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Los Cistercienses
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Espiritualidad y erudición
La gran renovación espiritual de la Reforma Gregoriana
estimuló el deseo general de volver a las fuentes del cristianismo para
rejuvenecer y purificar al mundo, en conformidad con los altos ideales de la
Iglesia primitiva. Aquellos que se esforzaban por liberar a la
jerarquía y al clero secular de la fascinación ejercida por el mundo, se
inspiraron en el ejemplo de los Apóstoles. Algunos movimientos laicos
encontraron nueva inspiración para sus programas de reconstrucción social y
religiosa en el Evangelio. Dentro de las comunidades monásticas, la
atracción por las tradiciones de los primitivos Padres del Desierto fue cada
vez mayor.
El movimiento generó un creciente interés por la
cristiandad oriental y especialmente por Tierra Santa, mientras que las
activas relaciones con el cercano Oriente despertaron intensa curiosidad por
el destino de los grandes santuarios de Jerusalén. El entusiasmo universal
culminó en la Primera Cruzada, que estimuló en toda la sociedad cristiana un
heroico celo por Cristo y su causa.
Influida por el mismo espíritu de heroísmo, la reforma
monástica del siglo XI debió afrontar un problema peculiar: el abierto
antagonismo entre el modelo presentado por los Padres del Desierto y el
poderoso influjo de la Regla de san Benito. Autoridades dirigentes e
influyentes como san Pedro Damiano, no dudaron en solucionar el problema
declarándose abiertamente a favor de la vida eremítica, aduciendo que la
Regla había sido escrita únicamente para principiantes, mientras que se
suponía que la imitación de los Padres del Desierto conducía a la perfección.
Se organizó un cierto número de comunidades religiosas más acordes con los
nuevos ideales, Camaldoli y Vallombrosa fueron las más significativas entre
ellas.
Pedro Damiano y sus seguidores no ejercieron ninguna
influencia más allá de los Alpes. Sin embargo, en Francia, una larga serie
de reformas con más o menos éxito reveló similares aspiraciones. Esteban
Muret, Bernardo de Tiron, Bruno de Colonia, Roberto de Arbrissel, Vital de
Mortain, y muchos otros, fueron unánimes en sus críticas del estado del
monaquismo de su época, y en su reorganización, e inspirados por las
virtudes heroicas de los Padres del Yermo volvieron al ascetismo severo de
los modelos pre-benedictinos. Aunque presentaban grandes variantes en sus
detalles, las características comunes de sus programas eran: desapego
completo del mundo, gran pobreza, y estricta penitencia.
En esta atmósfera febril de reformas, la iniciativa de
san Roberto, campeón infatigable de la renovación monástica, no resultó
extraña. Cuando emprendió con sus compañeros la fundación de Molesme, su
meta no era muy distinta de la de sus predecesores y contemporáneos, que
también trabajaban con el mismo propósito. El esfuerzo de Roberto logró un
éxito notable. Pero, al aumentar el número de monjes, reapareció el problema
crucial: la correcta interpretación de la Regla de san Benito. Acalorados
debates quebraron la paz de la joven comunidad, y el abad y sus fieles
discípulos se vieron forzados, repetidas veces, a buscar refugio y consuelo
en las ermitas de la vecindad. Como resultado de las prolongadas discusiones,
el grupo de Roberto llegó a una importante conclusión: para volver a vivir
según los ideales básicos del monaquismo, era necesario que los monjes
retornaran a la letra de la Regla, y rechazaran las interpretaciones
posteriores o modificaciones de cualquier índole. La puesta en práctica de
esta teoría, a través de la estrictísima interpretación legal de un
documento de casi seiscientos años instituyó una vida de penurias, digna del
ejemplo heroico de los Padres del Desierto, aunque es innegable que por su
severidad sobrepasaba la intención auténtica de san Benito. Apenas
entrevieron esa posibilidad, los reformadores de Molesme comprendieron que
sus constantes referencias a la Regla constituían el más firme apoyo legal
de su causa contra cualquier ataque u oposición.
La voluntad inquebrantable de vivir según la Regla, y el
deseo ardiente de soledad se convirtieron en la piedra angular de Cister. La
verdadera importancia de la reforma cisterciense radica en la sabia
combinación de los ideales ascéticos del eremitismo popular, con la fórmula
tradicional del monacato benedictino. Cister significó una amplia
oportunidad para aquellos que estaban dispuestos a seguir las virtudes
heroicas de los Padres del Yermo y, al mismo tiempo, salvó el carácter
cenobítico de la vida monástica y la autoridad absoluta de san Benito y su
Regla.
La consolidación del «Nuevo Monasterio» fue tarea de
Alberico y Esteban, sucesores inmediatos de Roberto. Es difícil determinar
con exactitud cuál ha sido su papel en la formación de la espiritualidad
cisterciense. De los primitivos documentos de Cister surge el hecho de que
la pobreza, la simplicidad y el desapego de todos los asuntos mundanos eran
las virtudes que con más vigor se inculcaba. La pobreza y la extrema
simplicidad de todos los aspectos de la vida diaria eran una consecuencia
natural de las difíciles circunstancias que atravesaban. Su completo
aislamiento los obligó a duros trabajos manuales, que en otros monasterios
de su época eran realizados por siervos. Este hecho se convirtió en otro
rasgo distinto de la Orden y, en pocos años, fue compartido por un número
siempre creciente de hermanos legos. Al comienzo, las arduas tareas de
desbrozar y labrar las tierras agravó en tal forma la ya pesada carga de los
monjes, que la «austeridad poco común y casi inaudita de sus vidas» (Exordium
Parvum), acobardaba a quienes tenían intención de unírseles.
Tradicionalmente, los documentos escritos durante las
primeras décadas de la historia de Cister, tales como el Exordium
Cistercii y la versión más antigua de la Carta Caritatis, han
sido atribuidas a Esteban Harding, sin contar, con pruebas concluyentes.
Sólo es posible reconocer como auténticamente suyas tres cartas cortas y un
breve prefacio al nuevo Himnario. Pero el Abad Esteban contribuyó
decisivamente a crear la atmósfera intelectual y espiritual que la flor y
nata de sus contemporáneos encontraron irresistible.
A pesar del intransigente ascetismo, Cister se convirtió
bajo su abadiato en un centro único de cultura monástica. Es difícil
concebir, cómo en un remoto monasterio, una comunidad reducida haya podido
realizar tareas tan difíciles: una reforma litúrgica en gran escala, una
colección de himnos y melodías gregorianas auténticas, la revisión de la
Biblia y la redacción de una Constitución de admirable sabiduría y previsión.
Para llevarlas a cabo, Esteban contó seguramente con el apoyo de compañeros
capaces. El Exordium parvum establece explícitamente que Alberico,
predecesor de Esteban, fue un hombre de letras, muy versado en ciencias
divinas y humanas, y asimismo se recuerda gozosamente en dicho documento que,
cuando por fin llegó al monasterio un amplio flujo de vocaciones, muchos de
ellos eran clérigos nobles e ilustrados. El propio Abad Esteban hizo una
concesión importante en su programa de austera simplicidad: siendo amante de
los libros iluminados artísticamente, siguió permitiendo su uso. Los
manuscritos copiados en los primeros días de Cister pertenecen a los códigos
de mayor profusión de ilustraciones de toda la centuria.
Aunque se reconozca el bien ganado mérito de Esteban
Harding, debemos admitir que san Bernardo de Claraval (1090-1153) fue el
verdadero responsable del éxito extraordinario de Cister. El magnetismo de
su personalidad atrajo a la Orden a muchedumbres de contemporáneos, la
profundidad de su espiritualidad enriqueció las múltiples fundaciones, y su
pluma magistral divulgó el mensaje de Cister, no sólo entre sus
contemporáneos, sino también para todas las generaciones futuras de la
cristiandad occidental.
La educación formal de Bernardo previa a su ingreso en
Cister, en 1113, no era excepcional, pero en dicho monasterio, bajo la guía
de su abad, y después de 1115 como abad de Claraval, ayudado por amigos de
la talla de Guillermo de Saint-Thierry, tuvo la oportunidad de imbuirse en
toda la tradición patrística latina, particularmente en san Agustín y aun
algunos Padres Griegos, como Gregorio de Nisa y Orígenes, cuyas obras habían
sido vertidas al latín. Por otra parte, su extraordinario conocimiento de la
Biblia fue otro punto fundamental tanto de su espiritualidad como de su
teología. El estilo, vocabulario e imágenes de sus escritos están tan
saturados de referencias bíblicas que es imposible comprender y valorar
adecuadamente su pensamiento sin recurrir constantemente a los libros del
Nuevo y Viejo Testamento.
La orientación intelectual de Bernardo era
fundamentalmente conservadora. Desconfiaba de la nueva Filosofía sustentada
por ciertas escuelas, tales como la de Abelardo y Gilberto de la Porrée, y
luchó con todo su ardor contra la tendencia a separar la razón de la fe, la
teología de la vida. Para él, Filosofía, Teología, Moral y piedad personal
se amalgamaban en una sola búsqueda: «conocer a Jesús, y a Jesús crucificado».
Pese a la amplia gama de escritos, en todos ellos habla siempre el monje, el
hombre de Dios. Sus penetrantes y sentidas instrucciones personales están
orientadas invariablemente hacia un conocimiento más amplio y un amor más
profundo a Dios.
En orden cronológico, su primer ensayo de relieve fue
De los grados de humildad y de soberbia, comentario del séptimo capítulo
de la Regla, donde san Benito establece doce grados de humildad por medio de
los cuales los monjes podían alcanzar la perfección. Bernardo, con una
penetración poco común de la naturaleza humana, meditó acerca de los doce
grados de orgullo, considerándolos los obstáculos principales de la
perfección monástica. La Apología a Guillermo, la obra más famosa,
escrita a petición de su amigo Guillermo de Saint-Thierry, fue su
contribución personal al debate entre Cister y Cluny. Una viva defensa de la
vida e ideales cistercienses sirvió a su vez de ataque demoledor a la
grandeza extravagante de Cluny. Sus detalles satíricos y los párrafos sobre
el lugar que debe ocupar el arte en la vida monástica han constituido
algunas de las citas más usadas de la literatura bernardina.
El Tratado del amor de Dios es el que más se
acerca a un ensayo sistemático en la Teología mística de Bernardo. Al
escribir De la gracia y libre albedrío, se hizo eco de la firme
posición. de san Agustín sobre la necesidad de la gracia, que libera a la
naturaleza humana de la esclavitud del pecado a través de los méritos de
Jesucristo. Urgido por algunos monjes amigos retornó a los problemas de
interpretación de la Regla y redactó Sobre el precepto y la dispensa.
El último de sus tratados mayores es De consideratione, dirigido al
papa Eugenio III, y que hubiera asegurado por sí solo la inmortalidad del
autor. Describe en él la posición del santo, frente a los temas candentes de
su época: la naturaleza de la Iglesia y del Papado, confrontados con los
problemas surgidos de la Reforma Gregoriana, y el conflicto de las
Investiduras.
Mucho de la gran popularidad de Bernardo entre sus
contemporáneos se origina en una colección de sermones, dirigidos en primera
instancia a auditorios monásticos. Han sobrevivido más de trescientas de
esas homilías, cuidadosamente compuestas y editadas, cada una de las cuales
constituye un monumento a la inimitable experiencia artística y personal del
autor. Su contenido está impregnado, sin embargo, de la tradición patrística.
Aunque en sus depuradas Cristología y Mariología, Bernardo demuestra estar
más cerca de ser un imaginativo continuador en la misma línea de sus grandes
predecesores, que un osado innovador. Sus ochenta y seis sermones sobre el
Cantar de los Cantares son una excepción, donde Bernardo encuentra
oportunidad de revelar y compartir sus experiencias místicas. A través de
esas elaboradas alegorías se cimentó su fama de padre del misticismo
medieval, y su ejemplo estimuló a una gran cantidad de sucesores a presentar
sus propias ideas embebidas del mismo contexto bíblico. Según el punto de
vista de sus historiadores, las quinientas cartas de su correspondencia que
se han conservado son de extraordinaria importancia, porque reflejan casi
todos los hechos o temas en los cuales el Santo participó activamente o fue
al menos, observador agudo e interesado. A través de estas cartas se revela
ampliamente lá complejidad del carácter del autor y su dominio magistral de
cada elemento del arte literario.
San Bernardo se sitúa en la cúspide de su época como la
figura religiosa más grande de su siglo, y una de las más gloriosas de todos
los tiempos. La posterioridad ha rendido pródigo tributo a su doctrina y
santidad de vida. El papa Alejandro III lo canonizó en 1174. Inocencio III
lo exaltó como Doctor Egregius, mientras los eruditos humanistas,
refiriéndose a la dulzura de su elocuencia, prefirieron llamarlo Doctor
Mellifluus. Reconociéndolo como un puente entre las teologías patrística
y escolástica, se le venera como «el último de los Padres». Pío VIII lo
declaró en 1830 Doctor de la Iglesia Universal, reconociendo así su lugar en
la historia. Guillermo de Saint-Thierry († 1148), íntimo amigo de san
Bernardo y su primer biógrafo, debe ser considerado como un teólogo
monástico sobresaliente del siglo XII, aunque hasta hace poco su fama había
sido eclipsada por la del Abad de Claraval. Guillermo, erudito monje
benedictino, se encontró por primera vez con Bernardo en 1118, y quedó
inmediatamente fascinado por el joven cisterciense. Pero, como éste era tan
capaz de dar como de recibir, es muy probable que, por su intermedio, el
joven Abad tomara contacto con los Padres Griegos. Por entonces, era monje
de Saint-Nicaise de Reims, y deseó unirse de inmediato a Claraval, pero fue
elegido abad de Saint-Thierry en 1119, hasta que dimitió en 1135, cuando se
retiró finalmente a la abadía cisterciense de Signy.
La relación intelectual y espiritual entre Guillermo y
Bernardo fue tan íntima, que varios de los tratados de Guillermo circularon
durante siglos bajo el nombre de Bernardo. Inclusive corrió la misma suerte
su trabajo más logrado, una síntesis de su teología mística dirigida a los
monjes cartujos y conocida posteriormente como La Carta de Oro. Sus
otros ensayos, De la Contemplación de Dios, y De la Naturaleza y
Dignidad del Amor, giran sobre el mismo tema: el ascenso del alma hacia
Dios. Guillermo está convencido de que Dios puede ser hallado dentro del
alma humana, que lleva el sello indeleble de su Creador. En todas sus obras,
demostró ser un pensador profundo, cuya doctrina difiere de la de Bernardo
por sus más íntimas relaciones con Agustín y los Padres Griegos, al mismo
tiempo que por el carácter trinitario más pronunciado de su misticismo.
La tercera gran luminaria del monaquismo cisterciense del
siglo XII fue Elredo († 1167), monje y luego abad de Rieval. Nacido en
Northumbria, creció en la corte del piadoso rey David I de Escocia y recibió
una esmerada educación. Ingresó en Rieval en 1134, a la edad de veinticuatro
años, y pronto alcanzó en Inglaterra casi la misma importancia que Bernardo
en Francia. De hecho, con frecuencia sus contemporáneos se referían a él
como «el Bernardo del Norte». Director espiritual de personalidad magnética,
se acercó mucho al Abad de Claraval, aunque como pensador y autor fue menos
creador. Compartió la fascinación de sus monjes por la naturaleza del alma,
y escribió un diálogo sobre el tema titulado De anima, siguiendo
fielmente a Agustín. Su trabajo mejor conocido, sobre un tema muy caro a su
corazón, es otro diálogo, Sobre la Amistad Espiritual, que reconoce
la inspiración de Cicerón. Un opúsculo, Jesús a la edad de doce
años, y su Oración, de piedad y simplicidad encantadoras, fueron
su contribución a la literatura devocional. Escribió trabajos hagiográficos
y hasta una investigación histórica de considerable importancia, la
Genealogía de los Reyes de Inglaterra, además de varias colecciones de
sermones. Desgraciadamente, sólo nos ha llegado una reducida parte de su
extensa correspondencia. El encanto de su personalidad, más que sus escritos,
mantuvo viva su memoria entre sus monjes, muy bien reflejada en la biografía
escrita por uno de los discípulos que más le admiró: Walter Daniel.
Siguiendo el camino trazado por estos tres gigantes,
muchos autores cistercienses contribuyeron a la Teología monástica, en la
medida en que se lo permitieron su talento y erudición. Los que estuvieron
en contacto directo e indirecto con san Bernardo y Claraval constituyen una
escuela de espiritualidad específicamente bernardina. Sobresale entre ellos
Guerrico († 1157), que vivió quince años en Claraval y terminó sus días como
abad de Igny. Es el autor de un tratado, El Desfallecimiento del Alma
Enamorada, una alabanza de la vida monástica vivida en la alegre
contemplación de los misterios divinos, además de cincuenta y cuatro
sermones litúrgicos escritos con esmero.
Un inglés llamado Isaac († 1169), abad del monasterio
francés de l’Etoile (Stella), continuó la tradición bernardina con su
colección de sermones relativos a distintos temas, donde muestra mayor
conocimiento de la metafísica que experiencia mística. Su Carta sobre el
Alma que incluía una sofisticada clasificación de las facultades
espirituales e intelectuales, ejerció mayor influencia. Sobre la Misa
(De officio missae), otro de sus tratados, es una aproximación
alegórica al misterio. Se supone que el trabajo de Alquerio de Claraval (†
1165), titulado Sobre el Cuerpo y el Alma fue una respuesta al
tratado de Isaac y, por algún tiempo, se atribuyó a san Agustín, aunque es
una simple recopilación, rica en definiciones y clasificaciones, tomadas de
diversas fuentes.
Gaufredo de Auxerre († 1188), estudiante de Abelardo,
fiel secretario y biógrafo de Bernardo y, durante algunos años, abad de
Claraval (1162-1165), dejó tras de sí algunas colecciones de sermones
similares; Enrique de Marcy († 1189) predicó entre los herejes del sur de
Francia y publicó un trabajo sobre eclesiología titulado El Camino de la
Ciudad de Dios (De peregrinante civitate Dei).
Gilberto de Hoyland († 1172), abad de Swineshead, en
Inglaterra, y amigo de Elredo, hizo otro intento por continuar los
comentarios de Bernardo sobre el Cantar de los Cantares. Poco más
tarde, continuaron otros, como Tomás «el cisterciense» de Perseigne († 1190)
y dos ingleses, Juan († 1220), abad de Ford, y Gilberto de Stanford. Esta
última generación de la escuela bernardina también incluyó a Adán († 1221),
abad de Perseigne, autor de sermones y largas cartas a sus amigos monjes, y
al ex trovador Helinando († 1235), prior de Froidmont, un poeta cabal, quien
además de homilías escribió tratados de autoconocimiento y buen gobierno, lo
mismo que una crónica mundial. Juan de Limoges, un maestro de la universidad
de París, de vasta erudición, se unió a Claraval entre los años 1246 y 1270.
No obstante, la mayoría de sus trabajos más importantes y de mayor difusión
pertenecen, con toda seguridad, a sus años parisinos. Como monje, fue
responsable de varias colecciones de sermones, una exposición del Salmo 118,
un tratado sobre la exención monástica y un breve ensayo sobre el silencio
monástico.
Los autores cistercienses que no pertenecían a la escuela
de san Bernardo fueron tan numerosos como las materias que abordaron.
Considerando su naturaleza y propósito real, el discurso sobre las barbas (Apología
de barbis) de Burcardo († 1163), primero abad de Balerne y luego
de Bellevaux, es el más desconcertante. por constituir una curiosa mezcla de
pasajes cómicos y serios de casi cien páginas in-folio, destinado a los
hermanos conversos, quienes a guisa de distintivo estaban obligados a llevar
barba, y por lo tanto eran conocidos como barbati. Odón de Ourscamp (†
1172), que accediera a la púrpura cardenalicia, y Tomás de Froidmont
dedicaron sus trabajos a las monjas. Garnier de Rochefort († hacia el 1200),
que fuera obispo de Langres, publicó una colección de sermones. Arnoldo de
Bohéries compuso, alrededor del año 1200, un manual de Teología Ascética (Speculum
monachorum). Un trabajo similar (De doctrina cordi), rico en
alegorías, fue escrito por Gerardo de Lieja, abad de Val-Saint-Lambert.
En la historia de la Teología se recuerda al inglés
Balduino de Ford por su razonado ensayo sobre el Sacramento del Altar.
El italiano Ogerio de Locedio († 1214), contribuyó con un opúsculo sobre
Mariología y escribió trece sermones acerca de la última Cena. El alsaciano
Günther de Pairis († hacia 1220), además de diversos trabajos históricos,
trató también Sobre Oración, Ayuno y Limosnas. A la pluma de Esteban
(† 1252), monje y abad de Sawley, luego abad de Newminster y por último de
Fountains, se le debe cierto número de escritos sobre piedad. Sus obras
incluyen el Espejo de Novicios y varios libros de meditación, entre
ellos uno sobre Los Gozos de la Santísima Virgen María, y otro sobre
la salmodia. Su contemporáneo, Juan Godard, primer abad de Newenhan escribió
otros ensayos breves, un tratado sobre la mortificación y un tratado sobre
la Asunción corporal de María. Odón de Morimundo († 1161), por su parte fue
notable por sus sermones sobre los sufrimientos de María junto a la Cruz.
Los cistercienses de los siglos XII y XIII contribuyeron
generosamente a la redacción de los exempla muy en boga; breves
historias que daban ejemplos sobre la belleza de las virtudes y la fealdad
de los vicios. Entre ellos figura Galland de Rigny, autor de Parábolas y
Proverbios, Heriberto de Mores († 1180); Conrado de Eberbach († 1221)
escritor del Exordium Magnum, citado con frecuencia, y el famoso
Cesáreo de Heisterbach († 1245), prior y maestro de novicios de la gran
abadía renana, y autor de una enorme colección de historias edificantes
sobre monjes, monjas y hermanos que circuló bajo el título de Dialogus
miraculorum. Aunque la autenticidad histórica de muchos de esos
episodios es muy cuestionable, el trabajo debe considerarse como una fuente
inagotable para el estudio de las costumbres monásticas y el folklore
religioso del siglo XIII.
Otra forma de literatura devocional que gozaba de
especial preferencia en el siglo xlii era la hagiografía, las vidas (vitae)
de innumerables personas piadosas y visionarias. En toda biblioteca
monástica se encontraba una u otra de esas colecciones. Un gran número de
cistercienses de ambos sexos encontraron su camino en las páginas de esos
volúmenes, especialmente los místicos de Villers, Aulne, Himmerod y
Heisterbach. La Crónica de Villers y la Vida de los Santos de
Villers presentan un interés particular, porque esa abadía fue por más
de un siglo un fervoroso centro de misticismo, irradiando esa espiritualidad
en todas las direcciones y enriqueciendo a un gran número de conventos de
monjas lo mismo que a distintas comunidades de beguinas. Las vidas de David
de Himmerod, Simón de Aulne y Abundio de Huy, juntamente con las monjas de
la Orden, prueban que este tipo de misticismo cisterciense tuvo también
vitalidad durante todo el siglo XIII.
Aunque su enseñanza no tenía ninguna vinculación con las
tradiciones cistercienses, debemos mencionar a Joaquín de Fiore († 1202), el
gran místico de Calabria. Se unió a la Orden después de una peregrinación a
Jerusalén, llegó a ser abad de Corazzo, pero dejó su comunidad y pasó el
resto de sus días en contemplación, escribiendo y predicando. Su Armonía
del Antiguo y Nuevo Testamento, Explicación del Apocalipsis y Salterio de
diez cuerdas tratan de la Santísima Trinidad en una forma aparentemente
triteística, y del advenimiento de una nueva era bajo el reinado del
Espíritu Santo, la era de la paz y bienaventuranza eterna. Aunque su
doctrina trinitaria fue condenada en 1215, sus escritos ejercieron gran
influencia en la piedad del Medioevo tardío, y en particular sobre los
Franciscanos Espirituales.
La historia fue el primer tema de estudios profanos que
ocupó a gran número de abadías cistercienses desde los mismos comienzos.
Otón de Freising († 1158), hermanastro del Emperador Conrado III y tío de
Federico Barbarroja, fue el más sobresaliente entre todos los historiadores
de la Orden y a la vez el más grande de su siglo. A poco de concluir su
educación en París bajo Abelardo y Gilberto de la Porreé, se unió a la
Orden, llegando a ser abad de Morimundo y luego obispo de Freising. En
compañía del Emperador, participó en la malograda Segunda Cruzada. Sus dos
trabajos más importantes fueron la Crónica o Libros de Dos
Ciudades, una historia universal hasta el año 1146, y los Hechos del
Emperador Federico, historia de la primera época del reinado de
Barbarroja basada en las propias observaciones de Otón. Su Crónica
fue el primer intento medieval de escribir una historia «filosófica»,
empleando las ideas básicas de Agustín expuestas en la Ciudad de Dios.
En algunos casos, los monasterios cistercienses fueron
fundados con la intención expresa de fomentar los estudios, especialmente la
historiografía. De esta forma Soro, en Dinamarca, fue establecido en 1162
con el propósito de «que allí dentro pudieran alojarse hombres de gran
erudición que compilaran los anales del reino y registraran anualmente, para
la posterioridad, los hechos dignos de ser recordados».
Los analistas cistercienses se aseguraron un lugar
distinguido en la historiografía inglesa, galesa y escocesa. Melrose
Waverley, Coggershall, Aberconway, Stanley, Hailes, Dore, Strata Florida,
Furness, Fountains y Meaux son dignos de mención a este respecto. La
Monumenta Germaniae Historica publicó las crónicas de cuarenta y ocho
abadías cistercienses de gran interés en la historia germana, la mayoría de
las cuales fueron escritas durante los siglos XII y XIII. Entre los
cronistas conocidos sobresalen: Ralph de Coggeshall († 1227), autor del
Chronicon Anglicanum; Günther de Pairis († 1220) poeta e historiador de
la Cuarta Cruzada, autor de la obra conocida como Historia
Constantinopolitana; Alberico de Troisfontaines († 1251), que recopiló
la historia de su propia abadía en un período comprendido entre 1225 y 1250;
Pedro de Zittau († 1339), abad de Königsaal, cuyo Chronicon Aulae Regiae
cubre la historia de Bohemia entre 1305 y 1377; Juan, abad de Viktring
(† 1347), que escribió el Liber Certarum historiarum, referenzia
indispensable para la historia alemana y bohemia, especialmente en el
período comprendido entre 1271 y 1341. Vicente Kadlubek (1160-1223), obispo
de Cracovia, padre de la historiografía polaca, pasó sus últimos años
retirado en la abadía cisterciense de Andrejow. Pedro de Vaux-de-Cernay (†
1218) acompañó a su tío Guido, abad de Vaux-de-Cernay, a la Cuarta Cruzada y
luego siguió el desarrollo de la Cruzada albigense como testigo ocular. Su
Historia Albigensis es un documento único e indispensable, aunque no
imparcial, de ese trágico episodio de la historia francesa.
Difícilmente se podría encontrar alguna casa que no
tuviera un libro de formularios (ars dictaminas) para ayudar a
escribir correctamente cartas en latín, documentos o cartas de visitas
regulares a los menos expertos. Un trabajo de esta naturaleza y que gozó de
gran popularidad fue compilado por «Maestre» Transmundus, notario papal en
1185-86, luego monje de Claraval († alrededor de 1216).
La Escolástica produjo la primera reorientación
importante de la espiritualidad cisterciense, que adquirió matices
dramáticos en 1245, cuando la fundación del Colegio de San Bernardo
en París. De aquí en adelante la Orden, no sólo asumió la responsabilidad de
la formación ascética de sus miembros, sino también de la intelectual, más
aún, con el correr del tiempo, los esfuerzos intelectuales fueron logrando
obvia preponderancia. Como ya se ha discutido en otro capítulo, el cambio
estuvo motivado por el temor de caer en la herejía, el prestigio cada vez
mayor de la Escolástica, el papel de la Orden en actividades pastorales y
misioneras, y el espíritu de rivalidad con los mendicantes.
Sin embargo, el fervor por la educación superior no era
compartida por todos. Villers, importante y floreciente centro de
misticismo, ofreció la más franca resistencia cuando su abad, Arnolfo de
Lovaina (1240-1248) rechazó cualquier forma de contribución
tendente al mantenimiento del Colegio parisino. Incluso después de la
apertura de la floreciente institución, la reacción conservadora fue lo
suficientemente fuerte como para forzar la dimisión del abad Esteban
Lexington de Claraval, fundador del mismo. No obstante algunos años después
se generalizó el apoyo a la educación superior. Buen reflejo de ello es el
creciente entusiasmo que mostró el Capítulo General en todo lo relativo a la
prosperidad del mismo.
A comienzos de 1245, los Padres Capitulares saludaron la
aprobación papal para el colegio cisterciense declarando que el mismo estaba
destinado a aumentar «la gloria de Dios y de la Orden, el honor y lustre de
la Iglesia universal, ennobleciendo nuestros corazones con la luz de la
sabiduría divina». En 1341, el Capítulo General no titubea en declarar que
«el studium parisino glorifica a toda nuestra Orden, dado que es allí
donde nuestros miembros extraen abundantes aguas de vida de las fuentes del
Salvador». En 1490, cuando se recomendaba la asistencia al mismo Colegio, el
Capítulo aseguraba a los futuros estudiantes «que el honor y la gloria de
nuestra Orden depende, en su mayor parte, de la abundancia de miembros
literatos y eruditos».
En el momento de hacerse esta declaración, no sólo París
sino toda universidad importante en Europa contaba entre sus alumnos a
estudiantes cistercienses, y el número de graduados siguió multiplicándose.
Sin embargo, parece que nunca se conquistó la gloria de la Orden por estos
medios. Ha quedado como hecho curioso que, mientras los dominicos, tuvieron
a Santo Tomás de Aquino y los franciscanos a san Buenaventura y Duns Scoto,
los cistercienses no pudieron formar eruditos de una talla semejante. Una
explicación parcial y aproximada podría encontrarse en la estructura y
vocación externa de las órdenes mendicantes. Dominicos y franciscanos
estimulaban a sus jóvenes filósofos y teólogos a permanecer en las escuelas
y a hacer una carrera de la enseñanza y los estudios; los cistercienses, en
cambio, no gozaban de tales incentivos y con frecuencia los graduados
capaces eran elegidos abades, aun antes de su promoción al doctorado. Es
innecesario decir que, desde el punto de vista de un joven ambicioso, dicho
honor era una carrera preferible al profesorado, y después de haber aceptado
lo primero, las responsabilidades administrativas eran un obstáculo para la
prosecución de los estudios.
El caso de Esteban Lexington, el fundador del Colegio de
París, puede ilustrar las consecuencias desagradables que tuvo para un
magister de Oxford, de auténtico talento, convertirse en cisterciense.
Tan pronto como hizo su profesión en la Abadía de Quarr, fue elegido abad de
Stanley, luego de Savigny y finalmente de Claraval; cada posición era más
exigente que la anterior. En lugar de escribir tratados sobre temas
teológicos, populares por ese entonces, o redactar su propia Summa,
tuvo que emplear su brillante talento en resolver problemas más relacionados
con el cotidiano quehacer de su casa. En vez de un compendio escolástico,
dejó tras de sí cartas de visitas regulares y una voluminosa
correspondencia, de gran valor histórico, pero sin ningún interés teórico.
Guido, abad de L’Aumône, fue el primer cisterciense
conocido que recibió su doctorado como estudiante del Colegio de San
Bernardo; pero no fue promovido a dicho grado a través de procedimientos
normales, sino por orden del papa Inocencio IV, en 1256. El primer alumno
que fue distinguido con el mismo título por las autoridades universitarias,
en 1274, fue Juan de Weerde († 1293), monje de Les Dunes. Entre todos sus
trabajos, sólo sobrevivió una serie de cuestiones disputadas (quodlibet).
Se conoce muy poco de los otros doctores cistercienses que se graduaron
antes o después de comienzos del siglo XIV, y sus trabajos que todavía
existen y son identificables permanecen ocultos en archivos y bibliotecas.
Tal es el caso de Francisco de Keysere ( t 1294) y Juan de Sindewint, monjes
de Les Dunes; Humberto, abad de Preuilly; Rainiero de Clairmarais; Juan de
He, de Ter Doest; Juan de Dun-le-Roi († 1319), y Santiago de Dijon, quien se
graduó en París en 1310 e inmediatamente se convirtió en abad de Preuilly.
Sin duda alguna, el más famoso entre los primeros
graduados del Colegio fue Jacques Fournier, monje de Boulbonne, luego abad
de Fontfroide (1311), maestro de teología (1313-1314), obispo de Pamiers y
Mirepoix, cardenal en 1327 y por último papa, tomando el nombre de Benedicto
XII (1334-1342). Su voluminoso legado intelectual incluye un tratado
Sobre el Estado de las Almas antes del juicio Final, un larguísimo
Comentario sobre el Evangelio de Mateo, varios trabajos sobre herejes y
herejías de su época, sermones, y hasta vidas de santos. Antes de su
elección, gozó de reputación como experto en ortodoxia teológica y ejerció
con éxito durante años el cargo de inquisidor. Cuando papa, demostró ser un
reformador incansable de las órdenes monásticas y un bienhechor generoso del
Colegio de San Bernardo. Bajo sus auspicios, se inició la construcción de la
gran iglesia del establecimiento, que no llegó a terminarse, uno de los
mejores ejemplos del gótico tardío en París, que fue destruida durante la
Revolución.
Otro activo estudioso fue Jacques de Therines († 1321),
monje y luego abad de Châlis y, en 1318, abad de Pontigny; durante su
«regencia» del Colegio parisiense (1306-1309) compuso dos volúmenes de
cuestiones disputadas (quodlibeta). Como participante en el Concilio
de Vienne (1311-1312), presentó un informe detallado sobre la condición
moral y financiera de la Orden Cisterciense, destinado a facilitar el
decreto de reforma, que sin embargo, sólo fue firmado en 1355 por el Papa
Benedicto XII.
El teólogo más brillante de la joven generación del
Colegio fue Juan de Mirecourt, monje de Cister, quien comentó entre
1344-1345 las Sentencias, como preparación para su título final. Fue
uno de los tantos discípulos de Guillermo de Ockham, pero conservó bastante
independencia en el pensamiento y en el estilo. Como otros miembros de la
misma escuela, se especializó en la epistemología, siguiendo la línea lógica
del escepticismo y encontrando certeza absoluta sólo en la evidencia
sometida al principio de contradicción. Pero los vigilantes antinominalistas
hallaron sus tesis incompatibles con la ortodoxia y, en 1347,
Clemente VI condenó cuarenta y una proposiciones ofensivas en la enseñanza
de Mirecourt. Éste defendió su posición vigorosamente, pero desapareció
abruptamente de la escena en 1348, víctima probablemente de la Peste
Negra en Royaumont, de donde acababa de ser elegido abad. La amplia
distribución geográfica de sus manuscritos atestiguan su reputación y
considerable popularidad.
Un monje de Claraval, Pedro Ceffons, condiscípulo de
Mirecourt, su amigo íntimo, testigo y sobreviviente de la plaga de París, no
sólo fue un abierto defensor de su censurado cofrade, sino que lo sobrepasó
al criticar abiertamente a la autoridad establecida. Aunque «su producción
literaria fue vasta, polifacética e importante» quedó prácticamente
desconocida hasta 1957, cuando fueron descubiertos e identificados algunos
de sus manuscritos sobrevivientes en la biblioteca municipal de Troyes.
Estudió el bachillerato en teología en el Colegio de San Bernardo en
1348-1349, y finalizó sus estudios formales en 1353, pero nada se sabe de su
carrera posterior. Lo más probable es que muriera prematuramente.
Su trabajo de mayor envergadura fue un comentario sobre
las Sentencias, que inicia con una denuncia desbaratando a las «tres
viejas brujas extranjeras» responsables de la condenación de Mirecourt y
asociados en 1347. Con toda cautela evitó nombrarlos, ya que se refería
claramente a tres frailes italianos que actuaron en París y Aviñón, a los
que deseaba ver desterrados de Francia y arrojados a las profundidades del
infierno. Otros trabajos de Ceffons comprenden una trilogía: Centilogium
(cien capítulos), una carta de Jesucristo a los prelados de la época;
Epistola Luciferi, una carta abierta del «príncipe de las tinieblas» al
papa y los obispos exhortándolos sardónicamente a que fueran un poco más
leales a Belzebú, y Parvum Decretum, una disertación sobre los
límites de la autoridad papal. En un manuscrito titulado Sueño (Somnium)
adopta una inusitada actitud al disputar con el Capítulo General de 1348
por haber vuelto a poner en uso un viejo estatuto exigiendo que una vez al
año los monjes revelaran a sus abades sus pecados ya confesados. Argumentaba
(todo en su sueño) que este reglamento violaba la libertad de conciencia, y
que era por consiguiente un flagrante abuso de autoridad.
Dos cistercienses ingleses se vieron envueltos en las
controversias nominalistas, y ambos fueron censurados por sus puntos de
vista ockhamistas. Uno fue un tal «Henricus Anglicus», de quien Benedicto
XII ordenó se investigara en 1340. El otro fue Ricardo de Lincoln, un monje
de Louth Park, cuyas «fantásticas» tesis fueron condenadas por Benedicto
XII, cargos que le fueron levantados en 1343 por Clemente VI, y se le
permitió concluir sus estudios en París.
Posteriormente, en el mismo siglo, dos estudiosos
cistercienses de Oxford tomaron una posición francamente contraria a las
enseñanzas de Juan Wycleff († 1384). Fueron Enrique Crumpe, un monje
irlandés, que predicó asiduamente contra la doctrina errónea, calificó a sus
adherentes de «Lollardos» y firmó el acta condenatoria de Wycleff, por su
doctrina sobre la Eucaristía. El mismo Crumpe demostró tener amplios
recursos en las controversias, tanto orales como escritas, y entre otros,
atacó a los frailes mendicantes por sus privilegios excesivos. El prior de
Sawley, Guillermo Rymignton († 1385), que durante 1372-1373 actuó como
Canciller de la Universidad de Oxford, fue el otro defensor de la ortodoxia.
A la vez que atacaba a Wycleff, no estaba ciego a las fallas de la Iglesia
y, como Canciller, dirigió dos sermones notables por sus duras críticas a la
moral imperante entre los clérigos de su tiempo. Su libro de meditaciones
atestigua una sincera piedad.
Al finalizar la centuria, debemos incluir entre los
estudiantes eminentes del Colegio parisino a Jacobo de Eltville († 1393),
que, siendo abad de Eberbach, consiguió el título de Maestro en Teología en
1373, y cuyos cuatro libros de comentarios de las Sentencias muestran
cierta tendencia nominalista. Otro alemán, Conrado de Ebrach († 1399)
comenzó sus estudios en París, los continuó en Bolonia y por último obtuvo
el título de Maestro en Praga en 1375. Sus comentarios sobre las
Sentencias, de amplia difusión, lo revelan muy próximo a la escuela de
los teólogos agustinos, en especial a Hugolino de Orvieto († 1373). Dado
que, a poco de su graduación, los alemanes no eran bien recibidos en Praga,
se trasladó a Viena, donde cooperó en la organización de la Facultad de
Teología. Su figura alcanzó igual relevancia durante el Gran Cisma, al
movilizar a los cistercienses alemanes en favor del papa romano Urbano VI,
que le otorgó el título de Abad de Morimundo. Durante el Cisma, Conrado
presidió también varios Capítulos Generales convocados para los
cistercienses fuera de Francia.
Cuando los husitas lograron el control de la Universidad
de Praga, expulsaron a todos los cistercienses de la misma, entre ellos a
Mateo Steynhus de Königsaal († 1427), renombrado teólogo y autor doctorado
en Praga. Altzelle se convirtió en su nueva residencia, donde asistió a la
organización del colegio cisterciense de Leipzig y participó en el Concilio
de Constanza (1414-1418).
Al alborear el siglo XV, la Escolástica estaba en todas
partes en franca decadencia. El humanismo era un nuevo movimiento, que no
tenía relación alguna con las viejas escuelas, y en verdad, muchas
universidades no hacían más que luchar por sobrevivir. Los cistercienses
continuaron conservando sus colegios establecidos con anterioridad, pero no
salió de ellos ningún filósofo o teólogo de nota. Por lo tanto, los
entusiastas proyectos motivados por la fundación de los primeros colegios
cistercienses nunca cristalizaron. El gran número de graduados dentro de la
Orden no llegó a ejercer una influencia considerable sobre la moral y la
espiritualidad imperante y fracasó también en formar una escuela de teología
cisterciense. Aunque la mayoría de los estudiosos arriba mencionados parecen
haber pertenecido al «camino moderno» (via moderna),
influenciados en mayor o menor grado por el nominalismo, fueron eclécticos
de talento, y no permanecieron en el campo de la enseñanza el tiempo
suficiente para formar una «escuela» de pensamiento u organizar un grupo de
fieles discípulos. No se puede pronunciar una palabra final en este asunto
por falta de material histórico que asegure conclusiones más valederas.
La falta de investigación adecuada que ha obstaculizado
la formación de un juicio definitivo sobre los méritos de la escolástica
cisterciense es aún más evidente cuando dirigimos nuestra atención a la
literatura devocional de la misma Orden durante los siglos XIV y XV. Los
nombres que damos a continuación no son exactamente los de los autores más
cumplidos, sino los de aquellos que por alguna razón han sido más recordados
que los incontables caídos en el olvido absoluto. En el momento actual,
sigue siendo un problema insoluble si esos trabajos todavía conservaban
elementos de la espiritualidad bernardina otrora predominante, aunque en
algunos casos la respuesta parece ser netamente negativa. Sin duda alguna,
Felipe de Rathsamhausen († 1322) fue un personaje muy importante; monje y
abad de Pairis en Alsacia, estudiante de Teología en París y finalmente
obispo de Eichstätt en 1306. En este último cargo, fue consejero
sucesivamente de tres gobernantes alemanes, Alberto I, Enrique VII y Luis de
Baviera. Hombre piadoso y persuasivo predicador, se debe a su pluma una
Exposición del Magnificat, meditaciones sobre el salmo IV y el
Padrenuestro, sermones y varias vitae de santos populares.
Piedad y conocimiento se amalgaman en los trabajos de
Nicolás Vischel († alrededor de 1330), monje de la austríaca Heilingenkreuz
y autor de las Alabanzas a la Santísima Virgen María, de cierto
número de sermones y algunos tratados contra los herejes. Ulrico, abad de
Lilienfeld, en Austria (1345-1351), compuso un vívido trabajo
titulado Concordia veritatis, una paráfrasis moralizadora de la
Biblia, y escribió meditaciones sobre los salmos.
A Galo (Gallus) († 1372), abad de Königsaal en Bohemia,
se le atribuye el Malogranatum, un manual de teología Ascética y
Mística en forma de diálogo. El trabajo era una hábil recopilación y se
convirtió en propagador popular de una versión bohemia de la devotio
moderna. Después de circular durante un siglo en forma de manuscrito,
fue editado en tres ediciones incunables y aun traducido al francés.
Ningún trabajo cisterciense pudo competir, sin embargo,
en popularidad con el Antidotarius animae que, de acuerdo con su
subtítulo, era «un libro de meditaciones y oraciones piadosas, ofrecidas
como antídoto para el alma». Pertenece a Nicolás Salicetus (Wydenbosch), un
doctor en medicina nacido en Suiza, que se hizo cisterciense y por último
fue abad de Baumgarten (1482), en Alsacia. La primera edición del libro data
de 1489 y, hacia 1554, había por lo menos treinta ediciones. Alrededor de
1580, su venta era tan grande que se publicó una edición francesa. El
singular atractivo del trabajo residía en el hecho de que ofrecía oraciones
eficaces para cada calamidad posible de la vida en una forma muy parecida a
la que el autor, en su profesión anterior, había prescrito medicación a la
gente que sufría enfermedades corporales.
La leyenda, como género literario, retuvo su popularidad
hasta el final del Medioevo. Aún más, el siglo XIV trajo consigo un
resurgimiento del misticismo cisterciense no sólo en los cenobios de monjas,
sino también en los monasterios masculinos, especialmente en Alemania.
Heilsbronn bajo el Abad Conrado de Brundelsheim (1317-1321); Kaisheim, en
época del Abad Ulrico Nubling (1340-1360), amigo personal del gran místico
germano Juan Tauler; Waldsassen, durante el abadiato de Juan Ellenbogen
(1313-1.325), y Königsaal, sucesivamente bajo los abades Pedro y Galo,
fueron centros muy renombrados de piedad monástica. Todos los abades que
acabamos de mencionar escribieron también literatura mística y devocional.
Juan Ellenbogen, abad de Waldsassen, coleccionó las vidas y describió las
experiencias místicas de los monjes de su abadía y dedicó este trabajo al
Abad Pedro de Königsaal, donde ya circulaba una colección similar.
En 1439 y 1447, el Capítulo General mismo estimuló a los
abades y abadesas a fomentar la recopilación de vidas de miembros piadosos
de sus comunidades. Esta efervescencia religiosa sirvió de base para la
fundación de la «Congregación de Sibculo ». Su relación con la devotio
moderna ya ha sido analizada anteriormente.
La vida de Santa Brígida de Suecia (1302-1373), la famosa
mística y profetisa, es testigo del indeclinable vigor de la espiritualidad
cisterciense en el norte de Europa. Después de que su esposo tomara el
hábito en Alvastra, vivió durante años en las cercanías de dicho monasterio
bajo la dirección espiritual de los monjes. Su piedad es típicamente
cisterciense, centrada en la pasión de Cristo y las glorias de la Santísima
Virgen. La Regla de la Orden de san Salvador (brigidianos), que ella fundó,
refleja influencia cisterciense. Parte de sus revelaciones fueron traducidas
del idioma vernáculo al latín por el cisterciense Pedro Olafsson, prior de
Alvastra, fiel secretario de la santa.
El siglo XVI, época de la revolución protestante y de las
guerras religiosas no fue muy propicio para la actividad literaria o
histórica. En los países donde los cistercienses todavía eran fuertes,
miembros de la Orden tomaron parte activa en las controversias religiosas
del momento, pero pocos de sus escritos tuvieron valor perdurable.
En España y Portugal, tanto el volumen como el nivel de
la investigación erudita continuó siendo alto, particularmente en el campo
de la historia. Alcobaça por sí sola contaba con diecisiete historiadores
entre sus doscientos ochenta autores. Sin lugar a dudas, el más importante
fue Bernardo de Brito (1569-1617), que incluye entre sus abundantes trabajos
históricos la Chronica de Cister (1602), una historia de los
cistercienses portugueses muy bien documentada. Monje de Alcobaça, se
doctoró en Coimbra y fue cronista de la corte de Felipe III. Por desgracia,
su notoria falta de habilidad crítica hace muy problemático el uso de esta
gran obra. Permanece manuscrita una extensa colección suya de documentos (De
privilegiis Ordinis Cisterciensis).
Entretanto, España aportaba dos historiadores cuyos
trabajos han permanecido como firmes piedras angulares de la erudición
histórica cisterciense. Ángel Manrique (1577-1649), nacido en Burgos,
ingresó en la abadía de Huerta y concluyó sus estudios en Salamanca, donde
actuó varios años como provisor del Colegio cisterciense de Loreto. Gozó de
alta estima en la corte de Felipe IV, donde predicó a menudo y, merced al
favor real, se convirtió en obispo de Badajoz en 1639. Entre sus numerosos
escritos sobre piedad, teología e historia, el más sobresaliente fue
Annales Cistercienses, publicado en cuatro volúmenes in-folio.
Siguiendo una rígida cronología, llegó a cubrir la historia de la Orden sólo
hasta 1236.
Crisóstomo Henríquez (1594-1632), por su parte realizó un
trabajo de investigación de prodigiosas dimensiones, a pesar de su breve
vida. También fue profeso de Huerta, pero se trasladó a los Países Bajos
ocupado por los españoles, donde fue firmemente respaldado por el Archiduque
Alberto. Centró su interés en la hagiografía cisterciense y publicó en
Flandes todos sus trabajos pioneros, entre ellos el Fasciculus Sanctorum
Ordinis, Lilia Cistercii y Menologium Cisterciense.
En Italia, el historiador cisterciense más notable fue
Fernando Ughelli (1595-1670), monje florentino que fue abad en Settimo y,
por último, en Tre Fontane. Estando en Roma, alcanzó el favor de Alejandro
VII y Clemente IX, y con el estímulo de éstos emprendió la publicación de su
Italia Sacra, libro de referencia aún hoy indispensable sobre la
historia de la Iglesia italiana, en diez volúmenes in-folio
(1642-1662). Después de su muerte, se publicó una edición corregida y puesta
al día en Venecia (1712-1722).
Los fulienses contaron con un buen número de autores de
renombre. Carlos José Morozzo (1645-1729), abad de los Consolata en Turín y
luego obispo de Saluzzo, fue el más conocido entre sus historiadores. A sus
difundidas obras devocionales se agregan la historia de la Orden de los
cartujos, varias biografías, y la historia de la reforma fuliense titulada
Cistercii reflorescentis chronologica historia (1690).
Gaspar Jongelinus, monje de origen flamenco y abad
sucesivamente de Disibodenberg y Eusserthal, pasó su vida trabajando en los
ricos archivos cistercienses. El fruto de su esfuerzo fue la Notitia
Abbatiarum Ordinis Cisterciensis publicada en 1640, en la cual
registraba e identificaba hasta setecientas noventa y siete abadías
cistercienses. A despecho de sus abundantes errores, fue el único trabajo de
referencia de esta naturaleza hasta los Orígenes Cistercienses (1887)
de Janauschek. En 1641, prosiguió con una historia de las órdenes militares
cistercienses y, en 1644, se imprimió su lista de obispos, cardenales y
papas benedictinos y cistercienses.
Carlos de Visch († 1666), monje y prior de Les Dunes,
compiló una bibliografía de los autores cistercienses de todos los países
desde los comienzos hasta sus días. Su Bibliotheca Scriptorum Sacri
Ordinis Cisterciensis, en dos ediciones (1649 y 1656), completada con
apéndices posteriores permaneció durante tres siglos como el único trabajo
de referencia sobre este tema.
Agustín Sartorius († 1733), monje profeso de Ossegg en
Bohemia, publicó una historia popular de la Orden en dos volúmenes:
Cistercium Bis-tertium (Praga, 1700). Como su peculiar título indica,
deseó contribuir con su trabajo a la celebración del 6° centenario de la
fundación de Cister. Aunque el tono del texto era panegírico, tuvo amplia
difusión, y pronto fue traducido al alemán.
En Francia, la obra más perdurable del saber cisterciense
del siglo XVII fue la Bibliotheca Patrum Cisterciensium (1660-1669),
de Bertrand Tissier († 1670), monje, prior y reformador de Bonnefontaine y
graduado en la Universidad de Pont-à-Mousson. Sus tres volúmenes in-folio
incluyeron cuidadas ediciones de las obras de los primitivos autores
cistercienses y fueron impresas en la propia imprenta de la abadía. Claudio
Chalemont († 1667), monje de Cherlieu y abad de La Colombe, escribió, entre
otros trabajos de Teología, un compendio hagiográfico muy usado, Series
Sanctorum et Beatorum Ordinis Cisterciensis (París, 1666). Entre los
muchos autores de monografías de cada abadía, merece especial crédito
Claudio Auvry, monje de Vaux-de-Cernay y prior de Champagne y Savigny en la
década de 1680, quien dejó como legado una voluminosa Histoire de la
Congrégation de Savigny, que todavía está en circulación en una edición
moderna en tres volúmenes (1886-1888). Lo mismo puede decirse de la gran
colección sobre los orígenes de Julián Paris († 1672), abad de Foucarmont,
cuya obra Nomasticon Cisterciense se cita frecuentemente y fue
publicada por primera vez en 1664, y continuó cumpliendo con su propósito
original a través de la edición de Séjalon en 1892. Nicolás Cotheret, monje
y archivero de Cister y doctor de la Sorbona, completó alrededor de 1738 una
historia de la abadía de Cister. Debido a que asumió una actitud demasiado
crítica respecto a muchos abades, su libro no pudo ser editado, pero los
detalles que revela podrían justificar su publicación tardía. Por el
contrario, la apariencia impresionante de los nueve volúmenes del Éssai
de l’histoire de l’Ordre de Cîteaux (1696-1699), de Pedro Lenain
(1640-1713), resultaría desagradable a los lectores modernos. El autor era
un monje de La Trapa, admirador y biógrafo de Rancé pero su Éssai es
simplemente una colección de pías biografías e historias de milagros sin
ningún valor científico.
Los cistercienses franceses de todo el siglo XVIII
estuvieron absorbidos por los puntos debatidos entre la Estricta y Común
Observancia. De los cientos de panfletos publicados por ambas partes, muchos
tenían considerable valor histórico y jurídico, escritos con tanto
conocimiento como parcialidad. Del lado de los Abstinentes el autor más
cumplido fue Juan Jouaud († 1673), abad de Prières y líder de la reforma,
quien en 1656 hizo un resumen de los resultados del primer medio siglo de
debate, dedicándole todo un libro que tituló Déjense des règlements.
Este mismo trabajo reapareció en 1746 en una versión corregida y puesta al
día como Histoire générale de la reforme de l’ordre de Cîteaux en France,
figurando como autor Francisco-Armando Gervaise (1660-1715), miembro y
ex abad de La Trapa, autor de cierto número de vidas populares de santos.
Esté trabajo, citado con mucha frecuencia, perpetuó con un criterio muy
distorsionado la naturaleza de la famosa y enconada rivalidad monástica.
Como una ironía del destino, el trabajo más ambicioso de Gervaise, la
biografía del Abad Rancé, en dos volúmenes, permaneció en cambio manuscrita
hasta que el abbé Dobuis la publicó en 1866 bajo su propio nombre, sin
mencionar al autor original.
Del lado de la Común Observancia, el panfletista más
laborioso fue Juan Tédénat, procurador del Colegio de San Bernardo en París,
quien en 1667 fue recompensado por sus servicios con el priorato de
Grâce-Dieu.
Hacia fines del siglo XVII y en el siglo XVIII, la agria
y prolongada disputa entre los abades de Cister y los protoabades centraron
la atención de toda la Orden. Dado que los argumentos eran en parte
históricos y en parte jurídicos, muchos de los activos participantes en la
guerra verbal tuvieron que hurgar los archivos monásticos en búsqueda de
documentación. En 1678, salió a luz un trabajo notable, apoyando la posición
del Abad General, Le véritable gouvernent de l’Ordre de Cîteaux, que
servía como historia constitucional de la Orden en gran escala (quinientas
setenta y seis páginas). Su culto autor, Luis Meschet († 1715), actuó
durante varios años como preboste del Colegio parisino, mientras ostentaba
el título de abad de La Charité como prebenda. Sin embargo, su trabajo más
ambicioso fue un Bullarium, en el cual trabajó durante muchos años y
que finalmente publicó en 1713 como Privilège de l’Ordre de Cîteaux. A
pesar de su naturaleza selectiva, este trabajo sirvió por largo tiempo
como una utilísima colección de los orígenes. Pocos años más tarde, apareció
una crítica detallada del mismo debida a la pluma de Ricardo Montaubon,
secretario del abad de Claraval, y al docto maestro de novicios de la misma
abadía, Juan Antonio Macusson.
Juan Caramuel Lobkowitz (1606-1682) fue, sin lugar a
dudas, el talento cisterciense más original del siglo XVII. Natural de
Madrid, se unió a los cistercienses de La Espina, siguió estudios académicos
en Alcalá, Salamanca y Lovaina, y se convirtió sucesivamente en abad y
obispo de distintas sedes, aunque en alguna ocasión ocupó posiciones tales
como «Superintendente imperial de fortificaciones» en Bohemia, donde se le
atribuye la conversión de 30.000 husitas y protestantes a la fe católica.
Fue un erudito peripatético, conocido en los círculos académicos de toda la
Europa católica. Ningún campo del saber escapó a su atención, hablaba
veinticuatro idiomas y sus trabajos publicados alcanzan doscientos cincuenta
títulos. Su mayor ambición era reducir todo, aun la Teología Moral, a
simples principios geométricos. En su obra más controvertida, Teología
moral fundamental (1651), se declaró enemigo del jansenismo y defensor
del probabilismo, aunque el título de «príncipe de los laxistas» que le
diera san Alfonso María de Ligorio no fuera del todo merecido.
Al otro extremo se encuentra el carácter humilde y
retraído de Luis Quinet (1595-1665), monje de Val-Richer y abad de Barbery.
Bajo la influencia de Denis Largentier abrazó la Estricta Observancia, pero
se mantuvo apartado de las acres controversias. Fue uno de los pocos
místicos cistercienses de su siglo, un experimentado director espiritual y
autor de escritos piadosos.
Erudición, fama y santidad de vida resumen el carácter de
Juan Bona (1609-1674), profesor de teología, abad y general de los fulienses
italianos, y por último cardenal en 1669. Aunque logró gran popularidad como
escritor ascético, no fue muy original. En el campo de la Liturgia, abrió el
camino para encarar doctamente temas debatidos con pasión. Por mucho tiempo
se consideraron clásicos sus escritos sobre la Misa.
Pablo Ives Pezron (1639-1706) debe su renombre al hecho
de haber enfocado científicamente la cronología bíblica. Aunque fue
secretario de Jouaud durante años, prefirió el estudio a la controversia.
Doctorado en La Sorbona en 1690, y provisor del Colegio de San Bernardo,
Pezron fue nombrado abad de La Charmoye en 1697, pero continuó publicando
intensamente en el campo de su especialidad.
El trabajo fundamental para la formación espiritual
dentro de la Estricta Observancia fue el Du premier esprit de l’Ordre de
Cîteaux de Julián Paris, con tres ediciones en rápida sucesión (1653,
1664, 1670). Este libro se constituyó en el manual para todo novicio que
ingresaba en las comunidades reformadas. Presentaba al ascetismo sin
compromisos como la meta primaria del Cister primitivo y produjo una
profunda impresión en Rancé, cuya propia espiritualidad siguió
desarrollándose en dicha dirección.
Armando-Juan Le Bouthillier de Rancé (1626-1700), un
brillante doctor de La Sorbona, que, convertido al monaquismo, se transformó
en Abad regular de La Trapa, ejerció una influencia dominante sobre la
espiritualidad de la Estricta Observancia. Su notable erudición en la
teología patrística, su rígido ascetismo y carácter combativo caracterizaron
a sus múltiples publicaciones, todas acentuando su convicción básica que la
vida monástica debía ser una vida de penitencia. Su libro más representativo
fue la serie de conferencias publicadas en dos volúmenes: De la Santidad
y Obligaciones de la Vida Monástica (1683). En La Regla de san
Benito, traducida y explicada de acuerdo con su genuino espíritu (1689)
desarrolla idéntica doctrina, lo mismo que en su abundante correspondencia.
Su preferencia por el trabajo manual y su actitud negativa hacia la
actividad intelectual originaron un prolongado debate literario con el gran
estudioso maurista Juan Mabillon (1632-1707).
Durante todo el siglo XIX, los trapenses permanecieron
fieles al legado espiritual de Rancé y fueron a menos los estudios y
publicaciones, aunque muchos de sus miembros tenían una adecuada formación
para esas tareas, ampliamente demostrada en los dos volúmenes de los
excelentes Annales de l’abbaye d’Aiguebelle (1863). Su autor, Hugo
Séjalon (1824-1890), ingresó en Aiguebelle en 1857, luego de pertenecer a la
Compañía de Jesús.
Mientras tanto, la renacida Común Observancia tomó un
camino completamente opuesto, estimulando los estudios y la producción
intelectual con resultados espectaculares, particularmente en las abadías
del imperio austro-húngaro. Entre 1814 y 1896, la comunidad de Zirc, por sí
sola, contaba con ciento cinco autores, muchos de ellos de fama nacional y
aun internacional. La misma tendencia continuó en mayor escala todavía
durante el siglo XX, cuando también la Estricta Observancia comenzó a
contribuir a los estudios monásticos en forma significativa. Las notas
bibliográficas correspondientes al presente trabajo son testigo del notable
volumen y la calidad de los esfuerzos intelectuales entre los miembros
contemporáneos de ambas observancias cistercienses.
Bibliografía
(…)
L.J. Lekai,
Los Cistercienses Ideales y realidad, Abadia de Poblet Tarragona ,
1987.
© Abadia de Poblet
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