialogus miraculorum. Aunque la autenticidad histórica de muchos de esos episodios es muy cuestionable, el trabajo debe considerarse como una fuente inagotable para el estudio de las costumbres monásticas y el folklore religioso del siglo XIII.

Otra forma de literatura devocional que gozaba de especial preferencia en el siglo xlii era la hagiografía, las vidas (vitae) de innumerables personas piadosas y visionarias. En toda biblioteca monástica se encontraba una u otra de esas colecciones. Un gran número de cistercienses de ambos sexos encontraron su camino en las páginas de esos volúmenes, especialmente los místicos de Villers, Aulne, Himmerod y Heisterbach. La Crónica de Villers y la Vida de los Santos de Villers presentan un interés particular, porque esa abadía fue por más de un siglo un fervoroso centro de misticismo, irradiando esa espiritualidad en todas las direcciones y enriqueciendo a un gran número de conventos de monjas lo mismo que a distintas comunidades de beguinas. Las vidas de David de Himmerod, Simón de Aulne y Abundio de Huy, juntamente con las monjas de la Orden, prueban que este tipo de misticismo cisterciense tuvo también vitalidad durante todo el siglo XIII.

Aunque su enseñanza no tenía ninguna vinculación con las tradiciones cistercienses, debemos mencionar a Joaquín de Fiore († 1202), el gran místico de Calabria. Se unió a la Orden después de una peregrinación a Jerusalén, llegó a ser abad de Corazzo, pero dejó su comunidad y pasó el resto de sus días en contemplación, escribiendo y predicando. Su Armonía del Antiguo y Nuevo Testamento, Explicación del Apocalipsis y Salterio de diez cuerdas tratan de la Santísima Trinidad en una forma aparentemente triteística, y del advenimiento de una nueva era bajo el reinado del Espíritu Santo, la era de la paz y bienaventuranza eterna. Aunque su doctrina trinitaria fue condenada en 1215, sus escritos ejercieron gran influencia en la piedad del Medioevo tardío, y en particular sobre los Franciscanos Espirituales.

La historia fue el primer tema de estudios profanos que ocupó a gran número de abadías cistercienses desde los mismos comienzos. Otón de Freising († 1158), hermanastro del Emperador Conrado III y tío de Federico Barbarroja, fue el más sobresaliente entre todos los historiadores de la Orden y a la vez el más grande de su siglo. A poco de concluir su educación en París bajo Abelardo y Gilberto de la Porreé, se unió a la Orden, llegando a ser abad de Morimundo y luego obispo de Freising. En compañía del Emperador, participó en la malograda Segunda Cruzada. Sus dos trabajos más importantes fueron la Crónica o Libros de Dos Ciudades, una historia universal hasta el año 1146, y los Hechos del Emperador Federico, historia de la primera época del reinado de Barbarroja basada en las propias observaciones de Otón. Su Crónica fue el primer intento medieval de escribir una historia «filosófica», empleando las ideas básicas de Agustín expuestas en la Ciudad de Dios.

En algunos casos, los monasterios cistercienses fueron fundados con la intención expresa de fomentar los estudios, especialmente la historiografía. De esta forma Soro, en Dinamarca, fue establecido en 1162 con el propósito de «que allí dentro pudieran alojarse hombres de gran erudición que compilaran los anales del reino y registraran anualmente, para la posterioridad, los hechos dignos de ser recordados».

Los analistas cistercienses se aseguraron un lugar distinguido en la historiografía inglesa, galesa y escocesa. Melrose Waverley, Coggershall, Aberconway, Stanley, Hailes, Dore, Strata Florida, Furness, Fountains y Meaux son dignos de mención a este respecto. La Monumenta Germaniae Historica publicó las crónicas de cuarenta y ocho abadías cistercienses de gran interés en la historia germana, la mayoría de las cuales fueron escritas durante los siglos XII y XIII. Entre los cronistas conocidos sobresalen: Ralph de Coggeshall († 1227), autor del Chronicon Anglicanum; Günther de Pairis († 1220) poeta e historiador de la Cuarta Cruzada, autor de la obra conocida como Historia Constantinopolitana; Alberico de Troisfontaines († 1251), que recopiló la historia de su propia abadía en un período comprendido entre 1225 y 1250; Pedro de Zittau († 1339), abad de Königsaal, cuyo Chronicon Aulae Regiae cubre la historia de Bohemia entre 1305 y 1377; Juan, abad de Viktring († 1347), que escribió el Liber Certarum historiarum, referenzia indispensable para la historia alemana y bohemia, especialmente en el período comprendido entre 1271 y 1341. Vicente Kadlubek (1160-1223), obispo de Cracovia, padre de la historiografía polaca, pasó sus últimos años retirado en la abadía cisterciense de Andrejow. Pedro de Vaux-de-Cernay († 1218) acompañó a su tío Guido, abad de Vaux-de-Cernay, a la Cuarta Cruzada y luego siguió el desarrollo de la Cruzada albigense como testigo ocular. Su Historia Albigensis es un documento único e indispensable, aunque no imparcial, de ese trágico episodio de la historia francesa.

Difícilmente se podría encontrar alguna casa que no tuviera un libro de formularios (ars dictaminas) para ayudar a escribir correctamente cartas en latín, documentos o cartas de visitas regulares a los menos expertos. Un trabajo de esta naturaleza y que gozó de gran popularidad fue compilado por «Maestre» Transmundus, notario papal en 1185-86, luego monje de Claraval († alrededor de 1216).

La Escolástica produjo la primera reorientación importante de la espiritualidad cisterciense, que adquirió matices dramáticos en 1245, cuando la fundación del Colegio de San Bernardo en París. De aquí en adelante la Orden, no sólo asumió la responsabilidad de la formación ascética de sus miembros, sino también de la intelectual, más aún, con el correr del tiempo, los esfuerzos intelectuales fueron logrando obvia preponderancia. Como ya se ha discutido en otro capítulo, el cambio estuvo motivado por el temor de caer en la herejía, el prestigio cada vez mayor de la Escolástica, el papel de la Orden en actividades pastorales y misioneras, y el espíritu de rivalidad con los mendicantes.

Sin embargo, el fervor por la educación superior no era compartida por todos. Villers, importante y floreciente centro de misticismo, ofreció la más franca resistencia cuando su abad, Arnolfo de Lovaina (1240-1248) rechazó cualquier forma de contribución tendente al mantenimiento del Colegio parisino. Incluso después de la apertura de la floreciente institución, la reacción conservadora fue lo suficientemente fuerte como para forzar la dimisión del abad Esteban Lexington de Claraval, fundador del mismo. No obstante algunos años después se generalizó el apoyo a la educación superior. Buen reflejo de ello es el creciente entusiasmo que mostró el Capítulo General en todo lo relativo a la prosperidad del mismo.

A comienzos de 1245, los Padres Capitulares saludaron la aprobación papal para el colegio cisterciense declarando que el mismo estaba destinado a aumentar «la gloria de Dios y de la Orden, el honor y lustre de la Iglesia universal, ennobleciendo nuestros corazones con la luz de la sabiduría divina». En 1341, el Capítulo General no titubea en declarar que «el studium parisino glorifica a toda nuestra Orden, dado que es allí donde nuestros miembros extraen abundantes aguas de vida de las fuentes del Salvador». En 1490, cuando se recomendaba la asistencia al mismo Colegio, el Capítulo aseguraba a los futuros estudiantes «que el honor y la gloria de nuestra Orden depende, en su mayor parte, de la abundancia de miembros literatos y eruditos».

En el momento de hacerse esta declaración, no sólo París sino toda universidad importante en Europa contaba entre sus alumnos a estudiantes cistercienses, y el número de graduados siguió multiplicándose. Sin embargo, parece que nunca se conquistó la gloria de la Orden por estos medios. Ha quedado como hecho curioso que, mientras los dominicos, tuvieron a Santo Tomás de Aquino y los franciscanos a san Buenaventura y Duns Scoto, los cistercienses no pudieron formar eruditos de una talla semejante. Una explicación parcial y aproximada podría encontrarse en la estructura y vocación externa de las órdenes mendicantes. Dominicos y franciscanos estimulaban a sus jóvenes filósofos y teólogos a permanecer en las escuelas y a hacer una carrera de la enseñanza y los estudios; los cistercienses, en cambio, no gozaban de tales incentivos y con frecuencia los graduados capaces eran elegidos abades, aun antes de su promoción al doctorado. Es innecesario decir que, desde el punto de vista de un joven ambicioso, dicho honor era una carrera preferible al profesorado, y después de haber aceptado lo primero, las responsabilidades administrativas eran un obstáculo para la prosecución de los estudios.

El caso de Esteban Lexington, el fundador del Colegio de París, puede ilustrar las consecuencias desagradables que tuvo para un magister de Oxford, de auténtico talento, convertirse en cisterciense. Tan pronto como hizo su profesión en la Abadía de Quarr, fue elegido abad de Stanley, luego de Savigny y finalmente de Claraval; cada posición era más exigente que la anterior. En lugar de escribir tratados sobre temas teológicos, populares por ese entonces, o redactar su propia Summa, tuvo que emplear su brillante talento en resolver problemas más relacionados con el cotidiano quehacer de su casa. En vez de un compendio escolástico, dejó tras de sí cartas de visitas regulares y una voluminosa correspondencia, de gran valor histórico, pero sin ningún interés teórico.

Guido, abad de L’Aumône, fue el primer cisterciense conocido que recibió su doctorado como estudiante del Colegio de San Bernardo; pero no fue promovido a dicho grado a través de procedimientos normales, sino por orden del papa Inocencio IV, en 1256. El primer alumno que fue distinguido con el mismo título por las autoridades universitarias, en 1274, fue Juan de Weerde († 1293), monje de Les Dunes. Entre todos sus trabajos, sólo sobrevivió una serie de cuestiones disputadas (quodlibet). Se conoce muy poco de los otros doctores cistercienses que se graduaron antes o después de comienzos del siglo XIV, y sus trabajos que todavía existen y son identificables permanecen ocultos en archivos y bibliotecas. Tal es el caso de Francisco de Keysere ( t 1294) y Juan de Sindewint, monjes de Les Dunes; Humberto, abad de Preuilly; Rainiero de Clairmarais; Juan de He, de Ter Doest; Juan de Dun-le-Roi († 1319), y Santiago de Dijon, quien se graduó en París en 1310 e inmediatamente se convirtió en abad de Preuilly.

Sin duda alguna, el más famoso entre los primeros graduados del Colegio fue Jacques Fournier, monje de Boulbonne, luego abad de Fontfroide (1311), maestro de teología (1313-1314), obispo de Pamiers y Mirepoix, cardenal en 1327 y por último papa, tomando el nombre de Benedicto XII (1334-1342). Su voluminoso legado intelectual incluye un tratado Sobre el Estado de las Almas antes del juicio Final, un larguísimo Comentario sobre el Evangelio de Mateo, varios trabajos sobre herejes y herejías de su época, sermones, y hasta vidas de santos. Antes de su elección, gozó de reputación como experto en ortodoxia teológica y ejerció con éxito durante años el cargo de inquisidor. Cuando papa, demostró ser un reformador incansable de las órdenes monásticas y un bienhechor generoso del Colegio de San Bernardo. Bajo sus auspicios, se inició la construcción de la gran iglesia del establecimiento, que no llegó a terminarse, uno de los mejores ejemplos del gótico tardío en París, que fue destruida durante la Revolución.

Otro activo estudioso fue Jacques de Therines († 1321), monje y luego abad de Châlis y, en 1318, abad de Pontigny; durante su «regencia» del Colegio parisiense (1306-1309) compuso dos volúmenes de cuestiones disputadas (quodlibeta). Como participante en el Concilio de Vienne (1311-1312), presentó un informe detallado sobre la condición moral y financiera de la Orden Cisterciense, destinado a facilitar el decreto de reforma, que sin embargo, sólo fue firmado en 1355 por el Papa Benedicto XII.

El teólogo más brillante de la joven generación del Colegio fue Juan de Mirecourt, monje de Cister, quien comentó entre 1344-1345 las Sentencias, como preparación para su título final. Fue uno de los tantos discípulos de Guillermo de Ockham, pero conservó bastante independencia en el pensamiento y en el estilo. Como otros miembros de la misma escuela, se especializó en la epistemología, siguiendo la línea lógica del escepticismo y encontrando certeza absoluta sólo en la evidencia sometida al principio de contradicción. Pero los vigilantes antinominalistas hallaron sus tesis incompatibles con la ortodoxia y, en 1347, Clemente VI condenó cuarenta y una proposiciones ofensivas en la enseñanza de Mirecourt. Éste defendió su posición vigorosamente, pero desapareció abruptamente de la escena en 1348, víctima probablemente de la Peste Negra en Royaumont, de donde acababa de ser elegido abad. La amplia distribución geográfica de sus manuscritos atestiguan su reputación y considerable popularidad.

Un monje de Claraval, Pedro Ceffons, condiscípulo de Mirecourt, su amigo íntimo, testigo y sobreviviente de la plaga de París, no sólo fue un abierto defensor de su censurado cofrade, sino que lo sobrepasó al criticar abiertamente a la autoridad establecida. Aunque «su producción literaria fue vasta, polifacética e importante» quedó prácticamente desconocida hasta 1957, cuando fueron descubiertos e identificados algunos de sus manuscritos sobrevivientes en la biblioteca municipal de Troyes. Estudió el bachillerato en teología en el Colegio de San Bernardo en 1348-1349, y finalizó sus estudios formales en 1353, pero nada se sabe de su carrera posterior. Lo más probable es que muriera prematuramente.

Su trabajo de mayor envergadura fue un comentario sobre las Sentencias, que inicia con una denuncia desbaratando a las «tres viejas brujas extranjeras» responsables de la condenación de Mirecourt y asociados en 1347. Con toda cautela evitó nombrarlos, ya que se refería claramente a tres frailes italianos que actuaron en París y Aviñón, a los que deseaba ver desterrados de Francia y arrojados a las profundidades del infierno. Otros trabajos de Ceffons comprenden una trilogía: Centilogium (cien capítulos), una carta de Jesucristo a los prelados de la época; Epistola Luciferi, una carta abierta del «príncipe de las tinieblas» al papa y los obispos exhortándolos sardónicamente a que fueran un poco más leales a Belzebú, y Parvum Decretum, una disertación sobre los límites de la autoridad papal. En un manuscrito titulado Sueño (Somnium) adopta una inusitada actitud al disputar con el Capítulo General de 1348 por haber vuelto a poner en uso un viejo estatuto exigiendo que una vez al año los monjes revelaran a sus abades sus pecados ya confesados. Argumentaba (todo en su sueño) que este reglamento violaba la libertad de conciencia, y que era por consiguiente un flagrante abuso de autoridad.

Dos cistercienses ingleses se vieron envueltos en las controversias nominalistas, y ambos fueron censurados por sus puntos de vista ockhamistas. Uno fue un tal «Henricus Anglicus», de quien Benedicto XII ordenó se investigara en 1340. El otro fue Ricardo de Lincoln, un monje de Louth Park, cuyas «fantásticas» tesis fueron condenadas por Benedicto XII, cargos que le fueron levantados en 1343 por Clemente VI, y se le permitió concluir sus estudios en París.

Posteriormente, en el mismo siglo, dos estudiosos cistercienses de Oxford tomaron una posición francamente contraria a las enseñanzas de Juan Wycleff († 1384). Fueron Enrique Crumpe, un monje irlandés, que predicó asiduamente contra la doctrina errónea, calificó a sus adherentes de «Lollardos» y firmó el acta condenatoria de Wycleff, por su doctrina sobre la Eucaristía. El mismo Crumpe demostró tener amplios recursos en las controversias, tanto orales como escritas, y entre otros, atacó a los frailes mendicantes por sus privilegios excesivos. El prior de Sawley, Guillermo Rymignton († 1385), que durante 1372-1373 actuó como Canciller de la Universidad de Oxford, fue el otro defensor de la ortodoxia. A la vez que atacaba a Wycleff, no estaba ciego a las fallas de la Iglesia y, como Canciller, dirigió dos sermones notables por sus duras críticas a la moral imperante entre los clérigos de su tiempo. Su libro de meditaciones atestigua una sincera piedad.

Al finalizar la centuria, debemos incluir entre los estudiantes eminentes del Colegio parisino a Jacobo de Eltville († 1393), que, siendo abad de Eberbach, consiguió el título de Maestro en Teología en 1373, y cuyos cuatro libros de comentarios de las Sentencias muestran cierta tendencia nominalista. Otro alemán, Conrado de Ebrach († 1399) comenzó sus estudios en París, los continuó en Bolonia y por último obtuvo el título de Maestro en Praga en 1375. Sus comentarios sobre las Sentencias, de amplia difusión, lo revelan muy próximo a la escuela de los teólogos agustinos, en especial a Hugolino de Orvieto († 1373). Dado que, a poco de su graduación, los alemanes no eran bien recibidos en Praga, se trasladó a Viena, donde cooperó en la organización de la Facultad de Teología. Su figura alcanzó igual relevancia durante el Gran Cisma, al movilizar a los cistercienses alemanes en favor del papa romano Urbano VI, que le otorgó el título de Abad de Morimundo. Durante el Cisma, Conrado presidió también varios Capítulos Generales convocados para los cistercienses fuera de Francia.

Cuando los husitas lograron el control de la Universidad de Praga, expulsaron a todos los cistercienses de la misma, entre ellos a Mateo Steynhus de Königsaal († 1427), renombrado teólogo y autor doctorado en Praga. Altzelle se convirtió en su nueva residencia, donde asistió a la organización del colegio cisterciense de Leipzig y participó en el Concilio de Constanza (1414-1418).

Al alborear el siglo XV, la Escolástica estaba en todas partes en franca decadencia. El humanismo era un nuevo movimiento, que no tenía relación alguna con las viejas escuelas, y en verdad, muchas universidades no hacían más que luchar por sobrevivir. Los cistercienses continuaron conservando sus colegios establecidos con anterioridad, pero no salió de ellos ningún filósofo o teólogo de nota. Por lo tanto, los entusiastas proyectos motivados por la fundación de los primeros colegios cistercienses nunca cristalizaron. El gran número de graduados dentro de la Orden no llegó a ejercer una influencia considerable sobre la moral y la espiritualidad imperante y fracasó también en formar una escuela de teología cisterciense. Aunque la mayoría de los estudiosos arriba mencionados parecen haber pertenecido al «camino moderno» (via moderna), influenciados en mayor o menor grado por el nominalismo, fueron eclécticos de talento, y no permanecieron en el campo de la enseñanza el tiempo suficiente para formar una «escuela» de pensamiento u organizar un grupo de fieles discípulos. No se puede pronunciar una palabra final en este asunto por falta de material histórico que asegure conclusiones más valederas.

La falta de investigación adecuada que ha obstaculizado la formación de un juicio definitivo sobre los méritos de la escolástica cisterciense es aún más evidente cuando dirigimos nuestra atención a la literatura devocional de la misma Orden durante los siglos XIV y XV. Los nombres que damos a continuación no son exactamente los de los autores más cumplidos, sino los de aquellos que por alguna razón han sido más recordados que los incontables caídos en el olvido absoluto. En el momento actual, sigue siendo un problema insoluble si esos trabajos todavía conservaban elementos de la espiritualidad bernardina otrora predominante, aunque en algunos casos la respuesta parece ser netamente negativa. Sin duda alguna, Felipe de Rathsamhausen († 1322) fue un personaje muy importante; monje y abad de Pairis en Alsacia, estudiante de Teología en París y finalmente obispo de Eichstätt en 1306. En este último cargo, fue consejero sucesivamente de tres gobernantes alemanes, Alberto I, Enrique VII y Luis de Baviera. Hombre piadoso y persuasivo predicador, se debe a su pluma una Exposición del Magnificat, meditaciones sobre el salmo IV y el Padrenuestro, sermones y varias vitae de santos populares.

Piedad y conocimiento se amalgaman en los trabajos de Nicolás Vischel († alrededor de 1330), monje de la austríaca Heilingenkreuz y autor de las Alabanzas a la Santísima Virgen María, de cierto número de sermones y algunos tratados contra los herejes. Ulrico, abad de Lilienfeld, en Austria (1345-1351), compuso un vívido trabajo titulado Concordia veritatis, una paráfrasis moralizadora de la Biblia, y escribió meditaciones sobre los salmos.

A Galo (Gallus) († 1372), abad de Königsaal en Bohemia, se le atribuye el Malogranatum, un manual de teología Ascética y Mística en forma de diálogo. El trabajo era una hábil recopilación y se convirtió en propagador popular de una versión bohemia de la devotio moderna. Después de circular durante un siglo en forma de manuscrito, fue editado en tres ediciones incunables y aun traducido al francés.

Ningún trabajo cisterciense pudo competir, sin embargo, en popularidad con el Antidotarius animae que, de acuerdo con su subtítulo, era «un libro de meditaciones y oraciones piadosas, ofrecidas como antídoto para el alma». Pertenece a Nicolás Salicetus (Wydenbosch), un doctor en medicina nacido en Suiza, que se hizo cisterciense y por último fue abad de Baumgarten (1482), en Alsacia. La primera edición del libro data de 1489 y, hacia 1554, había por lo menos treinta ediciones. Alrededor de 1580, su venta era tan grande que se publicó una edición francesa. El singular atractivo del trabajo residía en el hecho de que ofrecía oraciones eficaces para cada calamidad posible de la vida en una forma muy parecida a la que el autor, en su profesión anterior, había prescrito medicación a la gente que sufría enfermedades corporales.

La leyenda, como género literario, retuvo su popularidad hasta el final del Medioevo. Aún más, el siglo XIV trajo consigo un resurgimiento del misticismo cisterciense no sólo en los cenobios de monjas, sino también en los monasterios masculinos, especialmente en Alemania. Heilsbronn bajo el Abad Conrado de Brundelsheim (1317-1321); Kaisheim, en época del Abad Ulrico Nubling (1340-1360), amigo personal del gran místico germano Juan Tauler; Waldsassen, durante el abadiato de Juan Ellenbogen (1313-1.325), y Königsaal, sucesivamente bajo los abades Pedro y Galo, fueron centros muy renombrados de piedad monástica. Todos los abades que acabamos de mencionar escribieron también literatura mística y devocional. Juan Ellenbogen, abad de Waldsassen, coleccionó las vidas y describió las experiencias místicas de los monjes de su abadía y dedicó este trabajo al Abad Pedro de Königsaal, donde ya circulaba una colección similar.

En 1439 y 1447, el Capítulo General mismo estimuló a los abades y abadesas a fomentar la recopilación de vidas de miembros piadosos de sus comunidades. Esta efervescencia religiosa sirvió de base para la fundación de la «Congregación de Sibculo ». Su relación con la devotio moderna ya ha sido analizada anteriormente.

La vida de Santa Brígida de Suecia (1302-1373), la famosa mística y profetisa, es testigo del indeclinable vigor de la espiritualidad cisterciense en el norte de Europa. Después de que su esposo tomara el hábito en Alvastra, vivió durante años en las cercanías de dicho monasterio bajo la dirección espiritual de los monjes. Su piedad es típicamente cisterciense, centrada en la pasión de Cristo y las glorias de la Santísima Virgen. La Regla de la Orden de san Salvador (brigidianos), que ella fundó, refleja influencia cisterciense. Parte de sus revelaciones fueron traducidas del idioma vernáculo al latín por el cisterciense Pedro Olafsson, prior de Alvastra, fiel secretario de la santa.

El siglo XVI, época de la revolución protestante y de las guerras religiosas no fue muy propicio para la actividad literaria o histórica. En los países donde los cistercienses todavía eran fuertes, miembros de la Orden tomaron parte activa en las controversias religiosas del momento, pero pocos de sus escritos tuvieron valor perdurable.

En España y Portugal, tanto el volumen como el nivel de la investigación erudita continuó siendo alto, particularmente en el campo de la historia. Alcobaça por sí sola contaba con diecisiete historiadores entre sus doscientos ochenta autores. Sin lugar a dudas, el más importante fue Bernardo de Brito (1569-1617), que incluye entre sus abundantes trabajos históricos la Chronica de Cister (1602), una historia de los cistercienses portugueses muy bien documentada. Monje de Alcobaça, se doctoró en Coimbra y fue cronista de la corte de Felipe III. Por desgracia, su notoria falta de habilidad crítica hace muy problemático el uso de esta gran obra. Permanece manuscrita una extensa colección suya de documentos (De privilegiis Ordinis Cisterciensis).

Entretanto, España aportaba dos historiadores cuyos trabajos han permanecido como firmes piedras angulares de la erudición histórica cisterciense. Ángel Manrique (1577-1649), nacido en Burgos, ingresó en la abadía de Huerta y concluyó sus estudios en Salamanca, donde actuó varios años como provisor del Colegio cisterciense de Loreto. Gozó de alta estima en la corte de Felipe IV, donde predicó a menudo y, merced al favor real, se convirtió en obispo de Badajoz en 1639. Entre sus numerosos escritos sobre piedad, teología e historia, el más sobresaliente fue Annales Cistercienses, publicado en cuatro volúmenes in-folio. Siguiendo una rígida cronología, llegó a cubrir la historia de la Orden sólo hasta 1236.

Crisóstomo Henríquez (1594-1632), por su parte realizó un trabajo de investigación de prodigiosas dimensiones, a pesar de su breve vida. También fue profeso de Huerta, pero se trasladó a los Países Bajos ocupado por los españoles, donde fue firmemente respaldado por el Archiduque Alberto. Centró su interés en la hagiografía cisterciense y publicó en Flandes todos sus trabajos pioneros, entre ellos el Fasciculus Sanctorum Ordinis, Lilia Cistercii y Menologium Cisterciense.

En Italia, el historiador cisterciense más notable fue Fernando Ughelli (1595-1670), monje florentino que fue abad en Settimo y, por último, en Tre Fontane. Estando en Roma, alcanzó el favor de Alejandro VII y Clemente IX, y con el estímulo de éstos emprendió la publicación de su Italia Sacra, libro de referencia aún hoy indispensable sobre la historia de la Iglesia italiana, en diez volúmenes in-folio (1642-1662). Después de su muerte, se publicó una edición corregida y puesta al día en Venecia (1712-1722).

Los fulienses contaron con un buen número de autores de renombre. Carlos José Morozzo (1645-1729), abad de los Consolata en Turín y luego obispo de Saluzzo, fue el más conocido entre sus historiadores. A sus difundidas obras devocionales se agregan la historia de la Orden de los cartujos, varias biografías, y la historia de la reforma fuliense titulada Cistercii reflorescentis chronologica historia (1690).

Gaspar Jongelinus, monje de origen flamenco y abad sucesivamente de Disibodenberg y Eusserthal, pasó su vida trabajando en los ricos archivos cistercienses. El fruto de su esfuerzo fue la Notitia Abbatiarum Ordinis Cisterciensis publicada en 1640, en la cual registraba e identificaba hasta setecientas noventa y siete abadías cistercienses. A despecho de sus abundantes errores, fue el único trabajo de referencia de esta naturaleza hasta los Orígenes Cistercienses (1887) de Janauschek. En 1641, prosiguió con una historia de las órdenes militares cistercienses y, en 1644, se imprimió su lista de obispos, cardenales y papas benedictinos y cistercienses.

Carlos de Visch († 1666), monje y prior de Les Dunes, compiló una bibliografía de los autores cistercienses de todos los países desde los comienzos hasta sus días. Su Bibliotheca Scriptorum Sacri Ordinis Cisterciensis, en dos ediciones (1649 y 1656), completada con apéndices posteriores permaneció durante tres siglos como el único trabajo de referencia sobre este tema.

Agustín Sartorius († 1733), monje profeso de Ossegg en Bohemia, publicó una historia popular de la Orden en dos volúmenes: Cistercium Bis-tertium (Praga, 1700). Como su peculiar título indica, deseó contribuir con su trabajo a la celebración del 6° centenario de la fundación de Cister. Aunque el tono del texto era panegírico, tuvo amplia difusión, y pronto fue traducido al alemán.

En Francia, la obra más perdurable del saber cisterciense del siglo XVII fue la Bibliotheca Patrum Cisterciensium (1660-1669), de Bertrand Tissier († 1670), monje, prior y reformador de Bonnefontaine y graduado en la Universidad de Pont-à-Mousson. Sus tres volúmenes in-folio incluyeron cuidadas ediciones de las obras de los primitivos autores cistercienses y fueron impresas en la propia imprenta de la abadía. Claudio Chalemont († 1667), monje de Cherlieu y abad de La Colombe, escribió, entre otros trabajos de Teología, un compendio hagiográfico muy usado, Series Sanctorum et Beatorum Ordinis Cisterciensis (París, 1666). Entre los muchos autores de monografías de cada abadía, merece especial crédito Claudio Auvry, monje de Vaux-de-Cernay y prior de Champagne y Savigny en la década de 1680, quien dejó como legado una voluminosa Histoire de la Congrégation de Savigny, que todavía está en circulación en una edición moderna en tres volúmenes (1886-1888). Lo mismo puede decirse de la gran colección sobre los orígenes de Julián Paris († 1672), abad de Foucarmont, cuya obra Nomasticon Cisterciense se cita frecuentemente y fue publicada por primera vez en 1664, y continuó cumpliendo con su propósito original a través de la edición de Séjalon en 1892. Nicolás Cotheret, monje y archivero de Cister y doctor de la Sorbona, completó alrededor de 1738 una historia de la abadía de Cister. Debido a que asumió una actitud demasiado crítica respecto a muchos abades, su libro no pudo ser editado, pero los detalles que revela podrían justificar su publicación tardía. Por el contrario, la apariencia impresionante de los nueve volúmenes del Éssai de l’histoire de l’Ordre de Cîteaux (1696-1699), de Pedro Lenain (1640-1713), resultaría desagradable a los lectores modernos. El autor era un monje de La Trapa, admirador y biógrafo de Rancé pero su Éssai es simplemente una colección de pías biografías e historias de milagros sin ningún valor científico.

Los cistercienses franceses de todo el siglo XVIII estuvieron absorbidos por los puntos debatidos entre la Estricta y Común Observancia. De los cientos de panfletos publicados por ambas partes, muchos tenían considerable valor histórico y jurídico, escritos con tanto conocimiento como parcialidad. Del lado de los Abstinentes el autor más cumplido fue Juan Jouaud († 1673), abad de Prières y líder de la reforma, quien en 1656 hizo un resumen de los resultados del primer medio siglo de debate, dedicándole todo un libro que tituló Déjense des règlements. Este mismo trabajo reapareció en 1746 en una versión corregida y puesta al día como Histoire générale de la reforme de l’ordre de Cîteaux en France, figurando como autor Francisco-Armando Gervaise (1660-1715), miembro y ex abad de La Trapa, autor de cierto número de vidas populares de santos. Esté trabajo, citado con mucha frecuencia, perpetuó con un criterio muy distorsionado la naturaleza de la famosa y enconada rivalidad monástica. Como una ironía del destino, el trabajo más ambicioso de Gervaise, la biografía del Abad Rancé, en dos volúmenes, permaneció en cambio manuscrita hasta que el abbé Dobuis la publicó en 1866 bajo su propio nombre, sin mencionar al autor original.

Del lado de la Común Observancia, el panfletista más laborioso fue Juan Tédénat, procurador del Colegio de San Bernardo en París, quien en 1667 fue recompensado por sus servicios con el priorato de Grâce-Dieu.

Hacia fines del siglo XVII y en el siglo XVIII, la agria y prolongada disputa entre los abades de Cister y los protoabades centraron la atención de toda la Orden. Dado que los argumentos eran en parte históricos y en parte jurídicos, muchos de los activos participantes en la guerra verbal tuvieron que hurgar los archivos monásticos en búsqueda de documentación. En 1678, salió a luz un trabajo notable, apoyando la posición del Abad General, Le véritable gouvernent de l’Ordre de Cîteaux, que servía como historia constitucional de la Orden en gran escala (quinientas setenta y seis páginas). Su culto autor, Luis Meschet († 1715), actuó durante varios años como preboste del Colegio parisino, mientras ostentaba el título de abad de La Charité como prebenda. Sin embargo, su trabajo más ambicioso fue un Bullarium, en el cual trabajó durante muchos años y que finalmente publicó en 1713 como Privilège de l’Ordre de Cîteaux. A pesar de su naturaleza selectiva, este trabajo sirvió por largo tiempo como una utilísima colección de los orígenes. Pocos años más tarde, apareció una crítica detallada del mismo debida a la pluma de Ricardo Montaubon, secretario del abad de Claraval, y al docto maestro de novicios de la misma abadía, Juan Antonio Macusson.

Juan Caramuel Lobkowitz (1606-1682) fue, sin lugar a dudas, el talento cisterciense más original del siglo XVII. Natural de Madrid, se unió a los cistercienses de La Espina, siguió estudios académicos en Alcalá, Salamanca y Lovaina, y se convirtió sucesivamente en abad y obispo de distintas sedes, aunque en alguna ocasión ocupó posiciones tales como «Superintendente imperial de fortificaciones» en Bohemia, donde se le atribuye la conversión de 30.000 husitas y protestantes a la fe católica. Fue un erudito peripatético, conocido en los círculos académicos de toda la Europa católica. Ningún campo del saber escapó a su atención, hablaba veinticuatro idiomas y sus trabajos publicados alcanzan doscientos cincuenta títulos. Su mayor ambición era reducir todo, aun la Teología Moral, a simples principios geométricos. En su obra más controvertida, Teología moral fundamental (1651), se declaró enemigo del jansenismo y defensor del probabilismo, aunque el título de «príncipe de los laxistas» que le diera san Alfonso María de Ligorio no fuera del todo merecido.

Al otro extremo se encuentra el carácter humilde y retraído de Luis Quinet (1595-1665), monje de Val-Richer y abad de Barbery. Bajo la influencia de Denis Largentier abrazó la Estricta Observancia, pero se mantuvo apartado de las acres controversias. Fue uno de los pocos místicos cistercienses de su siglo, un experimentado director espiritual y autor de escritos piadosos.

Erudición, fama y santidad de vida resumen el carácter de Juan Bona (1609-1674), profesor de teología, abad y general de los fulienses italianos, y por último cardenal en 1669. Aunque logró gran popularidad como escritor ascético, no fue muy original. En el campo de la Liturgia, abrió el camino para encarar doctamente temas debatidos con pasión. Por mucho tiempo se consideraron clásicos sus escritos sobre la Misa.

Pablo Ives Pezron (1639-1706) debe su renombre al hecho de haber enfocado científicamente la cronología bíblica. Aunque fue secretario de Jouaud durante años, prefirió el estudio a la controversia. Doctorado en La Sorbona en 1690, y provisor del Colegio de San Bernardo, Pezron fue nombrado abad de La Charmoye en 1697, pero continuó publicando intensamente en el campo de su especialidad.

El trabajo fundamental para la formación espiritual dentro de la Estricta Observancia fue el Du premier esprit de l’Ordre de Cîteaux de Julián Paris, con tres ediciones en rápida sucesión (1653, 1664, 1670). Este libro se constituyó en el manual para todo novicio que ingresaba en las comunidades reformadas. Presentaba al ascetismo sin compromisos como la meta primaria del Cister primitivo y produjo una profunda impresión en Rancé, cuya propia espiritualidad siguió desarrollándose en dicha dirección.

Armando-Juan Le Bouthillier de Rancé (1626-1700), un brillante doctor de La Sorbona, que, convertido al monaquismo, se transformó en Abad regular de La Trapa, ejerció una influencia dominante sobre la espiritualidad de la Estricta Observancia. Su notable erudición en la teología patrística, su rígido ascetismo y carácter combativo caracterizaron a sus múltiples publicaciones, todas acentuando su convicción básica que la vida monástica debía ser una vida de penitencia. Su libro más representativo fue la serie de conferencias publicadas en dos volúmenes: De la Santidad y Obligaciones de la Vida Monástica (1683). En La Regla de san Benito, traducida y explicada de acuerdo con su genuino espíritu (1689) desarrolla idéntica doctrina, lo mismo que en su abundante correspondencia. Su preferencia por el trabajo manual y su actitud negativa hacia la actividad intelectual originaron un prolongado debate literario con el gran estudioso maurista Juan Mabillon (1632-1707).

Durante todo el siglo XIX, los trapenses permanecieron fieles al legado espiritual de Rancé y fueron a menos los estudios y publicaciones, aunque muchos de sus miembros tenían una adecuada formación para esas tareas, ampliamente demostrada en los dos volúmenes de los excelentes Annales de l’abbaye d’Aiguebelle (1863). Su autor, Hugo Séjalon (1824-1890), ingresó en Aiguebelle en 1857, luego de pertenecer a la Compañía de Jesús.

Mientras tanto, la renacida Común Observancia tomó un camino completamente opuesto, estimulando los estudios y la producción intelectual con resultados espectaculares, particularmente en las abadías del imperio austro-húngaro. Entre 1814 y 1896, la comunidad de Zirc, por sí sola, contaba con ciento cinco autores, muchos de ellos de fama nacional y aun internacional. La misma tendencia continuó en mayor escala todavía durante el siglo XX, cuando también la Estricta Observancia comenzó a contribuir a los estudios monásticos en forma significativa. Las notas bibliográficas correspondientes al presente trabajo son testigo del notable volumen y la calidad de los esfuerzos intelectuales entre los miembros contemporáneos de ambas observancias cistercienses.

 

Bibliografía

(…)

L.J. Lekai, Los Cistercienses Ideales y realidad, Abadia de Poblet Tarragona , 1987.

© Abadia de Poblet

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